Putin el peronista

Se ha comparado al presidente ruso Vladimir Putin con muchos autócratas del pasado, como por ejemplo Joseph Stalin, Leonid Brezhnev y el chileno Augusto Pinochet, por nombrar algunos. Sin embargo, tras casi 14 años en el poder, quizá la comparación más adecuada sea con una mezcla transgénero entre el ex líder argentino Juan Perón y su legendaria esposa Eva (“Evita”).

A principios de los años cuarenta, el coronel Juan Perón, Ministro de Guerra y Secretario del Trabajo, era una “eminencia gris” para los gobernantes de Argentina. Antes de la caída del comunismo en 1989, el coronel Putin también era notoriamente gris, era un funcionario dedicado de la KGB encargado de propagar desinformación y de reclutar agentes soviéticos y extranjeros en Alemania Oriental.

En la Secretaría del Trabajo, Perón puso en marcha reformas sociales, incluidos beneficios para los pobres. Aunque su motivación pueda haber sido, al menos en parte, un deseo de justicia social, Perón efectivamente estaba sobornando a los beneficiarios para que apoyaran su propia ascensión al poder y la riqueza. Con su hermosa y abierta esposa – “una mujer del pueblo” – a su lado, en 1946 Perón logró convencer a los electores de que como presidente haría cambios fundamentales en el país.

Cumplió su palabra. El gobierno de Perón nacionalizó bancos y ferrocarriles, aumentó el salario mínimo y mejoró los niveles de vida, redujo la deuda nacional (al menos por un tiempo) y reactivó la economía. Argentina dejó de depender tanto del comercio exterior aunque el cambio hacia la autarquía a la larga socavó el crecimiento y condujo a que el país perdiera su posición entre los más ricos del mundo.

Durante este período, Perón también limitó la libertad de expresión, las elecciones libres y otros aspectos esenciales de la democracia. Él y su emotiva esposa hablaban públicamente en contra de las injusticias de la burguesía y del lujo mientras que en secreto reunían una fortuna personal. Finalmente, Perón fue depuesto en 1955, tres años después de la muerte de Evita, su mayor propagandista.

Igual que Perón medio siglo antes, Putin prometió en 2000 limitar el capitalismo descontrolado que se había desatado en la administración de su predecesor, Boris Yeltsin. Se comprometió a restaurar la dignidad de un país que acababa de perder su imperio y que sufrió una severa contracción económica durante los primeros años de la transición post-comunista.

Putin volvió a nacionalizar, o mejor dicho, puso bajo control del Kremlin, el petróleo, el gas y otras industrias que se habían privatizado en los años noventa. Gracias a los elevados precios mundiales de la energía pudo pagar los salarios atrasados y las pensiones que el gobierno de Yeltsin, con problemas de liquidez, debía a los mineros, ferrocarrileros y maestros. Como en el caso de Perón, se sobornó a los ciudadanos para que apoyaran al régimen.

Sin embargo, cuando los ingresos del petróleo y el gas comenzaron a fluir a las arcas del Estado, Putin empezó a llenarse los bolsillos. Su riqueza personal –incluidos palacios, yates, relojes y automóviles– se calcula entre 40 y 70 mil millones de dólares. Aunque él insiste en que su riqueza no solo consiste de dinero y valores, sino de la confianza de su pueblo, pocos rusos tienen la duda de que sea uno de los hombres más ricos del mundo.

Como en el caso del matrimonio Perón, la presidencia de Putin comenzó bien. El público amaba al nuevo hombre fuerte que mostraba el poder de Rusia en el extranjero, castigaba a los oligarcas “deshonestos” de la era de Yeltsin, restringía a los medios “irresponsables” y recentralizaba el poder.

Hasta hace poco, las semejanzas de Putin y Evita no eran tan obvias (aunque sus tratamientos regulares de botox le han dado la apariencia que ella tenía después de embalsamada. Pero el parecido se hace cada vez más evidente. Sus apasionados “mensajes para los que sufren” tenían el mismo atractivo entre los pobres de Argentina que el que tiene la arrogancia machista de Putin entre la mayoría de los rusos, sobre todo del interior del país y las ciudades de provincia.

Evita y Putin comparten también una faceta mezquina. Evita arruinaba la vida de cualquiera que pusiera en duda su imagen de “madrina” de Argentina. Putin se venga de cualquiera –ya sea el oligarca prisionero político Mikhail Khodorkovsky, miembros del grupo de rock Pussy Riot o ciudadanos comunes y corrientes que se sumen a las protestas contra el Kremlin– que desafíen su estatus de “padre de la nación”. Tal vez no sea coincidencia que esté aumentando la fuga de capitales y que aproximadamente 300,000 rusos –entre ellos los que tienen mejor educación– salgan del país cada año.

Ahora Ucrania, donde la decisión del presidente Viktor Yanukovich de no firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea ha movilizado a millones de opositores, representa el momento de la verdad para Rusia. Si bien muchos apoyan el “Euromaidan”, muchos otros insisten en que Ucrania debe mantener vínculos estrechos con Rusia. Putin, que desempeñó el papel de titiritero en la decisión de Yanukovich de mantener a su país dentro de la órbita rusa, culpa con hipocresía a fuerzas externas de la crisis política en Ucrania.

No obstante, mientras más se burle el mundo del exhibicionismo de Putin, más apoyo obtiene de los rusos que desean un retorno a su estatus de superpotencia. De forma parecida, cuando Evita estaba muriendo de cáncer, por todo Buenos Aires aparecieron grafiti que decían “¡Viva el cáncer!” Pero mucho siguieron idolatrándola por ayudar a los pobres, independientemente de lo interesada que se había vuelto. La misma mezcla de burla y adoración caracteriza también la era de Putin.

Los últimos años de Perón podrían ofrecer un paralelo preocupante. Regresó al poder en 1973, 18 años después de su derrocamiento y trajo el cuerpo embalsamado de Evita para que los argentinos le mostraran nuevamente su adoración. Murió al año siguiente y dejó el gobierno en manos de su tercera esposa, Isabel, cuya mala administración de la economía provocó violencia guerrillera y un golpe militar en menos de dos años.

Con todo, actualmente según el académico en temas de América Latina, Michael Cohen, “la mayoría de la sociedad argentina es peronista…Perón creó un Estado de bienestar del que se beneficia la clase media actual”. De forma similar, la mayoría de los rusos aprueban la versión de capitalismo de Estado de Rusia y muchos aprecian su generosidad.

Yo solía creer que la caída de Putin sería parecida al fin súbito y sangriento de Lavrenti Beria, el poderoso jefe de seguridad de Stalin, que fue ejecutado por el sistema arbitrario de justicia que él mismo había contribuido a crear. Ahora, debido a la dependencia de la mayoría de los rusos de las dádivas del Estado, parece más probable que cuando el líder ruso finalmente deje su cargo, el putinismo, al igual que el peronismo, sobrevivirá y tendrá una extraña media vida durante décadas.

Nina L. Khrushcheva is a professor in the Graduate Program of International Affairs at the New School in New York, and a senior fellow at the World Policy Institute, where she directs the Russia Project. She previously taught at Columbia University’s School of International and Public Affairs, and is the author of Imagining Nabokov: Russia Between Art and Politics and the forthcoming book The Lost Khrushchev: A Journey into the Gulag of the Russian Mind. Traducción de Kena Nequiz.

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