Punto de vista: ¿Está el fútbol español desequilibrado?

El peso de la púrpura. Por Jorge Bustos.

Mitologías aparte, España es un país bicéfalo en números redondos. Madrid y Barcelona acaparan el poder económico, demográfico, turístico, mediático, cultural, político. A nadie puede extrañar que acaparen también el futbolístico. Lo raro es lo de Berlín, ciudad que gobierna el continente y tiene un equipo que ni siquiera voy a pararme a mirar cómo se deletrea.

Según el CIS, el 38% de los españoles se declara madridista y el 25% culé. Después vienen Atleti (6%), Valencia, Athletic y Betis. Luego están los que son de su equipo y además del Madrid o del Barça. Siguen los antimadridistas, que no se pierden un solo partido del Madrid. Por último, la aldea global paga por ver al portugués y al argentino: no aprecia las delicadezas tácticas de Paco Jémez.

Madrid y Barça recaudaron 1.103,5 millones según la última memoria económica de la Liga (2013-2014), la mitad de los ingresos totales de Primera y Segunda División: 2.328 millones. A uno esto le parece perfectamente coherente con los afectos e intereses de la población española (y mundial), por más que tan armónica simetría cabree a los aficionados de los equipos pequeños.

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Hay un profundo sentido democrático en la desigualdad que encabezan Madrid y Barça. Es la democracia decantada por la meritocracia del tiempo: hubo una época en que Benfica o Nottingham Forest dominaron Europa, y ahora se conforman con disputar el título doméstico, si pueden. La hegemonía sostenida de Madrid y Barça, pese a errores estratégicos, fichajes absurdos e imputaciones por evasión, se debe a que acertaron más veces de las que erraron. Y es a través de sus éxitos sobre el césped como se mantiene y crece la afición, y por tanto el interés publicitario, y por tanto el merecido privilegio en el reparto televisivo. La gracia de ser del Atleti por su manera de palmar, más allá de la lírica bohemia, no colma los anhelos de ningún corazón indio, que preferiría ganar. Como todos. Si Atleti o Valencia acumularan cinco Champions cada uno -no digamos ya diez-, hoy su pedazo de tarta sería más suculento.

Hay quien cree que el Madrid o el Barça están donde están por mandato oscuro del Club Bilderberg. O de Franco. Pero toda ‘conspiranoia’ suele delatar la tara de una mente infantil, o el trauma de un envidioso, o simplemente el primitivismo de un hooligan. No es sencillo llegar a la cima y mucho menos mantenerse: que se lo digan a Bartomeu, que pese a su imputación no ha perdido el puesto porque Messi no ha querido. Tampoco ignora Pérez que, solvencia financiera al margen, si el equipo no rinde pronto títulos el Bernabéu girará su frustración hacia el palco. La aristocracia se pelea cada día.

Aún recuerdo los aspavientos con que José María del Nido denunciaba los abusos de los dos grandes. Supongo que seguirá pensando lo mismo en la cárcel.


La Liga de la sumisión. Orfeo Suárez.

El desequilibrio competitivo de la Liga no empieza con el reparto de los derechos de televisión a la carta, sino que tiene su origen en un dispendio desmedido de los clubes, sin mecanismos de control por parte de un Estado temeroso del fútbol hasta observar cómo Europa le sacaba los colores por unas ayudas estatales evidentes, fueran recalificaciones urbanísticas, aplazamientos de Hacienda o barbaridades como la ‘Ley Beckham’, ‘ad hoc’ para ‘galácticos’.

La ruina provocada llevó a la clase media a vender a sus principales activos un año tras otro, y es ahí donde el torneo empezó a descompensarse. ¿Qué habría sido de un Valencia que no hubiera tenido que desprenderse de Villa, Silva, Mata, Albiol, Jordi Alba o Bernat, o al menos no de todos ellos? La desproporción de los ingresos por televisión llevó la tendencia hasta el exceso, mientras a la Liga, como institución, la definía la sumisión a los poderosos, al Madrid y al Barcelona, mucho más que el sentido de la competición.

Si esos clubes hubieran recibido más dinero de la televisión, seguramente lo habrían malgastado y estarían en la misma situación. También lo han hecho Madrid y Barcelona, desde luego, pero su condición de actores globales les permite mantener un flujo de caja a prueba de crisis locales. Ya no es la televisión la que más contribuye a los ingresos del Madrid. Es el marketing.

Por supuesto que existen mecanismos de compensación para equilibrar la competición, como sucede en otros torneos profesionales, y no sólo los que tienen que ver con el reparto de derechos televisivos, pero la LFP jamás sintió la necesidad de hacerlo, porque el organismo era realmente una entelequia. Sin competencias como los árbitros o la disciplina deportiva, y creada cuando el torneo ya tenía una larga vida, en los 80, nunca fue un ente que se planteara reorganizar la competición tanto como un foro donde los clubes llegaban a contar sus penas. El único sentido que tenía era la negociación centralizada de los derechos, algo con lo que acabaron los poderosos. Mejor dicho, el más poderoso.

Para volver a ese escenario ha sido necesaria la intervención del Estado, nada menos que un decreto-ley que obligue a quienes son incapaces de ponerse de acuerdo por sí mismos. Las normas de control económico también han llegado cuando ya no había margen, porque lo siguiente habría sido la intervención del fútbol. En esa coyuntura, pocos se mueven como Javier Tebas, ‘el más listo de la clase’. El presidente de la LFP quiere dotar al organismo de músculo con la expansión de la marca, pero sabe lo fundamental que para el valor de esa marca son Madrid y Barça. Más que repartir mejor, la intención es recaudar más. Descapitalizar a ambos, pues, no sería una buena idea, por lo que la sumisión continúa, inevitable, a la espera de rebeliones propias de los cómics, si es que aparece un Astérix que crea que lo imposible es posible golpe a golpe, partido a partido. Si en algún lugar puede ocurrir es donde mejor se juega, una riqueza que se puede administrar y equilibrar mejor para que todos ganen. Los primeros, los aficionados.

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