Putin, el rey de las guerras híbridas

Hace ya un tiempo tuve la oportunidad de escuchar al rey de Jordania hablar de Siria. Le pregunté por la creciente intervención rusa en el conflicto, en un tono que indicaba inquietud y en el contexto de lo que yo entendía, y entiendo, como una voluntad de hacer realidad el viejo sueño de Pedro el Grande: asentar la presencia rusa en el Mediterráneo. El crucero portamisiles que lleva su nombre, buque insignia de la flota rusa, acababa de entrar en el mar de Alborán, procedente del Atlántico, y Moscú demostraba cada vez más interés en las que considera sus aguas meridionales. Un mar de acceso restringido por los estrechos de los Dardanelos y Gibraltar que dan enorme valor al establecimiento de una base naval en sus costas.

Por ejemplo, en Tartús, el puerto de Siria de origen fenicio al que unos templarios catalanes rebautizaron con el nombre de la capital del Baix Ebre. Abdalá se acercó a un mapa y mostró un punto perdido en el desierto, un puesto fronterizo de la ruta que va de Amman a Bagdad, cerca de la línea Sykes-Picot. Y explicó la contundencia con la que los rusos habían actuado, a petición suya, para desalojar a los yihadistas de aquel enclave de crucial importancia para Jordania. No lo dijo, pero se entendió que contraponía la determinación de Putin a las vacilaciones de los occidentales.

Así es Vladimir Vladimirovich Putin. El hombre que ha ganado todas las guerras y conflictos en los que ha involucrado a Rusia en los últimos cuatro años. Desde Crimea hasta Alepo, pasando por el Donbáss y la ‘guerra electoral’ que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca. Algunos sostienen que estas victorias son gloria para hoy y hambre para mañana, pero mientras tanto le han servido para colocarle en cotas de popularidad que no se daban desde que Stalin ganó la guerra grande.

Y es que ahora, como entonces, a falta de pan los rusos se atiborran de soberanía, que es su plato favorito. Sobre todo, después de las humillaciones y los temores de los últimos años, desde que Yeltsin vendió la patria por cuatro duros y la OTAN se cachondeó de los bigotes del ‘tío José’ en los Balcanes, en el Báltico y en Ucrania. El cine nos ha mostrado que nada hay peor que enjaular a un oso si no se tiene la garantía de que la jaula va a resistir sus embestidas. Y esto es lo que ha ocurrido.

Cuando la intervención rusa en el Donbáss, oí hablar por primera vez de guerras híbridas. Antes las hubiésemos llamado guerras sucias, una redundancia. Los videojuegos, que tantas cosas anticipan, nos dicen que son mucho más que esto. Son guerras multifacéticas, que se libran en distintos campos a la vez. Desde los barriles bomba que la aviación de Asad lanza sobre la población para aterrorizarla –a un precio más asequible que los bombardeos de Londres o Dresden- hasta los ataques cibernéticos. De lo más cutre a lo más sofisticado. Todo vale en este mundo caótico en el que vivimos y en el que la realidad se acerca a la ficción y a menudo la supera.

¿A qué analista se le hubiera ocurrido predecir que un país como Rusia, que hasta hace poco era un estado casi fracasado, iba a determinar quién iba a ser el presidente de Estados Unidos? Ciencia ficción. Solo la literatura es capaz de anticipar semejantes escenarios. Lean ‘Bajo los Montes de Kolima’, de Lionel Davidson, uno de los mejores ‘thrillers’ políticos que jamás se hayan escrito. Y descubrirán la inmensidad de Siberia, la diversidad de Rusia, la determinación de sus hombres y mujeres y la complejidad de su alma (si no han leído a Dostoievski).

Putin es todo esto y más. Intento evitar la fascinación que produce porque estoy convencido de que se trata de un personaje maligno, fruto de un régimen de naturaleza autocrática. Pero hay que reconocerle sus méritos, aunque sus amigos en Occidente sean la derecha más extrema, la izquierda nostálgica y el populismo que sueña con el derrumbe de lo viejo sin haber previsto como será lo nuevo. Nadie ha sabido leer el mundo líquido en el que vivimos como él. Y esto le ha permitido alzarse como el rey de estas guerras híbridas, aquellas que no necesitan de decisiones parlamentarias ni de respaldos onusianos. Como Stalin, ha empezado por hacer limpieza en casa. Y ahora, henchido de un patriotismo que le permitirá arrasar en las elecciones del 2018, se dispone a romper los barrotes que aislaban a Rusia.

Así es como piensa poner fin al sentimiento de agresión, sufrimiento y miedo que atenaza a tantos rusos. La única duda que tengo es el tiempo que tardan en desaparecer los efectos de semejante sobredosis de soberanía.

Andreu Claret, periodista y escritor.

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