Punto de vista: ¿Deben mostrarse los asesinatos del IS?

No somos ellos… o no deberíamos. Por Luis Martínez.

Si admitimos que el Estado Islámico, por ejemplo, es el enemigo de todo lo respetable, sensato o tolerable, lo hacemos porque en estos adjetivos identificamos lo que somos. O, mejor, lo que quisiéramos ser. A veces nos definen mejor nuestros deseos que nuestros actos. Podemos incluso inferir de lo anterior que el IS es nuestro enemigo. Ahora la pregunta: ¿Alguien puede desear lo mismo que su enemigo? O de otro modo: ¿Estamos en condiciones morales de querer lo que los que pretenden nuestra destrucción desean? Si la respuesta es No, me temo que usted no está de acuerdo en que se difundan las imágenes. Si al contrario, sí que lo está, admita que, llegado el caso, alguien podría tomarle por uno de ellos. Y ya siento dar tan malas noticias.

RICARDO
RICARDO

Si el IS, como cualquier otro grupo fanáticamente similar (hay ejemplos muy cercanos), vive básicamente de la difusión del terror, convertir sus atrocidades en espectáculo (de eso hablamos) no es más que hacer exactamente lo que ellos quieren que hagamos. Sus deseos acaban por ser los nuestros. Acabamos, por tanto, como ellos.

Alguien podría replicar y sacar a colación la labor digamos pedagógica de esas imágenes: se enseñan para exhibir en su justa medida su brutalidad; un salvajismo irredento, seguiría el razonamiento, que no es el nuestro. Ya saben: ¡La libertad de expresión es sagrada! Pero no. Si miramos de cerca el argumento no es difícil arrancar de él esa primera capa de hipocresía que da lustre a todo golpe en el pecho. Una imagen nunca es inocente. En este mundo saturado de pantallas, cualquier acto de violencia ha acabado por convertirse en mercancía, en material de consumo rápidamente desechable. Y así hasta perder completamente su verdadero sentido, que no es otro que el del sufrimiento.

La misma lógica que inunda YouTube de accidentes y sangre, lleva las imágenes más crueles a la portada. No hay pedagogía en exhibir el sufrimiento de un hombre; sólo, a eso hemos llegado, espectáculo. No hay nada más íntimo que el dolor y el IS, entre otros, lo sabe. ¿Qué sociedad admite la exhibición del acto más impúdico sin dudar de lo que la define o, ya que estamos, debería hacerlo? Recuerden: el respeto, la tolerancia o la sensatez. Por ponernos lo más radical posible: Si el degollado, el quemado o el torturado fuera usted mismo o su mujer o su hijo o su padre ¿le gustaría verse en primera página? No, no somos ellos. O no deberíamos.


Merecemos saber lo que pasa. Por Emilia Landaluce.

Los taxistas son cínicos con demasiadas horas de radio. Uno de ellos, treintañero, me contaba el martes la fascinación que sentía por los vídeos de las ejecuciones del IS. «¿Los has visto?». Dije que no y repetí entonces dos mantras comunes: «Hay que respetar la intimidad de las víctimas» y «difundir los vídeos es ya un triunfo de los terroristas».

La respuesta fue tajante: «Eso es una idiotez. Los vídeos están en internet al alcance de cualquiera y no emitirlos es como ponerle puertas al campo». El sentido común elemental, sin prejuicios ni conflictos morales, es irrebatible. Quizás por eso sea imposible discutir con un taxista.

Al día siguiente di con el vídeo del piloto jordano. Mirar a la muerte produce una angustia tan adictiva como el picante, los ácidos o el propio miedo. Piensen en los reportajes sobre Auschwitz y en el amasijo de cuerpos desparramándose sobre la pala de la excavadora… Desafortunadamente, los nazis prohibieron tomar fotos o grabar en las cámaras de gas. Sabían que el horror no produce adhesión sino repulsa. Si alguna de esas imágenes hubiera llegado a Londres, aWashington o al gueto de Varsovia -no creyeron a los pocos que escaparon de los campos- es probable que el Holocausto se hubiera zanjado con un balance menos dramático.

El poder de la imagen es incuestionable y hoy sigue habiendo negacionistas pese a los detallados relatos de Chil Rajchman (Treblinka) o Filip Müller, dos de los judíos que sobrevivieron al trabajo en las cámaras de gas.

«Es por esto por lo que hemos venido a combatir», decían los americanos que liberaron el primer campo de concentración. Y nosotros merecemos saber lo que pasa en Siria e Irak y por qué no podemos llevar líquidos en los aviones. Es evidente que el motivo por el que Obama decidió intensificar los bombardeos sobre el IS fue el horror que sintieron los estadounidense ante la decapitación de James Foley.

Las sensibilidades melindres tampoco deberían ser excusa. Una advertencia basta para preservar la inocencia de los que prefieren no mirar.

Los vídeos del IS no son mera propaganda sino un alarde. Es más fácil combatir (o legislar) el mal cuando éste nos desafía.

Los periodistas somos a veces moralistas con demasiadas horas de Twitter.

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