¿Puede Rusia ganar una guerra larga?

El oso ruso está mostrando en Ucrania unos colmillos que parecen mucho menos mellados de lo habitual. Las huestes de Putin están avanzando en diversos frentes con una rapidez superior a lo acostumbrado en esta guerra, amenazando Járkov, la segunda ciudad de Ucrania. Podría creerse que este es el orden natural de las cosas: que el rodillo ruso está en marcha una vez más; que los rusos se han puesto las pilas y han engrasado los engranajes oxidados de su poderosísima máquina de guerra, aunque les haya costado dos años, de manera que el potencial material y demográfico del coloso ha de imponerse fatalmente sobre su vecino más pequeño; que en una guerra prolongada, Rusia tiene forzosamente todas las de ganar.

Sin embargo, todo esto no es más que una ilusión. La destrucción industrial que ha sufrido Rusia en poco más de una generación ha sido espeluznante y carece de precedentes a nivel mundial. El proceso comenzó en la década de 1980, todavía bajo la URSS, y continuó con Gorbachov, Yeltsin y Putin, siempre bajo la sombra malsana del dinero fácil y rápido del petróleo y del gas. Cuanto más sencillo le resulta a un Estado obtener grandes ingresos mediante la venta de un recurso natural, más autoritario puede volverse porque no es necesario crear estructuras socioeconómicas eficientes que, al ser más complejas, requieren flexibilidad y descentralización para gestionarlas correctamente. El caso ruso es excepcional solo por su carácter extremo y por haber sido previamente una muy gran potencia industrial.

El resultado es que casi todas las armas y equipos rusos siguen basándose en diseños soviéticos, como el carro de combate T-90, porque desde 1991 apenas se han logrado desarrollos nuevos. Y, tras más de dos años de conflicto, Rusia no se ha reindustrializado. Su producción de armas nuevas apenas ha aumentado, y sigue dependiendo de las inmensas reservas de la época soviética y de abastecedores extranjeros, como Irán o Corea del Norte.

La desindustrialización de Rusia, su involución hacia el subdesarrollo pleno y su incapacidad para revertir el proceso son el resultado de dos decisiones funestas para la nación y para el Estado. La primera, priorizar el control total del líder supremo a costa de todo lo demás. Da igual que pretendan gobernar de forma modélica, como Nasser, o saquear el país, como los Duvalier o Mobutu. En todos los casos, el resultado es el mismo: ruina.

La segunda decisión funesta fue la forma que escogió Putin para asentar su poder absoluto sobre Rusia: desmantelar de facto casi todas las instituciones de gobierno y permitir e incluso forzar deliberadamente una corrupción sistémica en todo el sector público. De esta manera, Putin reina solo, sin que nadie pueda desafiar su liderazgo, mientras disfruta de un poder omnímodo y de un margen de arbitrariedad casi absoluto, pero a costa de la capacidad organizativa, científica e industrial del Estado. En tiempos de paz y con el petróleo a precios altos, los efectos no son evidentes a corto plazo, pero en tiempo de guerra y tras casi 25 años de putinismo…

Por lo tanto, aunque sobre el papel Putin disponga de inmensos recursos, el régimen imperante ha castrado a Rusia haciendo imposible que se movilicen y se aprovechen de manera eficaz. Esta es la parte que muchas gentes son incapaces de comprender, especialmente aquellos que idolatran los regímenes autoritarios, pero es la razón de que Ucrania todavía no haya sido completamente aniquilada por dos millones de soldados rusos perfectamente entrenados y pertrechados, respaldados por cientos de aviones y miles y miles de T-90 nuevecitos. La Rusia soviética habría podido movilizar y pertrechar un ejército así, incluso en sus estertores finales, pero la Rusia de Putin ni siquiera juega en la misma liga. La URSS era una gran potencia tecnológica e industrial, mientras que la Rusia de Putin es un Estado en vías de subdesarrollo.

No es imposible que Rusia gane la guerra. Mucho depende de la habilidad de los comandantes de ambos bandos en el frente, o de que gane Trump en EE UU, o de que los europeos se organicen o no; o, sobre todo, de la actitud de Xi Jinping. Pero si la guerra se prolonga es Rusia quien lleva las de perder, en contra de una creencia muy arraigada. Ucrania proviene del molde soviético y sufre muchos de los males de Rusia en desindustrialización, corruptelas y caciquismo de oligarcas, pero los padece en mucha menor medida, y es una democracia, lo que implica que el Gobierno se ve forzado a un margen de eficacia incomparablemente mayor que el ruso. Con eso y con una ayuda exterior sostenida por parte de la Unión Europea, es Ucrania la más probable vencedora en una larga guerra de desgaste contra Rusia.

Juanjo Sánchez Arreseigor,  historiador y analista de política internacional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *