Puerto Rico y su quiebra colonial

La colonia norteamericana de Puerto Rico en el Caribe quebró. Hoy no es ni si quiera la caricatura de mal gusto de lo que los Estados Unidos (EE.UU.) pretendió hacer ver al mundo. Lo que fuera una vez el modelo americano en América Latina y el Caribe es hoy el fracaso de un modelo colonial de otros tiempo que sangra profusamente.

La degradación puertorriqueña ha sido lenta, pero constante. A través de la historia reciente, muchas voces profetizaron la hecatombe puertorriqueña, pero fueron ignoradas y silenciadas. Hoy no hay sorpresas.

Se trató por décadas de mantener vivo un modelo colonial natimuerto mediante préstamos de capital norteamericano que llegaron acumular la colosal e impagable deuda de más de 70 millardos de dólares norteamericanos. La crisis de Puerto Rico no es tanto financiera como social, económica y política con un efecto financiero. Es una crisis cuyo pecado original es el colonialismo que padecen los puertorriqueños.

Se trata de una crisis inédita para Puerto Rico y el mundo, que resulta incomprensible e inmanejable para todo aquel que no la vea desde la óptica del colonialismo. No estamos ante la crisis de una nación que cuenta con todas las herramientas que la soberanía puede ofrecer para enfrentarla, por lo que las fórmulas y recetas tradicionales son insuficientes y hasta contraproducentes. La competitividad productiva, respuesta natural ante cualquier crisis, es un imperativo que está truncado por leyes norteamericanas que lo impiden.

Los EE.UU. se ha desentendido por completo de la tragedia puertorriqueña como si no fueran ellos los principales culpables al diseñar un modelo colonial servil, ajustado a los intereses norteamericanos y no a los puertorriqueños. El desinterés de los EE.UU. parece explicarse por haber encontrado en Cuba un nuevo paraíso caribeño más atractivo para el capital norteamericano por ser tierra virgen para sus inversiones.

Cabe preguntarse quién se ha beneficiado de la titánica deuda puertorriqueña si no ha sido el mismo capital norteamericano que la ha prestado. ¿Existe alguna duda de que históricamente las colonias son apéndices económicos al servicio de los intereses de la potencia colonizadora?

El aceptar la verdad anteriormente expuesta es el paso ineludible e imprescindible para componer a Puerto Rico. En otras palabras, no se podrá enfrentar efectiva y definitivamente la quiebra puertorriqueña sin superar la relación de subordinación política a los EE.UU. Intentar desquebrar a Puerto Rico sin vincularlo obligatoriamente con el estatus colonial de Puerto Rico es insustancial y fútil con el efecto certero de perpetuar y ahondar la crisis.

Si la anexión de Puerto Rico a los EE.UU. fue siempre una quimera, hoy es ya una alucinación colectiva. La actual condición de subordinación política ha demostrado su incapacidad de responder a las necesidades e intereses de los puertorriqueños y ha quedado maltrecha. La independencia, aunque natural y lógica, no cuenta con el respaldo de los puertorriqueños. La Libre Asociación, tal como lo define la Organización de las Naciones Unidas, se presenta como la alternativa que mejor responde a los intereses norteamericanos y puertorriqueños, resolviendo el problema colonial y otorgando a Puerto Rico los poderes soberanos necesarios para enfrentar la crisis. Bajo la Libre Asociación, Puerto Rico adviene a la soberanía y al mismo tiempo se asocia a los EE.UU. mediante un tratado internacional en que se delegaría algunos poderes a los norteamericanos. En este supuesto, la nación puertorriqueña formaría un Estado iberoamericano, miembro de pleno derecho de la comunidad internacional.

España, a su vez, tiene el deber histórico de seguir de cerca los acontecimientos en su última colonia de América, aprovechando la coyuntura de oportunidad para invertir en Puerto Rico y aportar así a paliar la crisis, y quizás así pagar su deuda histórica por entregar como botín de guerra en 1898 una parte de sí misma.

Efraín Vázquez Vera, rector de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.

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