¿Puede ser Grecia el futuro Lehman Brothers?

¿Podría ser Grecia el próximo Lehman Brothers? Sí, y potencialmente, incluso peor. Si Atenas no atendiera el pago de sus deudas, se haría añicos la confianza de los mercados en el proyecto de la Eurozona.

Fue hace menos de tres años cuando la quiebra de Lehman Brothers hizo temblar el sistema financiero global, amenazando la existencia de todos los grandes bancos y desencadenando la crisis económica más grave desde la Gran Depresión. Mientras la clase política dirigente de Europa se volvía a reunir días atrás para analizar cómo afrontar la crisis, el temor que atenazaba a todos los reunidos en torno a la mesa era pensar ¿qué pasaría si los griegos decidieran que ya han tenido suficiente ajuste y dejaran de pagar sus deudas?

En otras palabras, ¿podría Grecia ser el nuevo Lehman? Dada la estructura de los mercados financieros modernos, con su maraña inextricable de operaciones de derivados y sus pirámides de deuda, hay una sola respuesta: sin duda alguna. La probabilidad de que un impago de deuda de los griegos suponga una amenaza para el futuro de la Eurozona, así como también para la salud de la economía mundial, significa que tiene potencial como para ser peor que Lehman. Mucho peor.

Con este pronóstico sombrío, la Unión Europea y el -hoy a la deriva- Fondo Monetario Internacional son conscientes de que algo hay que hacer, aunque no están muy seguros de qué. En honor a la verdad, el asunto es peliagudo. Una moneda única que englobara a un núcleo sólido de países europeos que fueran muy similares en términos de desarrollo económico y de estructura industrial podría haber funcionado. Encorsetar en un solo grupo 17 economías dispares, con diferentes niveles de incremento de productividad, diferentes idiomas y diferentes culturas de negocio, era un accidente que estaba cantado que terminaría produciéndose, y así ha sido.

Los países más débiles, en el filo de la navaja de la zona de moneda única, no han sido capaces de hacer frente a las disciplinas implícitas en el hecho de ceder el control de sus tipos de interés y de sus divisas, con lo que el problema se ha extendido mucho más allá de los tres países (Grecia, Irlanda y Portugal) que han solicitado su rescate. El auge y caída de la vivienda en España ha sido consecuencia de que los tipos paneuropeos de interés estaban demasiado bajos; la falta de competitividad de Italia, cada vez más acusada, es resultado de la falta de flexibilidad del tipo de cambio.

También quedó claro desde el principio que la estructura de la unión monetaria se traduciría en dificultades en países sometidos a las políticas deflacionistas. Puesto que la Eurozona no es un Estado soberano, no existe un mecanismo formal de transferencia de recursos de las áreas ricas de la unión monetaria a las áreas pobres. Habida cuenta de las barreras lingüísticas y de los obstáculos burocráticos, tampoco resulta fácil que alguien que se haya quedado en paro en Atenas consiga un puesto de trabajo en Amsterdam. En su lugar, aquellos países que tratan de alcanzar los niveles de la economía hiper-competitiva de Alemania tienen que reducir costos mediante severas restricciones de los incrementos salariales y austeridad fiscal.

En esto se tradujo el Plan A que se sacaron del cajón para aplicarlo a Grecia en la primavera pasada, cuando se convirtió en el primer país de la Eurozona en tener problemas, y que se repitió después en Irlanda y Portugal. El Plan A consistía en proporcionar a Atenas un crédito puente para que pudiera continuar cumpliendo con sus obligaciones de pago de la deuda mientras que, al mismo tiempo, hacía hincapié en medidas draconianas para reducir el déficit presupuestario de Grecia.

Sufrimiento más aplazamiento del problema: el recurso tradicional de los políticos que carecen de imaginación, que es el que han aplicado los líderes europeos a lo largo de la crisis de deuda soberana. Resulta evidente que el Plan A no ha funcionado, como podría haber pronosticado cualquiera que haya acumulado una deuda excesiva en su tarjeta de crédito.

