Pujol contra los valores de Catalunya

Plaza de Macià. Paseo de Companys. Avenida de Tarradellas. En muy pocos municipios de Catalunya, si no son minúsculos, faltan los tres presidentes de la Generalitat. Si alguien piensa que en un futuro, por lejano que se lo imagine, veremos el nombre de Jordi Pujol en plazas o avenidas, es probable que se equivoque de arriba abajo. Al contrario, en vez de públicos homenajes, ha empezado un proceso de retirada de placas en equipamientos inaugurados durante su larga presidencia. ¿Es justo o exagerado?

Es el castigo que merece, con independencia de lo que los tribunales de justicia lleguen a probar. No es preciso esperar las sentencias de los tribunales para dictar otro tipo de pena, más terrible: la condena moral, consecuencia directa de la famosa carta del 25 de julio del 2014, en la que Pujol confesaba haber perpetrado lo contrario de lo que predicaba. Sin que deba interferir en la valoración de su obra de gobierno, la condena moral de la sociedad catalana a Jordi Pujol es firme, irreversible, inapelable.

Por tiempo que pase, Pujol seguirá siendo el ‘president’ que engañó a los catalanes cuando traicionó, en beneficio propio, los valores que justifican la existencia del catalanismo. El expresidente balear Jaume Matas, por ejemplo, siempre ha rezumado cinismo. De los demás responsables de los innumerables casos de corrupción que han salido y saldrán a la luz, se puede asegurar igualmente que no tenían la indecencia de presentarse como modelos de decencia. Pujol no. Él lideraba el catalanismo. El propósito del catalanismo es construir un país mejor. Tan modélico como sea posible, a través de la exigencia personal y colectiva. Esto es exactamente lo contrario de la imagen de cueva de ladrones que caracteriza los decenios pasados, con su figura como gran engaño moral.

OPINION ILUSTRACION DE LEONARD BEARD

Lo entenderemos mejor si comparamos a Pujol con Moisés, su personaje histórico favorito. Tras liberar al pueblo escogido de la esclavitud del faraón y atravesar el mar Rojo, Moisés subió al Sinaí, donde recibió las Tablas de la Ley, escritas por Yavéh, Dios único y celoso. Al volver, se encontró a los israelitas que adoraban un becerro de oro y, en un ataque de ira, estrelló las Tablas contra el falso ídolo y las hizo añicos. Esta escena, una de las más conocidas de la Biblia, habría seguido aquí de la siguiente manera. Una vez devuelto el pueblo a la fe verdadera, Moisés se retiró a su tienda donde, a escondidas, adoraba un becerro de oro particular.

Son innumerables los grandes personajes de la historia que presentan un lado oscuro, sin que ello los invalide. Más bien se tiende, sino a disculpar, sí a situar las debilidades en un segundo término cuanto más discreto mejor. Ni que sean delitos o crímenes. Pero cuando el líder se burla en privado de los principios que predica en público, los mitos se hunden sin remisión. Si a alguien le cuesta entender, que vuelva a leer el párrafo anterior. ¿Existiría el pueblo de Israel, si Moisés, en contra de las Tablas de la Ley, hubiera adorado el becerro? Si lo hubiera hecho y lo hubieran descubierto, quizá ahora no leeríamos la Biblia (que dicho sea de paso y de manera especial a los agnósticos y a los ateos es, con diferencia, el mejor libro del mundo).

Con el escarnio a la ejemplaridad protagonizado por Pujol, el catalanismo entra en contradicción con su raíz más sólida. Contra lo que pueda parecer por la salud electoral del soberanismo, la grieta costará de cerrar. ¿Un país mejor? ¿Presidido por Pujol y unos herederos políticos divididos entre quienes aún le veneran y protegen y quienes callan para no condenarlo? ¡Venga, hombre!

La confesión de Pujol es una bomba contra el contrato implícito entre Catalunya y el movimiento catalanista, mediante el cual el país concede al movimiento la categoría de columna vertebral. De aquí que la radicalidad, por ahora entre ausente y dudosa, en la renovación de Convergència, sea no una cuestión de partido, sino de país. El catalanismo viene de lejos y puede superar la sacudida de la confesión. Pero le costaría mucho más rehacerse si la nueva CDC no se desprende del becerro de oro. Un ‘pal de paller’ podrido debe ser sustituido por un ‘pal de paller’ sano, no por otro con carcoma en el interior.

En relación con los valores del catalanismo, el electorado soberanista debería ser implacable. Y si no lo es, peor para el catalanismo. Y para Catalunya, que deberá abandonar la esperanza, no de convertirse en un país ejemplar, sino simplemente mejor de lo que es.

Xavier Bru de Sala, escritor.

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