PSC, ¿el fracaso del federalismo?

Me encuentro entre el medio millón de catalanes que ha seguido apoyando al PSC en unos años en los que ha sufrido un duro descalabro electoral como consecuencia de factores externos e internos. En Catalunya se desencadenó una tormenta perfecta cuando, en paralelo a la crisis general de la socialdemocracia europea y a la pérdida de credibilidad del PSOE, tras amargo final de Rodríguez Zapatero, irrumpió una ola de separatismo populista que puso al PSC contra las cuerdas.

No pocos oráculos vaticinaron su desaparición. El socialismo catalán tuvo que hacer frente a fuertes disensiones internas que giraron siempre en torno al debate territorial e identitario. Para evitar una escisión brusca, la dirección del partido se movió en una manifiesta ambigüedad, incorporando el derecho a decidir. Empezó a enderezar el rumbo cuando logró un amplio acuerdo de reforma federal de la Constitución, rubricado en Granada (2013), asumido por el conjunto del socialismo español e incorporado en el programa de las pasadas elecciones generales.

En las autonómicas del 27-S, la lista de Miquel Iceta obtuvo mejores resultados de los esperados, pese a que el voto útil contra la independencia se lo llevó Ciutadans. Esa mejora fue mérito del candidato, pero también gracias a que muchos electores premiaron la clarificación del PSC: apuesta por la España federal y abandono de cualquier propuesta de consulta soberanista. La sorpresa saltó hace unos días cuando se conoció el contenido de la ponencia política que, en teoría, defiende la dirección del PSC cara a su próximo congreso. Es un documento relativamente breve que trata de los desafíos principales, entre los cuales figura la superación del 'greu atzucac' (callejón sin salida) en el que se halla Catalunya.

Se postula la reforma federal de la que se desprendería un acuerdo bilateral en forma de nuevo Estatut que sería refrendado por la ciudadanía. Además de usar una retórica inflamada donde se reitera que Catalunya es una «nación» y se exige su «pleno reconocimiento y desarrollo nacional», sorprende que no haya referencia a la Declaración de Granada y sobre todo a la coda final. Aquí se dice que si se produjera un «fracaso» de la vía federal, si los catalanes rechazasen ese pacto, entonces el PSC propondría «otros instrumentos democráticos (como, por ejemplo, la Ley de la Claridad canadiense) que establecieran las condiciones para verificar el apoyo a una eventual secesión».

Estamos ante algo absolutamente inédito en la historia de los partidos políticos. Si insólito es reconocer el posible fracaso de tu propuesta, más sorprendente resulta aún anticipar la respuesta a ese escenario. Con ello se transmite una imagen de escasa confianza y se alimenta el fracaso. ¿Por qué los soberanistas votarían a favor de una reforma federal si tras su derrota obtendrían el deseado referéndum?

Un disparate tan descomunal solo se explica por la estrategia de algunos sectores del PSC de aliarse con los 'comunes' de Ada Colau, reintroduciendo por la puerta de atrás al derecho a decidir. Para esa acrobacia se recurre a la vía canadiense cuando, en realidad, es un contraejemplo. La citada Ley de la Claridad, aprobada en el 2000, nació para frenar la celebración de un tercer referéndum en Quebec, tras el fallido de 1995, y deslegitimar cualquier intento de secesión unilateral. Dos son sus principales exigencias: una pregunta clara y una mayoría de votos también inequívoca, porcentaje indeterminado que deja en manos del Parlamento federal de Otawa. Contra lo que a menudo se dice, dicha ley no reconoce el derecho a la secesión, ni garantiza que, en caso de victoria independentista, las negociaciones culminen en la separación si no hay consenso entre las partes sobre cómo afrontar el proceso de ruptura. El soberanismo la rechazó e inmediatamente aprobó otra ley («de prerrogativas del pueblo quebequés») en el Parlamento regional afirmando el principio de autodeterminación y dando por buena la mayoría del 50+1. Hay ahora un recurso para declarar esta ley contraria a la Constitución de Canadá.

Contra la imagen edulcorada que tenemos de que dicho país sí ha sabido encauzar amablemente la tensión secesionista, haciéndonos creer que había acuerdo en el método por ambas partes, no es cierto. Solo el cansancio de la sociedad quebequesa y el miedo a revivir la división social de otro referéndum, como pretendía la primera ministra separatista Pauline Maurois, dio la mayoría a los liberales federalistas de Philippe Couillard en las regionales del 2014. Creer que es posible contentar al independentismo sin traicionar al federalismo es tarea inútil. Canadá lo demuestra. En el PSC algunos parecen decididos a cometer los errores del pasado y hacer inevitable el fracaso del federalismo.

Joaquim Coll, historiador.

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