Punto de vista: Propiedad Intelectual

Confieso que he pirateado. Por Luis Martínez.

Confieso que he pirateado. No estoy orgulloso de ello, pero lo he hecho. Lo hice para poder ver la primera película de Roy Andersson no estrenada en España y reincidí con la idea de seguir Breaking bad en versión original, con sus subtítulos en regla y a su debido tiempo. Ninguna de las dos cosas, aclaro, era posible hacerlo de forma legal. No entiendo el porqué, pero era así. Otro dato: Magical girl completó la promoción de los Goya, reconocido por su director Carlos Vermut, de forma invisible. Es decir, durante semanas, la película española más excitante del año no estaba disponible. O lo estaba, pero mal. Tengo más ejemplos, pero tampoco quisiera ofender a nadie. También es cierto que, en cuanto pude, me compré el DVD de A swedish love story y no esperé ni un día a hacerme con el Blue-Ray de la serie completa creada por Vince Gilligan. Entiendo que estas compras no limpian mi pecado, pero, cuanto menos, alivian.

RICARDO
RICARDO

Dicho esto, no pretendo defender lo indenfedible. La idea no es tanto encubrir un crimen (pues eso es), como negarse a la comodidad del lugar común. «El que se beneficia con un crimen es el culpable», dejó escrito Séneca. Ahora pensemos en voz alta: ¿Qué están vendiendo realmente las operadoras cuando ofrecen una potencia de «descarga» (así lo dicen) de 800 Mb? Una vez más, España, líder en todo lo que no suponga trabajo, es de nuevo la viva imagen de la contradicción: es a la vez una cueva de piratas y el escenario perfecto para hacer negocios gracias a estos últimos. Nos pongamos como nos pongamos, el panorama desolado que vivimos ahora (el 87% del consumo cultural online es ilegal) es el resultado de la acción combinada de la falta de escrúpulos (nosotros, los piratas), la avaricia (ellas, las operadoras) y la incompetencia (todos los que niegan que los tiempos son otros). No hay forma de defender la piratería, pero sigo sin entender por qué no me dejan pagar por lo que ya, sí o sí, puedo ver.


¡Qué poco hemos cambiado! Por Emilia Landaluce.

Los piratas (los criminales) sólo son héroes cuando se les arropa con una bandera. Francis Drake era un ladrón pero en la Pérfida Albión -lo escribo con la chanza del que publica en un diario no adscrito a la carcunda- lo hicieron sir (humano), un héroe.

El pasado martes, EL MUNDO adelantaba que pese a la nueva Ley de propiedad intelectual que se aprobó el pasado uno de enero, el 60% del consumo de contenidos digitales era pirata. Las banderas bajo las que se cobijan los corsarios digitales son muchas. La cultura libre es uno de esos términos que enmascara bajo violines y flores lo que es un asalto a la propiedad intelectual, más etérea que una vivienda, pero igualmente privada, personalísima y cara (en burocracia) de registrar. Dejaré de lado, sin embargo, ese discurso lógico -neoliberal ¡y a mucha honra!- para centrarme en otro tipo de argumento más progresista que quizás complazca más a los okupas de las ideas ajenas.

En Por qué Marx no habló de Copyright (Enclave de libros, 2014), David García Arístegui hace un recorrido de la propiedad intelectual en el que no faltan Daniel Dafoe ni Lola Flores. También recoge la Carta dirigida a los escritores de 1834, en pleno reinado de Luis Felipe I de Francia. «La ley protege la tierra, protege la casa del proletario sudoroso… Y confisca, en cambio, la obra del poeta pensante». Balzac defendía que los derechos de autor no solo propiciarían que los autores pudieran sobrevivir sin el apoyo de protectores o mecenas sino también que hubiese artistas de clases sociales menos pudientes.

Y retomando el argumento conservador (y de la UE), la propiedad privada es sagrada. El problema radica en que el gratis total es una aspiración bien arraigada en el ser humano. Y de ello ya se quejaba Balzac, sufridor de la piratería de la época. «El periódico en el que esta carta será publicada tiene más suscriptores en su edición falsificada que el propio periódico». ¡Qué poco hemos cambiado!

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