Psicología y sociología del terrorismo

Las dos matanzas de Montauban y de Toulouse se han esclarecido; se conoce al culpable, Mohamed Merah, un joven “procedente de la inmigración” -como suele decirse- que invoca el islam. Los investigadores tratan ahora de establecer la posible implicación de sus allegados en estos actos terroristas que han causado siete muertos: tres militares y cuatro judíos.

Como en otros episodios terroristas, se suele recurrir a dos clases de explicaciones para interpretar estos crímenes, aunque ambas pueden conducir a un callejón sin salida.

Unas explicaciones subrayan la personalidad del asesino, al que se apresuran a calificar de loco o enfermo mental. Es decir, para perpetrar tales horrores, llegando a asesinar niños a sangre fría, ¿no es preciso haber dejado de ser humano? La psicologización, en este caso, avanza a toda vela y se complementa con la idea de una deshumanización. El criminal, entonces, es un caso anormal y su comportamiento corresponde al ámbito de la psiquiatría. Se recurre a veces a la búsqueda de explicaciones en la primera infancia, la ausencia del padre, la familia desestructurada. También se apela a la cultura de origen: ¿no ha sucedido que el asesino ha sido socializado en un universo mental propicio a la violencia extrema? Falta tiempo entonces para poner al islam en tela de juicio.

Las otras explicaciones, de modo muy distinto, no sólo acentúan el clima o contexto actual sino que aluden a la trayectoria vital del asesino antes de pasar a la acción. La sociologización, en este caso, sustituye a la psicologización. Se hace hincapié en los discursos políticos del odio, el racismo, la xenofobia, la islamofobia reinante, sobre todo en la campaña presidencial actual en la que tanto la derecha como la extrema derecha han recurrido ampliamente a la obsesión por el islam o al rechazo de la inmigración. Se subrayan, además, los problemas sociales que ha experimentado el criminal: desigualdad, discriminación, rechazo a sus intentos de integrarse. Se incide, de este modo, en las cuestiones que figuran en el corazón de la vida colectiva de Francia desde hace cuarenta años: las relativas a los barrios periféricos, la injusticia social, el paro, la exclusión y la precariedad sobre un telón de fondo de racismo. En último término, los actos de Mohamed Merah se explicarían por causas sociales. Serían el resultado del fracaso del modelo francés de integración, completado en caso necesario por las oleadas de discursos políticos de odio y de rechazo racista e islamófobo que la campaña presidencial tiene ocasión de exteriorizar ampliamente.

Ni la psicologización, que es más bien una desviación en el ámbito de la derecha, ni la sociologización, que se sitúa más bien en el campo de la izquierda, resultan de hecho satisfactorias. Ambas exoneran al asesino de sus crímenes: no es responsable de ellos si es un demente o un enfermo mental o si no es otra cosa que lo que ha modelado la sociedad a golpe de injusticias y racismo. En el primer caso, es menester deshacerse del asesino y, si es un individuo deshumanizado, inhumano, tal circunstancia podría permitir que se pidiera para él la pena de muerte. Añadamos que si su personalidad es deudora en algún sentido de la cultura de origen, en tal caso hay que rechazar esta cultura y ese es el sentido de ciertas campañas hostiles a los musulmanes y a la inmigración.

La explicación de tipo psicológico pasa por alto la experiencia social y política, y también la cultural y religiosa, del asesino. Extrae una consecuencia, de alguna manera, del contexto histórico en el que el individuo en cuestión ha querido jugar un papel determinado. No obstante, Mohamed Merah ha impreso un significado a sus actos, ha hablado de la guerra de Afganistán, ha hablado del islam, ha apuntado a objetivos dotados -a su juicio- de sentido: militares, judíos (el ejército francés está implicado en Afganistán y el odio a Israel y a los judíos es una constante del islamismo radical). La psicologización borra estas dimensiones cargadas de sentido, aunque este se halle distorsionado o viciado. Le ahorra a la sociedad francesa toda interrogación sobre sí misma, despolitiza, deshistoriza el hecho en cuestión, al igual que a su autor.

En cuanto a la explicación exclusivamente sociológica, no explica en absoluto el paso a la acción y, específicamente, al asesinato. Cientos de miles de jóvenes en Francia han experimentado y experimentan las mismas dificultades que el asesino y muchos sienten asimismo cierta empatia por su acción. Pero él es el único en haberse embarcado de ese modo en una serie de asesinatos después del año 1995 con el episodio de la muerte de Jaled Kelkal, un joven terrorista de perfil comparable. La sociología clásica no posibilita apenas el análisis de los hechos , de las conductas, de los discursos asociados a fenómenos tan aislados. Sin que haya de ser necesariamente positivista ni buscar leyes de la vida social, se interesa en mayor medida por lo sólido, lo regular, lo repetido, lo frecuente y lo observable en muchos casos en mayor medida que por los acontecimientos excepcionales. Lo propio de los crímenes cometidos por Mohamed Merah es, precisamente, el hecho de no depender de ningún determinismo colectivo, de ninguna ley más o menos estadística: es el hecho de ser algo improbable.

Es decir, ¿son inoperantes las ciencias humanas y sociales ante crímenes de esta clase? No, desde luego.

En primer lugar, hay que observar que se interesan crecientemente por los acontecimientos y episodios poco probables. La idea de riesgo, por ejemplo; la invocación al principio de precaución experimentan un eco en su seno precisamente porque ha adquirido importancia considerar no sólo los acontecimientos probables por su frecuencia estadística, sino también las catástrofes o desastres excepcionales, ya se denominen naturales (tsunami, terremoto, inundación, etcétera.) o debidas a factor humano (accidente nuclear, por ejemplo). Es menester considerar, asimismo, que la infrecuencia de actos terroristas obedece en buena parte al trabajo de los servicios de seguridad e información; es una tarea opaca que no aparece en los medios de comunicación y que evita numerosos dramas: la tentación de pasar a la acción es más frecuente que su realización.

De modo especial, tanto el psicologismo como el sociologismo pueden evitarse si el trámite no se limita a enunciar una teoría para encajar los hechos en ella a toda costa y si la misma concede preferencia a la investigación y el análisis. Cuanto más se conozca de la trayectoria de los protagonistas en cuestión, sobre su itinerario vital, sobre sus aspiraciones y decepciones, sobre los ambientes que han frecuentado, sobre quienes les han rechazado o excluido, más podrá comprenderse la culminación del proceso que es el tránsito al acto. Indudablemente, esta comprensión demanda tiempo y trabajo de investigación cuando lo que quieren la opinión pública y los protagonistas políticos son explicaciones inmediatas. El ritmo temporal no es nunca el mismo y suele ocurrir que sólo tras largo tiempo después de los hechos, estos se clarifican real y totalmente, cuando la actualidad ha cambiado y salvo las víctimas y sus allegados aquellos son cubiertos por un velo de olvido. Ello no es razón para admitir las explicaciones simplistas, más o menos embargadas de emoción y propicias a la aparición de juegos y maniobras políticas en mayor medida que a la actuación en profundidad contra el terrorismo.

Michel Wieviorka, sociólogo. Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

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