Pujol y nosotros

Por Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, abogado y periodista (EL PAIS, 18/12/03):

A los países y a sus dirigentes suele juzgárseles desde ópticas diferentes según se les observe desde adentro o desde afuera. Jordi Pujol no escapa a esta regla, pero en su caso el adentro o afuera no son un simple dueto, sino algo más complejo, pues hay un “adentro” de Cataluña en que el “afuera” es España y un “adentro” de España en que el “afuera” es el mundo, bifurcado éste, además, para nosotros, en un mundo europeo y otro latinoamericano. Todo este poliedro de relaciones cruzadas viene bien a cuento para hablar de este personaje fascinante de la moderna política española, que ha gobernado Cataluña casi un cuarto de siglo con un estilo hecho de silencios y gestos oportunos, que hablan tanto por él como sus discursos y conferencias, refinadas obras de ingeniería gaudiana en que es tan atrayente su conjunto como difícil de comprender sus detalles. Esos discursos, con tics, pestañeos, idas y venidas entre asuntos de ocasión y tesis en profundidad, frases deslumbrantes enseguida matizadas, han poblado el paisaje político español con un perfil absolutamente intransferible, en las antípodas del melódico andalucismo de la oratoria de Felipe González o de la rotunda contundencia castellana de los pronunciamientos de un José María Aznar: la atracción de una mezcla curiosa, sin aparente orden, entre la inteligencia y el misterio, siempre posible de interpretar, como la Biblia, en más de un sentido diferente.

En Cataluña, más allá de CiU, ha sido el refundador de su nacionalidad si cabe la expresión, pues luego del baño de plomo en que intentó hundirla el franquismo, le dio voz, personalidad y la estructuración de un gobierno, esa Generalitat que a lo largo de sus 23 años se expandió y vertebró para administrar una real autonomía. Su entrañable y profunda catalanidad no siempre ha sido bien entendida en términos políticos. Unos le han visto demasiado cerrado, sin advertir que no podía regalar el espacio nacionalista a los intransigentes y acaso sin medir el peaje que tantas veces pagó por su espíritu componedor. Otros, desde la montaña, le han visto negociador en exceso y le han cobrado muchos diputados, como le ocurrió luego de colaborar con el Gobierno de González o de pactar una y otra vez con el de Aznar, no apreciando de qué modo agrandó a Cataluña sin herir a España, mostrando a todos que hay un verdadero camino para que la reivindicación nacional no resquebraje el difícil proceso de construcción del Reino.

A Cataluña le sosegó pasiones y así le aseguró su convivencia pacífica, ese patrimonio invalorable que le ha permitido a su sociedad crecer y desarrollarse. Sin embargo, no menos le ha dado a España, con una conducta democrática que no ha tenido fisuras, pues el joven impetuoso que un día de 1960 saltó al escenario en el catalanísimo Palau de la Musica para cantar el Cant de la Senyera delante de los ministros franquistas y ganarse así tres años de cárcel, siguió latiendo en el experimentado político que buscaba esos acuerdos y transacciones de aspecto tan poco heroico para el gran público, pero tan necesarios para la vida democrática. Su labor cuando la Constitución, junto a Miquel Roca, su intervención durante el intento golpista del 23-F de 1981 y su permanente política de gobernabilidad levantan su figura junto a los grandes constructores de este periodo resplandeciente de la historia española.

En la perspectiva europea, dio nueva vida al clásico continentalismo catalán. Su militancia allí fue indeclinable y de muy positivos aportes al asumir la Europa “de las naciones” sin un provincialismo empobrecedor.

Desde nuestro ámbito latinoamericano no siempre resulta fácil entender estos difíciles entresijos de una España en que el Estado convive con las autonomías nacionales. Porque el renacimiento económico, la expansión cultural y, sobre todo, la sabiduría política, han generado en España un nuevo nacionalismo y a su vez en el espacio iberoamericano una admiración que acaso antes nunca había tenido, ni aun cuando nuestra América era España y sus reinos vivían en permanente queja con Sevilla o con Madrid. Cuesta comprender, muchas veces, cómo esa España exitosa todavía discute su identidad con vascos, catalanes y aun gallegos, a quien vemos todos bajo la misma bandera. Sin embargo y pese a eso, la figura de ese Pujol con su catalanismo reivindicativo y militante, no se ha despegado -justamente- del éxito del conjunto. Los excesos, tristes excesos que todavía sufre el nacionalismo vasco, alumbran a su figura desde la real perspectiva de quien puede amar su nación original sin traicionar el compromiso nacional.

Más allá de lo estrictamente político, hemos sentido a Pujol como alguien afín, entendido en nuestros asuntos, curioso de nuestra vida, siempre atento a la búsqueda y el encuentro de vínculos, a veces misteriosos, entre Cataluña y nosotros. Como los fecundos que hemos tenido en el Uruguay, donde el magisterio de Margarita Xirgu en el teatro aún perdura, Torres García comparte su gloria creativa entre Montevideo y Barcelona, la pastelería local no se puede entender sin los Mir y los Carrera, el comercio ha tenido sus emblemas en los Carrau, los Ferrés y los Brunet, mientras Enriqueta Compte y Riqué se identifica con lo mejor de nuestra escuela pública y la familia Batlle vino un día desde Sitges para alcanzar la Presidencia de la República en cuatro generaciones seguidas… De todo esto Pujol sabe más que cualquiera, puede contar historias de catalanes americanos desde Caracas a Buenos Aires, con la misma precisión que si hubieran ocurrido en Tarragona. Esta dimensión humana, nada despreciable por cierto, ha contribuido también a este reencuentro que volvió a enlazar, a partir de la restauración democrática, a la vieja España y sus antiguas posesiones.

Como a todo político, se le podrán señalar contradicciones, claros y oscuros. Pero, como decía Bismarck, “la política no es una ciencia exacta” y la cuestión es cuando se está allí, en el fragor de los asuntos. Siempre también se puede juzgar desde el purismo doctrinario y enrostrarle estrechez nacionalista o posibilismo entreguista, pero la cosecha está en una Cataluña democrática y pacífica, próspera y unida a España sin deslealtades… También siempre se podrá pedir más, pero eso basta, para quien, a los 73 años, puede mostrar 23 años de gobierno y medio siglo de sacrificada militancia en tiempos que no fueron como los de ahora.