Psicoanálisis: España y Argentina

La psicoanalista argentina Pola Ivancich de Tomás (Pola Tomás), de ascendencia croata por parte paterna, y mallorquina, por la materna, tuvo en Buenos Aires, como analista didáctico, a Heinrich Racker. Los terapeutas integrados en la International Psychoanalytical Association (IPA), fundada por Freud, mientras son candidatos, y antes de llegar a ser miembros titulares, deben someterse a un análisis a cargo de psicoanalistas didácticos (el grado más alto entre los integrantes de la IPA), los cuales tienen entre sus competencias, además, la de «controlar» o «supervisar» los análisis de los pacientes que están siendo practicados por los principiantes-candidatos.

Heinrich Racker, judío austríaco de origen polaco, y para escapar de la persecución nazi, se exilió en Argentina en 1939; gran virtuoso del piano, y hasta que pudo establecerse como psicoanalista en Buenos Aires, se ganaba la vida dando clases de ese instrumento musical. Racker, fallecido prematuramente a los 50 años de edad, fue uno de los primeros psicoanalistas que dedicó atención científica al, hasta los años 40 del pasado siglo, descuidado fenómeno de la contratransferencia que experimenta el terapeuta frente al analizado, es decir: a los sentimientos que el analista desarrolla frente a su paciente, contratransferencia que, si se maneja adecuadamente, puede constituir un buen instrumento terapéutico, pero que también puede encerrar efectos negativos si aquél atribuye al inconsciente del analizado lo que, en realidad, pertenece al del terapeuta.

A partir de 1939 el psicoanálisis empieza a desarrollarse en Argentina gracias, fundamentalmente, a la aportación de un médico español, Ángel Garma, quien se había formado en el Instituto Psicoanalítico de Berlín, dirigido por el discípulo de Freud Max Eitington, y que fue el primer psicoanalista de nuestro país admitido como miembro de la IPA, así como el primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Los esfuerzos de Garma para que en España pudiera desarrollarse el psicoanálisis, a partir de su regreso de Berlín a Madrid en 1931, se vieron frustrados por la Guerra Civil, a consecuencia de la cual el republicano Garma, que había coincidido en la Residencia de Estudiantes con, entre otras personalidades, García Lorca, Buñuel y Dalí, tuvo que exiliarse, sumándose así a la legión de científicos españoles que desparramaron su saber por el mundo, porque no lo pudieron hacer en la España de Franco convertida en un erial científico y cultural.

En Argentina, Pola Tomás contrae matrimonio con otro eminente psicoanalista, el español Jaime Tomás Iruretagoyena. Jaime Tomás, nieto del alcalde republicano de Irún y sobrino de Tomás Meabe, el fundador de las Juventudes Socialistas, abandona París, donde su padre había sido cónsul general de la República, cuando se inicia la invasión nazi de Francia, exiliándose en México, donde estudia la carrera de medicina y trasladándose posteriormente a Buenos Aires -donde llegó a ser presidente de la APA- para formarse con el didacta Garma. En Buenos Aires, el matrimonio Tomás frecuentó el trato con exiliados españoles, entre ellos, y por ejemplo, con el gran penalista y político socialista Jiménez de Asúa.

Pola Tomás alcanza en Argentina el grado de psicoanalista didáctica, y desarrolla su actividad, no sólo en su consulta privada, sino también, muchas veces desinteresadamente, en hospitales públicos, como el de Lanús, y privados, como el Británico, y dictando cursos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y en el Colegio de Médicos de la capital argentina.

Interrumpida la implantación del psicoanálisis en España por el forzoso exilio de Garma, los pioneros de esta psicoterapia en nuestro país, a partir de los años 40 del pasado siglo, tienen que luchar heroicamente contra tres importantes obstáculos.