De la misma manera que un individuo no puede impedir que la factura de los intereses aumente y aumente, por mucho que pase a hacer la compra en un supermercado más barato, prescinda de la cuota del gimnasio y renuncie a irse de vacaciones, el Gobierno griego se ha encontrado con que apretarse el cinturón le ha generado un déficit presupuestario más grande en los cuatro primeros meses de 2011 que el que había registrado en los cuatro primeros meses de 2010.

No es difícil darse cuenta de las razones por las que ha sucedido eso. Los que formularon el plan de Grecia subestimaron el grado en que los recortes de gasto público y las subidas de impuestos iban a dificultar el potencial de crecimiento de la economía, especialmente dadas las escasísimas posibilidades de que la moneda se devaluara.

Históricamente, los planes estructurales del FMI para países en vías de desarrollo con problemas han implicado una devaluación, con lo que las exportaciones se abarataban, pero la adhesión de Grecia a la moneda única ha significado que no ha habido ninguna válvula externa de seguridad para compensar la contracción interna.

Grecia necesita tener libertad de acción para generar su propia salida de su crisis de deuda. En su defecto, el resto de la Eurozona tiene que estar preparado para digerir no sólo un segundo, sino incluso un tercero y, tal vez, hasta un cuarto rescate para que Atenas pueda mantener el ritmo de amortizaciones de su deuda. He aquí, pues, las razones del runrún de rumores en circulación sobre que Grecia haría mejor incumpliendo sus compromisos de pago de la deuda o abandonando de una vez la Eurozona.

No hay ningún indicio de que el Gobierno griego esté planeando nada de esta naturaleza. La morosidad y la devaluación implican graves riesgos, especialmente porque la deuda tendría que denominarse en una divisa redenominada (como el dracma) a la que los acreedores le atribuirían la consideración de bono basura. A corto plazo, la crisis económica y financiera de Grecia se volvería más profunda, con seguridad. Atenas va a preferir que la UE proporcione un segundo préstamo puente y reprogramar sus deudas a lo largo de un periodo más prolongado para que los pagos de intereses resulten menos onerosos.

NO OBSTANTE, en el mejor de los casos se trata de una solución provisional, ya que no contribuye en nada a abordar las debilidades estructurales de la Eurozona. Para ello, en realidad sólo hay dos soluciones. La primera consiste en convertir la unión monetaria en una unión política, con la creación de unos mecanismos presupuestarios que transfieran recursos a través de un espacio fiscal único. Esto colmaría las ambiciones de quienes diseñaron el euro y supondría un reconocimiento de que la actual componenda de la situación, a medias, es inestable por su propia naturaleza.

La segunda sería admitir la derrota mediante el anuncio de unos planes cuidadosamente elaborados para poner en marcha una Europa de dos niveles, en la que la parte periférica estaría conectada con el núcleo central a través de tipos de cambio fijos pero ajustables. Ninguna de las opciones, hay que aclararlo, parece probable, ni siquiera remotamente, aunque el hundimiento de Lehman demuestra las limitaciones del actual planteamiento de ir tirando como sea.

El futuro de la Eurozona no se decidirá en Atenas o Lisboa, sino en París y en Alemania. Los dos grandes monstruos han invertido enormes reservas de capital político en el Proyecto e insisten en que no se producirán impagos ni abandonos del club.

Hasta ahora, la opinión pública alemana se ha mostrado displicente con el plan de rescate griego de mayo de 2010, armó un escándalo cuando se le pidió que pagara la cuenta pendiente de Irlanda en noviembre pasado y ha montado verdaderamente en cólera con lo de tener que solucionar el desastre de Portugal. A pesar de la fortaleza de la economía alemana, Angela Merkel se enfrenta a una fuerte resistencia política a más rescates. El cálculo político es claro: abandonar a su suerte a Grecia y a las otras economías más débiles de la zona euro pondría fin al sueño de la unión monetaria como un club en el que los países europeos, grandes y pequeños, débiles y fuertes, son capaces de defender juntos con relativo éxito una política económica única. Ahora bien, no abandonarlos a tiempo podría costarle el puesto a Merkel.

Por Larry Elliottes, periodista, economista y analista del periódico británico The Guardian.

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