Pueblos contra aparatos

Se acaban de producir dos hechos políticos importantes en puntos extremos del continente americano. Su significación va más allá de su contexto inmediato, porque indica una corriente profunda en la relación entre ciudadanos y política que se manifiesta en casi todo el mundo. En Chile, la derecha ha ganado las elecciones presidenciales, aun manteniéndose en minoría en el Congreso. En Massachusetts el republicano Scott Brown ganó a la demócrata Martha Coakley el escaño que quedó vacante por la muerte del senador demócrata Ted Kennedy, campeón de los derechos sociales y defensor de la salud pública. Ironías de la historia: su sucesor en el Senado puede ser el voto de bloqueo de la ley de reforma de salud por la que lleva meses luchando Obama. Los hechos en sí son totalmente distintos, pero han alterado el panorama de sus países y hay una raíz profunda común: el rechazo popular a la partidocracia y a la arrogancia de la clase política.

En Chile, Sebastián Piñera, tan rico como conservador, ha ido labrándose una reputación de independencia con respecto a los partidos de su coalición, usando hábilmente su no al referéndum de Pinochet en 1989 para presentar sus credenciales democráticas. Su imagen empresarial, pragmática y poco ideológica le proporciona un aura de renovación frente a la política tradicional. Su programa es vago y flexible. Y ya ha iniciado aperturas hacia medidas populares, como las ayudas económicas a las familias. Sabe que la Alianza es minoritaria en el país. Ganó por un voto de castigo al continuismo de una Concertación que tras dos décadas había quedado en manos de los aparatos de los partidos y sus redes clientelares. No fue rechazo al Gobierno: el apoyo a Bachelet en estos momentos llega al 80% y el de su gobierno al 60%. Pero la candidatura de Frei es harina de otro costal. Porque era un líder débil atado al carro de los partidos. El presidente Lagos, cuyo gobierno asentó definitivamente la democracia y el desarrollo en Chile, rehusó presentarse por segunda vez (hubiera ganado) porque los caciques partidarios se negaron a garantizarle autonomía. Y así, los ciudadanos tuvieron que optar entre refrendar a los aparatos de la Concertación o airear los pasillos del poder. En la primera vuelta Marco Enríquez-Ominami (hijo del legendario líder del MIR asesinado por Pinochet) movilizó el voto joven y llegó al 20%. Pero aunque Ominami votó por Frei, sus votantes no le siguieron, pues para muchos jóvenes la Concertación es corrupción. En un artículo publicado antes de la elección, Ernesto Ottone, el cerebro político del gabinete de Lagos, señalaba que había dos Concertaciones. Una, la de los sucesivos presidentes que, con acentuada independencia política, han hecho de Chile un país moderno y democrático. Y añadía: “La otra Concertación es aquella más enraizada en los intereses partidistas que aceptó la conducción de la Concertación como un mal menor, con disgusto y refunfuñando y que una vez desaparecido el miedo a la dictadura puso en cuestión la obra realizada, rompió las disciplinas mínimas, se refugió en particularismos, ambiciones más personales que colectivas y prácticas políticas que contaminaron la acción del gobierno si no con prácticas corruptas, al menos con redes antimeritocráticas que la sociedad chilena aceptó cada vez menos en la medida en que avanzaba su nivel de bienestar, escolaridad y exigencia de bien público… Las cúpulas partidarias han hecho oídos sordos a abrir la vida partidaria a los ciudadanos, a renovar sus prácticas y a promover los cambios generacionales necesarios”. (Por cierto, ¿le suena familiar?). Piñera no ganó la elección en las mentes de la mayoría. Fue la desconcertada Concertación quien la perdió.Algo así sucedió en Massachusetts. Los sondeos muestran que en ese estado la mayoría apoya a Obama y que fue la crisis económica, más que la sanidad, el factor determinante de la oposición a los demócratas. Fue el voto independiente el que decidió, como voto de protesta contra una representante del aparato demócrata del estado, Martha Coakley, que estaba tan segura de ganar por derecho propio que al inicio de la campaña se fue de vacaciones y sólo se despertó a dos semanas de la elección. Scott Brown, republicano de nueva generación, hizo campaña con el lema de que “este no es el escaño de Ted Kennedy sino el escaño del pueblo”. Y consiguió conectar con la amplia movilización social que la derecha ha conseguido en todo el país, también en Massachusetts, contra las reformas de Obama, en el llamado “movimiento de las tea parties”(reuniones políticas en torno a una taza de té, remedando los orígenes de la revolución estadounidense) La Liga de Mujeres Votantes en Massachusetts ha liderado el movimiento en favor de Brown, usando las mismas tácticas que Obama en su campaña. Internet, teléfonos y puerta a puerta. Incluso su grito de guerra ha sido “Sí, podemos”. Y es que cuando se moviliza al pueblo como lo hizo Obama, no hay vuelta atrás. Igual que rechazó a los republicanos está ahora rechazando a los políticos demócratas tradicionales que se aprovechan de la presidencia de Obama para medrar como nunca. Ycomo el presidente ha tenido que negociar a puerta cerrada su reforma de la sanidad en el Congreso, se ha generalizado la idea de que se decide el seguro de salud sin información y entre los de siempre. La democracia no es de derechas o izquierdas, sino que se define por la supeditación de los representantes a los ciudadanos. Y cuando los aparatos se erigen en dueños y señores de destinos, surgen movimientos de base (naturalmente atizados por intereses creados) que modifican las relaciones de poder.

Veremos cómo reaccionan Obama y la izquierda en Chile. Pero lo que ya saben es que lo que hagan tendrá que ser con los ciudadanos, no sólo con los políticos. Porque cuando se abren las puertas a la participación la gente lo toma en serio. Por cierto, de te fabula narratur (mire Wikipedia).

Manuel Castells