Punto de vista: El futuro de Rosa Díez

Una mujer Almodóvar. Por Luis Martínez.

Ahora que todo el mundo ha decidido que Rosa Díez es una mujer profundamente “encastillada”, “enrocada” y “perversa”; ahora que todo comentarista, cronista o peronista con un poco de espacio en un periódico (o sin él, incluso) se siente autorizado a aconsejar a la líder de Unión Progreso y Democracia que se vaya, que se haga el haraquiri, que desaparezca…; ahora, decía, me viene a la cabeza ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’, sí, la película de Pedro Almodóvar. No tengo claro por qué. Pero es así. Y, no me malinterpreten, no es por eso que le decían a Bom (Alaska en pantalla): “Yo que te conozco sé que eres una tía violenta, y pervertida y tal, pero a simple vista más que sádica pareces antipática”. No, no piensen mal.

Si se mira de cerca, Rosa Díez merecería ser una mujer Almodóvar. Albert Rivera, también. Pero eso es otro asunto. Posee la energía andrógina de Victoria Abril, el rostro desestructurado de Rossy de Palma, el desparpajo de Carmen Maura, la arrogancia verbal de ‘Pe’ en Alcobendas y, si me apuran, la ruda desvergüenza de Loles León. Además, pocas y pocos han sido capaces de reinterpretar como ella ese extraño y sin duda patético melodrama en el que hace tiempo se ha convertido la política española. ¿Se puede ser -con permiso de Toni Cantó, claro- más furiosamente ‘almodovariana’ que ella?

Punto de vista El futuro de Rosa Díez

Su propio destino de política repudiada por los mismos que hace apenas dos días veían en ella a la salvación de la democracia tiene algo de argumento tragicómico. Muy de Almodóvar. Piénsenlo. Todos esos señores, medios y medio señores liberales que antes se dejaban la manos aplaudiendo su febril actividad parlamentaria contra la casta antes incluso de que conociéramos la palabra “casta”, son los que exigen ahora coherencia a la vez que, de forma harto incoherente, se abrazan al primero que gana. El viaje de algunos desde UPyD a Ciudadanos les condena. Y, de paso, nos define. A todos.

Ahora ya nadie quiere o parece recordar que el ‘caso Bankia’ existe por el empeño de Díez y los suyos; ahora ya no importa que la primera en levantar la voz contra la corrupción, la regeneración, la transparencia y otros asuntos del montón fuera ella; ahora ya pocos reparan en que el único (único, repito) partido sin imputados ni tránsfugas es el que es. Ahora sólo cuenta que ha perdido en Andalucía, que se vaya, que recapacite… ¿Y qué decir de la manada de arribistas y campeones del ‘ya-lo-decía-yo’?

No sé, pienso en Rosa Díez y me viene a la cabeza ese diálogo en el que la pobre Pepi (Carmen Maura) se lamenta de su destino. Ella, una rica heredera a la que sus padres dejan de enviar dinero, urde un plan. “Pues había pensado en vender el virgo, pero el otro día me violaron y me chafaron el invento”, dice. “Bueno, por lo menos disfrutarías un rato”, le comenta su amiga. A lo que ella, resignada, responde: “Disfrutaría mucho más con las 60.000 pesetas que pensaba pedir por él”. No sé, al margen de la incorrección política, me da que alguien además de ultrajada se ha quedado abandonada. Y sin votos. ¿Se puede ser más ‘almodovariana’?


Cabezona de ratón. Por Emilia Landaluce.

Ver la vida en Rosa [Díez] no es verla color magenta. Ni ‘naranjito’, que diría Floriano. A diferencia de Ciudadanos, UPyD ha demostrado que es algo más que su líder y ése, precisamente, parece el principal mérito que hoy se le puede atribuir a la formación. ¿Qué sería Ciudadanos sin su Albert Rivera? Un UPyD sin Rosa Díez. Ni Irene Lozano (nos caiga bien o fatal), ni Toni Cantó (pese a sus ridículos), ni Sosa Wagner (aunque ya se haya marchado). O sin Fernando Savater, Mikel Buesa o cualquiera de los que un día pensaron que podía haber una alternativa al bipartidismo. [Ahora hay dos -Podemos y Ciudadanos- aunque yo hubiera preferido seguir votando al extinto Partido de los Fumadores].

La soberbia es también el pecado de los pequeños. Ser cabeza de ratón puede resultar tan pernicioso para el alma como esa cola de león que sólo sirve para espantar a las moscas. Rosa Díez comenzó a encabezar a los roedores en 2007. Ese año abandonó el PSOE, entonces liderado por Zapatero, cansada de hacer las veces de ‘Pepita Grillo’ en el proceso de paz con ETA en el que se embarcó el Gobierno socialista.

El resquemor entre ambos era previo: en 2000, ZP había finiquitado las aspiraciones de Díez -pobre ilusa- a mandar en el PSOE. La lideresa sólo obtuvo el 6,5% de los votos, muy por detrás del memorioso José Bono y de Matilde Fernández, los otros dos candidatos en liza. Siete años tardó en darse cuenta de que los caminos del señor Zapatero no eran los suyos y que era ella la elegida para encabezar una alternativa para los que habían dejado de creer en la cúpula de Barceló.

Los que nos ilusionamos entonces, recordamos esos voluntariosos mítines encaramada en un cajón en El Retiro y su voz silenciada por la prepotencia de las nuevas colas de los leones. Valió la pena el esfuerzo: aquel primer escaño de UPyD en las elecciones de 2008 sabía a Rosa.

Díez afrontó durante meses esa lucha en soledad mientras paralelamente, otro partido -Ciudadanos- proseguía su andadura pese a carecer de una figura con la trayectoria política de la vasca. Eso era un lastre, pero, a la larga, se convirtiría en una ventaja, como se ha demostrado en los últimos comicios. Rivera ha sido capaz de atraer al votante desencantado con el PP de Rajoy, algo que Díez nunca consiguió. Quizá porque el electorado ‘popular’ nunca olvidó la saña con la que Díez atacó injustamente a la añoradísima Loyola de Palacio durante la campaña de las elecciones europeas de 1999.

Los méritos de Díez son indudables, pero UPyD tenía que haber crecido por encima de las limitaciones que imponía su figura. Su ‘cabezonismo’ de ratón no cedió a un pacto con Ciudadanos. Ni siquiera cuando en 2009, tras el revolcón que sufrió en las europeas, Rivera se lo suplicó. La depuración de Sosa Wagner, el año pasado, sólo fue una evidencia más de los criterios ‘estalirosistas’ con los que se rige UPyD.

La soberbia ha sido el error fatal de esta Rosa que se resiste a marchitar: pensar que ella era el único político capaz de capitalizar el descontento del electorado y que UPyD no era Unión, Progreso y Democracia sino Unión, Progreso y [Rosa] Díez.

Los días de UPyD han dejado de ser rosas con espinas. Es lo que reclama ese electorado que aún piensa que es posible una alternativa. Un sueño que, aunque le pese a Rosa Díez, se le ha quedado grande a su cabeza de ratón.

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