Proyectar un nuevo Estado

Llevaban tanto tiempo necesitando un puente, habían prodigado tantos esfuerzos reclamándolo, que llegado el momento se percataron de que no tenían proyecto. Carecían de estudios geotécnicos e hidrológicos, no disponían de proyecto constructivo ni de informes económico-financieros. Les faltaba, incluso, la necesaria complicidad de las demás poblaciones ribereñas a las que el puente iba a afectar. Para hacer algo no bastan el deseo legítimo o la necesidad. Solo con la razón, ni cuando te la dan es suficiente. Además de eso, se precisa el proyecto ejecutable.

La independencia de Catalunya es perfectamente posible y puede ser un éxito, creo. También puede ser un desastre. La diferencia radica en la solidez del proyecto. La voluntad de independencia de una sensible parte de la sociedad catalana no puede ponerse en duda a estas alturas. Refugiarse en mayorías silenciosas es buscar tres pies al gato. No escuchaba esta expresión desde los tiempos del franquismo. Delata debilidad de quienes se refugian en ella como último recurso. Buena parte de los prescriptores de opinión se inclinan por la independencia. Ahora bien: ¿dónde está el proyecto?

Muchas personas de mi entorno son partidarias de la independencia. Otras expresan reticencias. La mayoría confiesan temores. Se comprende. La independencia no es un objetivo. Es un instrumento procesal que permite cambiar las reglas del juego. ¿Cuáles serían las nuevas? Una pregunta que se responde con el proyecto. Queremos ser independientes ¿para hacer qué y cómo? Por otro lado, los puentes necesitan andamios durante su construcción. ¿Cómo serían los andamios del proceso de independización? Los andamios, como cualquier ingeniería de transición, también forman parte esencial del proyecto. Insisto: sin proyecto ejecutable, la idea de puente es solo literaria.

El proyecto conlleva identificar previamente las dificultades; la ilusión propende a ignorarlas. En primer lugar, se precisan aliados. Y las alianzas también se proyectan, sobre todo si puedes explicar qué quieres hacer y cómo eso afectará al interlocutor. Circula por la red un vídeo en el que varios profesionales prestigiosos se lamentan del maltrato fiscal que sufre Catalunya. Pero no piden nada al espectador. Los catalanes no hemos venido al mundo a maravillar con eso a la gente, y la proclamación de nuestras desdichas no desencadena automáticamente corrientes de simpatía. Y menos aún complicidades y compromisos. Hay que difundir propuestas y plantear alianzas. Si de verdad queremos un referendo con sentido, si deseamos concitar la mínima adhesión imprescindible, debemos dotar de contenido el deseo de tener bandera de Estado. Un proyecto es eso: objetivos, recursos, soluciones, calendario y plan de implementación. Necesitamos un proyecto técnicamente sólido y, además, provisto de opciones alternativas. Por ejemplo, en el improbable caso de que la Unión Europea no nos reconociera automáticamente como nuevo Estado miembro, ¿cómo acortaríamos el proceso de postulación y qué haríamos mientras tanto?

Eso, de puertas afuera. De puertas adentro, el grueso cuantitativo del proyecto, mientras transcurriera el proceso de rescate de la plena soberanía, deberían ser los términos de la negociación con España (qué será mío y qué será tuyo, qué pasa con los fondos de pensiones, cómo congelar cautelarmente las transferencias al fisco español, cómo nos relacionamos cordialmente después del día D, etcétera), así como la explicitación del modo de organizarnos tras la consecución de la independencia, particularmente en los primeros meses. De hecho, ambas cosas están relacionadas. Las políticas energéticas, por ejemplo, conllevarían opciones internas en términos de estructura del mix (de qué fuentes primarias nos abasteceríamos, cómo gestionaríamos la demanda en estos tiempos posindustriales en los que solo garantizar la oferta es ya un anacronismo), pero también opciones externas de interconexión eléctrica o gasística con España o Francia, sin ir más lejos.

El ejercicio de la política inclina a veces a sus oficiantes a un cierto autismo. Se ponen de acuerdo entre ellos y listo. Pues no si acordaron cosas técnica o socialmente inviables. El proyecto de independencia debe recoger y dar respuesta estimulante a las inquietudes de la sociedad en su conjunto y a todas las exigencias fenomenológicas. Por una parte, para tranquilizar a los agentes sociales y económicos hasta convertirlos en aliados (en lugar, en ausencia de proyecto y pactos, de mantenerlos en un previsible escepticismo hostil). Y, por otra, para no chocar luego con imposibilidades técnicamente cantadas.

Todo esto resulta obvio. Pero aún está pendiente. La mejor manera de que un problema se convierta en mera cuestión es proyectar su solución. Hay que hacerlo cuanto antes. Me parece.

Ramon Folch, socioecólogo. Presidente de ERF

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