Punto de vista: el drama migratorio

Endurecer la ley para ganar todos. Por Emilia Landaluce.

“Ya no estamos en los tiempos de Paco Martínez Soria”. Albert Rivera, con cierta razón, comparaba a sus ‘Garicanos’ y ‘Aguados’ -qué cantidad de másteres y carreras- con los ‘florianos’ del PP. Sin embargo, en esta ocasión, no estuvo atinado el líder de Ciudadanos.

En ‘Es peligroso casarse a los 60’ hay una escena en la que el personaje interpretado por el actor aragonés conoce a su consuegro. “Tanto negro. ¡Perdón! Tanto gusto”, decía a Antonio Ozores tiznado de carbón y chapurreando un árabe estilo ‘jamalají jamalajá’. Han pasado casi 40 años desde aquella película pero el “Tanto negro” sigue siendo un grito aún habitual entre los españoles más cerriles aunque todos sepan mascullar más o menos los razonamientos políticamente correctos.

punto-de-vista-el-drama-migratorioNadie discute que en España, uno de los países con menor tasa de natalidad del mundo, necesitamos inmigrantes. Y también los necesita Europa pese a que los recientes sucesos (Manuel Valls reveló que desde el ataque a ‘Charlie Hebdo’ se han frustrado cinco atentados terroristas en Francia) hayan suscitado una ola de desconfianza respecto a la integración de los inmigrantes en la cultura occidental.

España e Italia -¿quién va a ser tan idiota de querer irse a Grecia?- son las dos fronteras naturales del continente. La tragedia acontecida en el Mediterráneo nos hace pensar en otras balsas devoradas en el silencio y el frío. [Si tienen tiempo, lean en ‘Peligro de derrumbe’, de Pedro Simón, el estremecedor relato de la convivencia en una de estas travesías mafiosas]. En España, sin embargo, estas escenas se repiten con menor asiduidad esencialmente debido a la vigilancia de nuestras patrulleras, la efectiva legislación en materia de inmigración y a que el paso de Ceuta y Melilla, pese a las vallas, resulta sencillo en comparación a la terrorífica singladura hasta Italia. No en vano, cualquier marinero sabe que el Mediterráneo es un mar traicionero.

Otro factor que contribuye es la efectiva colaboración entre los Gobiernos de España y Senegal para controlar el flujo de pateras hacia las Islas Canarias.

Los recientes cambios en la ley de seguridad ciudadana, el tan criticado rechazo en frontera, contribuyen a atenuar el efecto llamada del que tanto se benefician las mafias y los nuevos traficantes de hombres. Los ánimos que suscitan la promesa de una vida mejor y las leyes que amparan al que consigue poner un pie en la anhelada tierra de leche y miel (al fin y al cabo, una utopía) deben contrastarse con unas fronteras disuasorias. El éxito de estas medidas en España es tan evidente que, tras la penúltima tragedia en el Mediterráneo, Italia parece dispuesta a copiar algunas de nuestras leyes además de la efectiva vigilancia de las patrulleras que vigilan las costas españolas. El endurecimiento de la legislación no sólo salvaguarda a Europa sino que también protege de las mafias a todos aquellos que, buscando una vida mejor, encuentran la muerte bajo las aguas o un entorno hostil del que sólo se benefician el integrismo y el crimen organizado.


Cucarachas como nosotros. Por Luis Martínez.

Katie Kopkins tiene razón. La columnista de ‘The Sun’ que calificó de cucarachas a los inmigrantes y clamó por el envío inmediato de buques de guerra para detener la avalancha de pobres no formulaba un deseo. Tampoco, aunque ella no lo supiera, escupía su profunda estupidez sobre un papel (esto último, la verdad, es revisable). En realidad, la líder de opinión y xenófoba confesa describía simplemente una situación. Cuando nos negamos, como estamos haciendo ahora, a compartir nuestros privilegios con nadie que no sea nuestro hijo, nuestro padre, nuestro compatriota, nuestro equipo de fútbol o nuestro abanderado; cuando colocamos una barrera entre los que tenemos y los que carecen, estamos tatuando, aunque nos neguemos a admitirlo, un bonito “cucarachas” sobre la frente de todos aquellos que o se ahogan o se mueren de hambre o están expuestos a cualquier infección mortal para ellos, leve para nosotros.

El problema no es lo humanitaria que pueda ser la ayuda ni lo amables que sean los policías en la distribución de hostias ni si las cuchillas que separan Europa de África deban de estar más o menos afiladas. Todas esas discusiones de viejas rancias, progresistas con colesterol o ministros de Interior provida encubren en realidad lo evidente: no los queremos cerca. Nos molestan tanto como nos incomoda reconocer que nos molestan. Y, por eso, inventamos bonitas excusas disfrazadas de foros internacionales, ONGs, Comercio Justo o misiones franciscanas. “Tenemos que ir a la raíz del problema”, dicen solemnemente unos con el carné del Spa recién renovado. “No podemos comportarnos como salvajes», dicen otros incapaces de añadir a la frase la coletilla en la que están pensando: «Con los salvajes”.

Nuestro mundo (el primero, el que come) ha llegado a un punto crítico de hipocresía y necesita demostrarse a sí mismo que su narcisismo crónico o salvajismo normativizado en leyes de extranjería es lo mejor para todos: incluidos los que nos sufren. Hemos acabado por copiar la actitud de los maltratadores que prefieren forzar hasta el salvajismo la situación en casa para sentirse víctimas de abandono antes que culpables de su más evidente brutalidad. Y lo que vale para los comportamientos domésticos sirve para todo lo demás. Tenemos fronteras, pero no es porque consideremos a los pobres cucarachas como dice Kopkins. No, es por su bien, es porque no podemos permitir que las mafias de traficantes de pateras se enriquezcan o, porque, de nuevo, estamos “analizando las raíces del problema”.

Hemos decidido vivir en un mundo en el que la posibilidad de llevar una existencia llevadera depende exclusivamente del lugar de nacimiento. Si naces en Sierra Leona con una esperanza de vida de 46 años, mal. Si en Suecia, con un índice de pobreza de 6,5, bien. Y en este mundo, nos indignemos con la energía tuitera que queramos, ha molestado tanto Katie Kopkins con su rebuznante y pedestre falta de escrúpulos porque no ha hecho otra cosa que verbalizar lo que somos: peores que ellos, peores que cucarachas.

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