Punto de vista: nueva reforma de la Ley del Aborto

Una decisión reducida al absurdo. Por Luis Martínez.

Un profesor tozudo intentó explicarme un día en qué consistía demostrar algo. «Mira hijo [era pequeño], si tú pruebas que lo contrario de una sentencia es absurdo, acabas por demostrar que esa sentencia es verdadera». Yo le miraba fijamente para que creyera que lo entendía. Y él interpretaba mi forma de mirar como la palmaria demostración de que era tonto. Y así.

Llámenme loco, o «hijo», pero el PP me ha hecho entender estos días en qué consiste eso de la reducción al absurdo (o reductio ad absurdum en clásico) que tanto preocupaba a mi maestro. De lo que se trata, me insistía, es de argumentar. No estamos hablando, cuidado, de lo absurdo que pueda parecer a alguno, profesor de ética o su contrario, que lo que antes acabó con la carrera del ministro Gallardón, el hombre que aspiraba a más, ahora adquiera el grado de dogma. No criticamos, para entendernos, que un partido político, de repente, sienta la necesidad de alegrar el día con dos titulares a los mismos votantes que hace poco menos de seis meses decepcionó. Todo hombre tiene derecho a rectificar. Y más si hay elecciones. Decía mi mentor que cambiar de idea a gusto del cliente es de sabios. Sabios tramposos, puntualizaba, pero sabios.

punto-de-vista-nueva-reforma-de-la-ley-del-abortoA lo que íbamos. Imaginemos, con mi maestro y con Anselmo de Carterbury, el contrario del supuesto planteado por el PP. Supongamos el caso de una mujer (dejen de llamarle «chica», por dios) de 16 o 17 años que decida sacar adelante su embarazo a pesar de todo. Ahora, consideremos la posibilidad de unos padres que, en lo que ellos consideran un ejercicio de responsabilidad, decidan obligar a abortar a su hija. El espíritu y la lógica de la ley actual lo permitiría. Si no consideramos madura a una menor de edad para decidir sola sobre la interrupción de su embarazo, tampoco deberíamos hacerlo al revés.

En definitiva, el PP no sólo ha sacado adelante una chapuza electoralista (ya, lo hemos dicho), sino que ha perpetrado una aberración lógica. Nótese que el disparate es anterior a la personal convicción sobre el aborto, así en general. Si lo que trataba el sabio Gobierno era poner trabas sin que apenas se notara (para que se notara, y bien, estaba Gallardón) a la ley vigente (en opinión de muchos de sus votantes, proabortista), ha conseguido lógicamente lo contrario. En caso de conflicto entre una hija que quiera dar a luz y sus padres, un juez podría dar la razón a estos últimos. No va a ocurrir, vale, pero la lógica está ahí para que apreciemos la sabiduría tramposa de nuestros representantes. Y no me miren así.


Los padres comprensivos ante el aborto. Por Emilia Landaluce.

El aborto es algo demasiado íntimo y no envidio a quienes han tenido que legislar sobre tan delicada cuestión. Si me hubiera quedado embarazada a los 17, hubiera querido una ley que me permitiera no informar a mis padres. Sin embargo, si tuviera una hija querría saberlo todo. Y ese también puede considerarse un derecho.

«Yo aborté ¿sabes?», me contaba una amiga. «Tenía 16 años y siempre usaba condón. Un día me empecé a sentir mal y mi madre me llevó a hacerme unos análisis. Al día siguiente, me dijo que estaba embarazada de dos meses y medio. Me montó un buen belén pero luego ‘me organizó’ y ‘todo’ [los eufemismos] fue rápido. ¿Me sentí mal? Bueno, mi madre estaba ahí».

La vida de esta amiga mía hubiera sido tan diferente de haber seguido adelante con el embarazo. Ella marchó a Estados Unidos a estudiar y aquel novio del colegio con el que se encamaba se transformó en amigo (gay, además). ¡Con 16 años no puedes ser formal!, escribe Rimbaud.

Para algunos, los padres comprensivos son una utopía. Me imagino en la misma situación que esta amiga y sólo puedo pensar en mi progenitora atizándome con el pico de la Guía Michelín (la roja de Francia). Tras esta primera reacción -la natural- sé que mi madre querría acompañarme en el trance. [Después, para prevenir futuros deslices, me haría simultanear preservativos, anticonceptivos y píldora del día después -por si acaso-].

Dicen que los adolescentes son el castigo divino por haber practicado sexo.

Cada año, según las estadísticas, 400 niñas, un 12% de las menores, abortan sin consultárselo a sus padres. Imagino el momento. La consulta blanca y ese frío que, cuentan, se siente entre las piernas. Pienso también en los minutos previos, en el tictac que corre en el vientre y en esa amiga que siempre está ahí para lo malo y lo peor. [Los novios suelen ejercer de pasmarotes en esos casos]. Sin embargo, esta situación es una excepción pues la realidad, la misma estadística, es que el 88% de las menores abortan acompañadas de su progenitores pese al lógico enfado inicial que suele preceder la decisión.

Los padres ya no son lo que eran y por eso, es natural que el Gobierno de Rajoy haya querido congraciarse con su electorado provida sin imponer aquella ley retrógrada que le costó el ministerio a Gallardón. Al fin y al cabo, (es la estadística) es algo que sólo afecta a 400 adolescentes. Es el pragmatismo de Mariano.

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