Proyecto para España (y II)

Después de haber estado arrinconada durante demasiado tiempo, una de las grandes naciones europeas, España, vuelve a estar presente en la esfera internacional, se dice «Spain is back», España ha vuelto. Pero una de las peores secuelas de ese aislamiento es que nuestra sociedad es poco consciente de la importancia de ese ámbito internacional. En efecto, un alto, un altísimo porcentaje de las decisiones que nos afectan se toman fuera de nuestras fronteras, desde el precio de los combustibles a las intervenciones militares de mantenimiento de la paz. Por eso es tan importante estar presente y estarlo al más alto nivel posible.

Además hoy, en pleno proceso de globalización, esta importancia se ha incrementado de una forma extraordinaria y sin precedentes; desde la Unión Europea a los tratados internacionales de comercio. De forma que si tradicionalmente los Estados gestionaban internamente prácticamente todas las materias excepto las que afectaban a la política exterior y su instrumento más contundente, la Defensa; hoy en día sucede prácticamente lo contrario: son muy pocas las materias de pura gestión interna; la política energética, la I+D+i, la industrial, la medioambiental, la sanitaria, la agrícola, la pesquera… y hasta la educativa, deben gestionarse hoy teniendo en cuenta y consideración la vertiente exterior. Muy escasas cuestiones son de gestión exclusivamente doméstica.

Ello es así porque las antiguas fronteras, especialmente las económicas, se han difuminado. El mundo se ha convertido en una unidad; la aldea global es al fin una realidad. Lo es en el mundo económico pero todavía no lo es en el mundo político en el que conviven cerca de doscientos Estados independientes. Por ello son cada vez más las voces que reclaman una gobernanza mundial y por ello también nuestro primer objetivo en política exterior debe ser consolidar la Unión Europea, único modo de que los países creadores de la civilización occidental (la civilización del cristianismo y de la Revolución Francesa, de los principios de la libertad y de la igualdad y la de los derechos humanos) y, entre ellos, España, mantengan una voz que se haga oír en todo el mundo.

Además esta consolidación es urgente no solo porque después de 60 años desde el Tratado de Roma no deberíamos perder un minuto más, sino también porque debemos aprovechar la defección del Reino Unido (tradicionalmente más una rémora que un motor para la Unión Europea) y el alejamiento (esperemos que provisional) de Estados Unidos. Por primera vez desde la II Guerra Mundial no podemos hacer descansar nuestra defensa en las capacidades norteamericanas pues aunque sigue vigente el Tratado de Washington y su artículo 5º, ya haciéndose dudosa la voluntad de aplicación. Pero la política exterior española no puede limitarse a Europa. Muy al contrario, España por su geografía y por su historia es una nación abierta al mundo.

En primer lugar abierta a América Latina: si Europa es nuestra raíz, América Latina es nuestro destino. Lo más valioso que tiene España para Europa es su relación con América Latina. Además desde donde mejor se ve a España es desde Hispanoamérica, tanto que si uno quiere conocer España, tiene que mirarla desde América. También para amarla y admirarla.

Latinoamérica está hoy jugando un papel esencial para España, no solo desde el punto de vista económico (inversiones sobre todo y también comercio exterior), sino desde el social, en concreto el demográfico: España, que en la Transición era el país europeo con la edad media más joven, ha envejecido de una forma abrupta; nuestro índice de natalidad es de los más bajos del mundo, de modo que hoy, como el resto de Europa, somos un país viejo. Por el contrario, América Latina es un continente muy joven; gracias a la inmigración procedente de allí, España ha conseguido en los últimos tiempos un ligero repunte poblacional. A todos los efectos esa inmigración, con la que compartimos cultura y lengua, ha sido una bendición para España que no tiene, como el resto de los países europeos, graves problemas derivados de la existencia de guetos. Por último, no debemos olvidar que América Latina incluye también Estados Unidos, que es el segundo país del mundo con más hispanohablantes nativos.

La primera potencia mundial, el Imperio, merece párrafo aparte.

De modo gradual aunque persistente hemos pasado, estamos pasando, de ser un país con bases militares a ser un socio estratégico de los EE.UU.: la base de Rota se está convirtiendo en la más importante del Mediterráneo desbancando a la de Nápoles y restando importancia a la de Gibraltar. España es el único país con el que los norteamericanos pueden triangular sus relaciones con centro y Suramérica y somos además, probablemente, el mejor interlocutor con los países árabes y norteafricanos. Por otro lado nuestra pertenencia a la OTAN y a la UE incrementa notablemente nuestra importancia. En otras palabras, España, sobre todo en materia de defensa, se está convirtiendo en un socio privilegiado de los EE.UU.

También con el mundo árabe tenemos una situación privilegiada. En la segunda mitad del siglo XX, el enfrentamiento entre las dos potencias hegemónicas, EE.UU. y la URSS (es decir, entre el Este y el Oeste) era de carácter ideológico y estaba asentado en un equilibrio, especialmente en el campo armamentístico, basado en el arma atómica. En el siglo XXI, los enfrentamientos actuales y previsibles no son de carácter ideológico sino cultural y religioso y en lugar de ser entre el Este y el Oeste se dan entre el Norte y el Sur.

España, que durante la Guerra Fría ocupaba un lugar de retaguardia, especialmente utilizable como plataforma logística a la que pudieran llegar los convoyes americanos para abastecer el conflicto que presumiblemente se daría en Centroeuropa, pasa a ocupar en el siglo XXI un puesto en la vanguardia entre el mundo cristiano y el mundo musulmán. Por lo tanto, España se convierte en la frontera entre ambos mundos pero, por eso mismo, también podemos ser (como hemos sido históricamente) puente y enlace. España históricamente fue el primer país que derrotó a los musulmanes pero después de haber convivido con ellos durante ochocientos años; si hay alguien que los conozca bien en el mundo occidental, somos los españoles. Podemos pues jugar un papel de primer orden en el nuevo mundo geopolítico que se está dibujando. Somos un país abierto al diálogo como pocos; no tendremos el mayor número de multinacionales pero nuestra potencia misional y nuestra presencia en ONG es envidiable. El valor de la solidaridad encuentra en España un asiento confortable. En definitiva y como conclusión, España, a la que en algún momento del franquismo se le acusó de «tener un solo asunto exterior» (Gibraltar), tiene hoy toda una baraja que jugar en el mundo internacional. Incluso el Peñón puede encontrar un final insospechado debido a la pertinaz arrogancia británica. Tenemos también un proyecto en el exterior.

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Transforma España y exministro de Defensa.

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