¿Puede volver la peseta?

Si yo les preguntara a mis hijos si piensan que podría volver la peseta, me mirarían con cara de absoluta estupefacción. La mayor, con 27 años, todavía sabría de qué le estoy hablando, pero dudaría de mi estado mental. La segunda, con 22, ya no dudaría: creería literalmente que me he vuelto loco. Y el “pequeño”, con 18, no sabría de qué le estoy hablando, porque el euro, nuestra moneda única, nació definitivamente, cuando tenía apenas 10 años. Y, afortunadamente, no conoce otra cosa que el euro y la peseta le parece “prehistórica”.

Nuestra “entrañable” peseta, creada, por cierto, por un gran liberal catalán, Laureano Figuerola, que la llamó pesseta,piececita en catalán. Y a nuestra peseta – y, sobre todo, a su tipo de cambio-la utilizamos muchas veces. Porque durante todo el siglo XX, los gobiernos la han usado para ajustar, de una sola vez, los desajustes de competitividad. Devaluando cuando era necesario y/ o conveniente. Perdíamos riqueza pero ganábamos competitividad. Elemental para cualquier economista. Letal para nuestra riqueza colectiva. Pero siempre fue un instrumento eficaz. En 1959, al introducir la convertibilidad y fijar el tipo de cambio con el dólar a 60 pesetas, y luego devaluando en función de nuestra competitividad relativa, en numerosas ocasiones. Las últimas, por cierto, en el contexto de otra grave crisis económica – aunque menor que la actual, que es la mas grave conocida contemporáneamente-que fue la de los primeros años noventa, cuando la presión de los mercados obligaron al Gobierno socialista a asumir hasta tres devaluaciones sucesivas.

Luego, entramos ya en una senda de estabilidad y cuando se fijó, por parte del Gobierno de Aznar, el objetivo de poder estar, desde el principio, en la tercera fase de la unión económica y monetaria, es decir, de formar parte del euro desde sus inicios, el tipo de cambio ya no se movió. Y coincidiendo con la anterior presidencia española de la Unión, en el primer semestre del año 2002, la introducción del euro y la desaparición de las diferentes divisas nacionales se convirtió en un feliz hecho consumado.

Y me parece indiscutible que la moneda única ha sido un éxito hasta hoy. Para Europa – también para todo el mundo, al aparecer otro referente monetario a nivel global-y, desde luego, para España.

El euro, moneda común y única (obsérvese que cuando tenemos cosas comunes, pero no únicas – por ejemplo, la Política Exterior Común-suelen surgir todo tipo de contradicciones, ya que acostumbran a primar los intereses nacionales sobre los comunitarios, en caso de conflicto), ha sido un escudo protector, un factor de estabilidad y, también, en estos momentos sobre todo, una obligación de disciplina en la política económica.

Me explico. El euro supuso algo sustancial para la política económica de los gobiernos concernidos: perdieron su soberanía en algo tan trascendental como la moneda, es decir, la política monetaria (o sea, fijar la cantidad de dinero existente en el sistema así como el manejo de los tipos de interés, instrumento básico para sostener una política antiinflacionista) y, evidentemente, sobre el tipo de cambio.

Y ello, supone que los gobiernos deben sostener otras políticas, principalmente la presupuestaria, aunque no sólo (pienso en reformas estructurales de los mercados que permitan ganancias de competitividad) coherentes con la política monetaria fijada desde el Banco Central Europeo. De ahí, pues, la enorme relevancia de cumplir con el pacto de estabilidad, que obliga, salvo en circunstancias excepcionales, a unos compromisos sobre el nivel de endeudamiento o sobre la sostenibilidad de las cuentas públicas. Y es verdad que, ante la gravísima crisis económica y financiera que padecemos – y que, en el caso de España, lamentablemente, tiene todavía un largo recorrido-,muchos países, por no decir todos, de la unión monetaria, se han visto forzados a incurrir en elevados niveles de endeudamiento y a asumir enormes incrementos en sus déficit públicos. Y España no es una excepción.

La pregunta, entonces, es por qué, habiendo hecho cosas aparentemente similares a lo que han hecho otros, algunos se han mostrado especialmente preocupados por la salud de nuestra economía a medio plazo, la especulación ha hecho mella sobre nuestra credibilidad exterior y hasta se ha llegado a especular sobre nuestra pertenencia al euro. La respuesta es clara: se interpreta que se ha agotado, de forma vertiginosa, nuestro margen para endeudarnos sin afectar a nuestra apariencia de solvencia, y se ha incurrido en un enorme déficit del conjunto de las administraciones públicas. Nada menos que un 12% sobre el PIB.

El compromiso es que, en el horizonte del 2013, volvamos a un déficit del 3%. Debemos bajar nada menos que nueve puntos. Y eso, en grandes cifras, significan unos 100.000 millones. Y es sabido que el Gobierno español ha presentado un plan que incluye la reducción en el gasto por unos 50.000 millones. Falta conseguir otros 50.000. No creo que deba insistir ante la magnitud del desafío.

España, como se ha repetido hasta la saciedad, no es Grecia. Pero las autoridades comunitarias, pensando en la sostenibilidad del euro, tienen la obligación de supervisar lo que va a hacer el Gobierno y de decirle si lo que propone es o no suficiente. Y el Gobierno tendrá que asumir que la pertenencia a la moneda única no es compatible con determinadas alegrías y que requiere enormes sacrificios. Y así lo debe explicar. Y luego pedir colaboración de todos. No basta con crear comisiones. El Gobierno es el responsable de lo sucedido y debe ser el que fije los criterios. Estamos esperando.

Josep Piqué, economista y ex ministro.