Punto de vista: un país pendiente del clásico

Viva el pan y circo. Por Emilia Landaluce.

No sé qué se tiene en contra del noble pan y circo (‘panem et circenses’ para los que esta noche se dediquen a la lectura de Juvenal en lugar de ver el Barça-Real Madrid). El entretenimiento, como el humor, es lo único que nos queda frente a esta tragicomedia que es la vida. Piensen en lo que en unas horas se perpetrará en Andalucía. Si las encuestas son certeras, asistiremos al principio del final del bipartidismo -aún está por verse si no acabaremos anhelándolo- y qué mejor manera de homenajearlo que disfrutar con su único rescoldo: un Real Madrid-Barça (con permiso del Atleti) ¡Como si en “los gachós” de Susana Díaz o el «mira bonita» de Soraya Sáenz de Santamaría no hubiera pan y circo.

RICARDO
RICARDO

¿Se da una importancia excesiva al clásico? Me parece que sólo los sufridos vecinos de las calles aledañas al Bernabéu y al Camp Nou tienen motivos de peso para hacer semejante afirmación.

El viernes, ‘Expansión’, el salmón propiedad de Unidad Editorial que lidera la información económica en España, auditaba la importancia del partido y concluía que era el más importante del mundo por el valor de sus plantillas, número de seguidores, audiencias… Sin olvidar además la repercusión mundial del enfrentamiento que, seguramente, será más seguido que el debate de investidura de Susana de Triana. El 7% de los europeos se confiesan blaugranas o merengues mientras el 55% de los chinos dice seguir a uno de los dos equipos españoles. Así nos podemos ahorrar hasta a Margallo.

Por otro lado, la pasión por el fútbol no excluye otros intereses. Hay doctores en literatura que aún lloran la marcha de Mourinho y porfían contra el piperío del Bernabéu. El fútbol, como cualquier entretenimiento es el alivio de nuestros días. Como dijo el sabio Francisco Cruz, sindicalista de CCOO: “¡Ahora, sin más preámbulos, a tomar cervezas, a vivir!”. Y a ver el fútbol. ¿Quién quiere opio del pueblo?


¿Y si lo prohibimos? Por Luis Martínez.

Imagínese que el lugar de estos dos sujetos iletrados que aparecen en la ilustración lo ocuparan, no sé, Ander Ramos y Óscar Fernández-Capetillo, por ejemplo. El primero, aunque español, ha sido elegido el mejor investigador joven de Alemania. Como Guardiola, vamos. Y el segundo, con 332 seguidores en Twitter como testigos de su popularidad, pasa por ser uno de los científicos más prometedores del mundo. Algo similar a Sergio Ramos ¿Cómo se quedan? Pero tampoco hay que exagerar y, a las puertas del clásico (¿quiénes combaten? ¿Catilina contra Cicerón?), convenga relajarse. A un lado las visiones más o menos románticas (“La lealtad humana ejercida al aire libre”, decía Gramsci) o declaradamente reaccionarias («Interesa menos como deporte que como generador de fanatismo», advertía Borges), lo cierto es que el fútbol hace tiempo que ha dejado de ser expresión de nada que no sea nuestro fracaso como sociedad.

No deja de ser revelador (por triste) de lo que somos que lo que paraliza la vida pública cada semana es algo que: a) cada cierto tiempo arroja un muerto al lado del Manzanares; b) sus aficionados llaman “puta” a coro a una víctima de malos tratos; c) está en manos de unos dirigentes activamente implicados en cualesquiera de las últimas burbujas inmobiliarias; d) es sostenido por unos padres que un domingo sí y otro también muelen a palos a un árbitro, y e) sus protagonistas, los jugadores estrella, son capitanes del fraude fiscal. De los rapados cerebrales, el exhibicionismo del lujo o los escupitajos, para qué hablar.

El fútbol, se mire como se mire, simboliza todo aquello que combaten con denuedo y grandes dosis de melancolía las Administraciones Públicas. A un lado mitologías apresuradas que excitan por igual a los amantes de las banderas y a los apasionados de las masas ciudadanas, esta actividad no sólo es machista, violenta, irracional y estúpida, sino que, además, es la excusa perfecta para que los intelectuales del sudor y del populismo jueguen a las metáforas. Y esto ya sí que no.

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