En primer lugar, la ausencia de psicoanalistas didácticos en España, obliga a quienes querían dedicarse a esa especialidad a buscarlos en París, Ginebra e incluso Buenos Aires, con lo que, además del trastorno en su vida familiar y profesional que suponen estos frecuentes viajes, tienen que hacer frente a cuantiosos gastos para poder desplazarse al extranjero. En segundo lugar, las cátedras universitarias de psiquiatría, es decir: lo que habría sido el lugar idóneo -además de para conseguir una cierta estabilidad económica- para investigar y difundir las enseñanzas de Freud, estaban bajo el implacable control de dos profesores: Juan José López Ibor y Antonio Vallejo Nájera, enemigos declarados del psicoanálisis. Y finalmente, una dictadura, como la de Franco, tenía que oponerse -como también se opusieron las dictaduras nacionalsocialista y soviética- a un método caracterizado por la búsqueda sin concesiones de la verdad, y, con mayor motivo aún, cuando la verdad que se encontraba después de esa búsqueda era a menudo incómoda, como lo era, por ejemplo, la importancia que tiene en el ser humano, desde su nacimiento, la sexualidad. Una importancia que hoy pocos discuten, pero que, en su día, cuando lo que regía era una moral victoriana -no muy diferente de la del nacionalcatolicismo franquista- hizo exclamar, en 1910, al presidente de un congreso de médicos alemanes, cuando un congresista propuso que se trataran las teorías de Freud: «Señores míos: ¡Eso no es un asunto para la medicina, sino un asunto para la policía!».

Jaime Tomás, que nunca había dejado de añorar su país, y Pola, deciden instalarse en España en 1972, cuando ya se adivinaba el próximo final de Franco. Una decisión difícil para Pola, quien sentía pasión por Argentina -una pasión que no era ciega, porque reconocía tanto los defectos como las virtudes de esa gran nación-, pero una decisión que no sólo contribuyó a impulsar el desarrollo del psicoanálisis en España -al que también ayudó la llegada a España, pocos años más tarde, de otro matrimonio de ilustres psicoanalistas argentinos: León y Rebeca Grinberg-, sino que, también en otro ámbito, se reveló como una decisión acertada, ya que en 1976 se instaura en Argentina la despiadada dictadura de Videla, de la que fueron víctima muchos psicoanalistas y muchos de sus pacientes.

Además de tratar a sus propios pacientes, Pola Tomás formó y supervisó en nuestro país a muchos psicoanalistas que hoy ejercen su especialidad con la admirable ética y con la reconocida sabiduría que de ella aprendieron, ayudando así a otros muchos analizados a encontrar, egosintónicamente, su camino en la vida. Regularmente, la psicoanalista argentina viajaba a Inglaterra, transmitiendo después a los terapeutas españoles los conocimientos que iba atesorando de sus contactos con la escuela de Londres, una ciudad en la que se habían concentrado los más eminentes especialistas del psicoanálisis: algunos británicos, como Winnicott, Bion y Melanie Klein (de origen austriaco, pero que se había establecido en Londres desde 1926), y otros exiliados, bien para huir de la persecución antisemita, como Anna Freud, bien de la persecución política, como la alemana Paula Heimann. Con esta última, pionera en el estudio de la contratransferencia, como su primer analista, Racker, Pola Tomás llevaría a cabo algunas supervisiones

De su labor generosa, desinteresada y decisiva en la transformación del hospital psiquiátrico de Leganés han escrito ya, con mucha mayor autoridad que la mía, la Dra. Fernández Galindo y los Dres. Linaza y Temporetti, así como de su contribución a la terapia psicoanalítica de los niños -una terapia que, por razones elementales, tiene una técnica distinta de la que se desarrolla con los adultos-, que en su día obtuvo el merecido reconocimiento con la designación de Pola Tomás como miembro de honor de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente.

En 1996 falleció su marido Jaime Tomás. Y hasta su último suspiro Pola no podía hablar de él sin que se le saltaran las lágrimas, provocando muchas veces también el llanto de los que la oíamos referir aquella maravillosa historia de amor.

Un ser humano como Pola Tomás, con su sabiduría, con su generosidad, con su ética y con su capacidad de comprender y de consolar, sólo se conoce una vez en la vida.

Enrique Gimbernat es catedrático de Derecho Penal en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *