Puigdemont y Dalila

Leyendo la sentencia sobre el caso Blanquerna, tan severa como ejemplar, en la que el Tribunal Supremo multiplica por ocho las penas de la Audiencia Provincial y condena a más de cuatro años de cárcel a los ultras que, tras irrumpir en el local de la Generalitat, golpearon y derribaron al diputado Sánchez Llibre, me vino a la memoria la anterior agresión efectuada en Madrid contra un representante electo del nacionalismo catalán.

Tuvo lugar el 30 de junio de 1932, en pleno debate sobre el primer Estatuto de Autonomía de la República, en el hotel Nueva York, sito en la Gran Vía –entonces avenida de Eduardo Dato- y la víctima fue el poeta Ventura Gassol, diputado de la recién constituida Esquerra Republicana, estrecho colaborador de Francesc Maciá y miembro del primer gobierno de la Generalitat.

Ventura Gassol era todo un personaje. Cual fiel Sancho había acompañado al quijotesco Maciá en todas sus aventuras, incluida la fallida intentona de invasión de España desde Prats de Molló, y servía de ariete del independentismo en el periódico ‘Nosaltres sols!’, con modales a medio camino entre Rufián y Tardá. Chaves Nogales lo definió como “el hombre que, no sé por qué, personifica la antipatía que siente el no catalán por el catalanismo”. Y ese “no sé por qué” incluía una pelambrera, aun más copiosa que la de Puigdemont, organizada en guedejas de trovador o pétalos de flor de invernadero. Cualquiera diría que en aquel Madrid castizo que iniciaba su trayecto de corte a cheka, no había nada peor para los patriotas diletantes que hacían la ronda diaria entre Embassy y el café Gijón que la melena de Ventura Gassol.

Un aristócrata arruinado con aires de machote y fama de mujeriego, conocido como Pepe Blanes, decidió pasar a la acción, alegando un poco a bulto que Ventura Gassol había llamado “cerdos” a los españoles. Alquiló una habitación contigua a la suya y le tendió una celada, junto a un grupo de jóvenes sicofantes que incluía al mismo Lucas María Oriol y Urquijo que en su senectud emergería como empresario de la prensa más integrista del tardofranquismo.

Cuando el diputado catalán, embutido en su pijama azul, abordó el cuarto de baño compartido en el pasillo, se abalanzaron sobre él y le introdujeron con violencia en el retrete. En el forcejeo le provocaron un corte en un brazo con una maquinilla de peluquero. Era una herida leve pero aparatosa que acabó manchando su rostro con sangre. Fue entonces cuando Pepe Blanes procedió a raparle el pelo, según la costumbre infamante que los furrieles practicaban con los reclutas, los carceleros con los presos y los absolutistas con las mujeres liberales desde el siglo XIX.

El propio Blanes se vanaglorió de su hazaña en un libro titulado ‘Andanzas de un peluquero’: “El cuadro era aterrador. Don Buenaventura gemía, la gente del hotel aporreaba la puerta con furia, gritando todos a la vez; yo, pelaba; los otros, sujetaban a la víctima”.

Cuando el ruido y los gritos del diputado atrajeron a otros huéspedes, los agresores interrumpieron su tarea a la mitad y huyeron escaleras abajo al grito patriótico de “¡Maricón el último!”. Ventura Gassol, con el cráneo clareado y la cara tiznada de rojo, se precipitó hacia su cuarto, sacó una pistola e hizo un disparo que no llegó a alcanzar a los fugitivos.

Blanes fue detenido tras una rocambolesca huida a Portugal y pasó dos meses como preventivo en la Modelo, sin que exista traza hemerográfica de si llegó tan siquiera a ser juzgado. Pero lo significativo fue la forma en que la prensa conservadora le rió la “gracia”. A la mañana siguiente de la agresión, ABC incluía un artículo de su escritor estrella César González-Ruano, titulado ‘Los amigos de Dalila’ y subtitulado ‘Interviu con Pepe Blanes, autor del atentado capilar al vate Gassol’.

En esa entrevista con tintes de panegírico, el agresor –“un muchacho simpático, alto, fino”- se regodeaba en “los grititos” del diputado “como los que deben dar los niños catalanes” y explicaba por qué lo había hecho: “¡Qué sé yo! ¿Te parecería pedante que dijera que por estética?… ¿Te parecería desafortunado que te dijera que por asco al Estatuto?… La verdad es que por las dos cosas, porque me molestaban sus pelos, sus propósitos, su personalidad ingratísima…”.

El número siguiente del semanario satírico Gracia y Justicia, fundado por el luego cardenal Herrera Oria, incluía una docena de chistes, caricaturas y artículos con títulos tan elocuentes como ‘Atropello de un vate en un water’, ‘Espantoso pelicidio que llevó a un hombre a presidio’ o ‘Sansoni, el desmelenado, o ¡aquí la diña el tinglado!’. Mucha menos gracia y ninguna justicia rezumaba el editorial de la publicación cuyo párrafo inicial proclamaba que: “Estamos de Estatuto hasta por encima de donde le cortaron las guedejas a Gassol” y proponía a continuación diversas fórmulas “para quitarnos de delante ese espantajo”.

La primera de ellas no necesita glosa alguna: “Coger a Maciá, Gassols, Campalans, Tontalans and Company (Lluis Companys) y fusilarlos a las tres en las Ramblas, después de haber vitoreado el hecho diferencial”. Al menos en dos casos se trató de una profecía autocumplida de forma que, como escribió Zweig en la biografía de Fouché, “los hechos frenéticos sucedieron a las palabras frenéticas”. Por supuesto en el de Companys, fusilado por el franquismo; pero también en el del propio director del semanario derechista, Manuel Delgado Barreto, pasado por las armas por los milicianos comunistas durante las sacas de presos de Paracuellos del Jarama.

Así se las gastaban entonces las dos Españas. Precisamente como antídoto a la reaparición de esa espiral de odio que destilan tantos textos de la época, el legislador introdujo en 1995 la agravante de “discriminación ideológica” en el Código Penal (artículo 22,4) que ha sido aplicada en el caso Blanquerna por el Supremo.

Es importante subrayar que el incremento exponencial de las penas de los asaltantes a la librería de la Generalitat en Madrid se ha producido a instancias de ese ministerio público, tantas veces descrito por el independentismo catalán como un simple perro de presa azuzado por el Gobierno en su contra. Y que el ponente de la sentencia, el magistrado José Ramón Soriano, caracteriza los argumentos del fiscal como “contundentes”, “oportunos” o “brillantes”, adjetivos muy reveladores de su empeño por obtener condenas ejemplares.

La sentencia no sólo sostiene que los atacantes actuaron “movidos exclusivamente por razones ideológicas, al tener posiciones antagónicas con el movimiento independentista catalán”, sino que añade que, tras gritar obviedades como “no nos engañan, Cataluña es España” y “catalanidad es Hispanidad”, alguno de los acusados “dirigió insultos a las víctimas referidos a su condición de catalanes y por el hecho de ser catalanes”.

Quiere esto decir que los 85 años que median entre la agresión a Ventura Gassol y el castigo del episodio en el que de forma más leve fue atacado Sánchez Llibre no han transcurrido en vano. Nadie vertió una palabra justificativa o condescendiente cuando ocurrió el asalto y el Tribunal Supremo considera ahora que tanto la particularidad de los españoles por haber nacido en un territorio determinado, como su derecho a promover cualquier opción política, incluido el separatismo, por medios legales, son bienes jurídicos a defender con especial énfasis.

La sentencia sobre Blanquerna deja así en evidencia el infundado victimismo de los independentistas ante los procesos por desobediencia que afectan a Homs, Mas o Forcadell. Pero también marca un rasero en la protección de derechos fundamentales, insoslayable para los jueces que en Cataluña instruyen sumarios como el de la agresión a las dos activistas pro-Selección Española, echadas a patadas de su tenderete al grito de “putas españolas, os vamos a matar”, los ataques a miembros de Sociedad Civil Catalana en la Universidad Autónoma, los atentados y amenazas contra dirigentes de Ciudadanos o los escraches y coacciones al puñado de padres que tienen el valor de intentar escolarizar a sus hijos en castellano.

Sería inadmisible que tras este hito jurisprudencial siguiera en vigor el doble rasero que resume aquél dicho de Lope que en las clases de gramática servía como ejemplo de verso dividido en dos hemistiquios: “Las glorias tuyas y las penas mías”. O sea que resultaran más iguales ante la ley y mejor protegidos por la justicia quienes pretenden romper España que quienes tratan de mantenerla unida.

En cuanto al legado capilar de Ventura Gassol, reordenado al modo Harry Potter sobre la terraza de Puigdemont, poco cabe añadir a la suplantación de Buenafuente: “Soy como Sansón, este pelazo de Beatle me da una fuerza… Ya me he cargado a Mas y a la CUP”. Claro que, como bien demostró Cecil B de Mille, a todo Sansón le llega su Dalila y ahora lo único que está por ver es si será Anna Gabriel la que le cortará la melena de los presupuestos o Sor Aya Saénz de Santamaría la que le cortará la melena del referéndum.

Parece en todo caso inexorable que el anhelo de Mercè -su estilista de toda la vida en el Llongueras de Girona- de “vaciarle un poco el pelo” será pronto realidad. Por fortuna esta vez, sólo como metáfora. Pero las columnas del templo de la autonomía pueden caer, arrastradas por Puigdemont, con similar estrépito al de octubre del 34 cuando, muerto ya l’Avi (Maciá), Ventura Gassol también escoltó a Companys en su atolondrado itinerario desde el balcón en que proclamó la República Catalana a la sentina del buque-prisión Uruguay.

Pedro J. Ramíez, director de El Español.

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