Putin, el terrible

Hay que haber conocido a Vladímir Putin al menos una vez para calibrar al personaje. Como yo he tenido ese privilegio, por primera y única vez un hombre de Estado me ha inspirado un verdadero temor físico. La puesta en escena por parte del propio Putin sin duda contribuyó a mi miedo, pero la teatralización del personaje revela su naturaleza y sus intenciones. Sabemos por los medios de comunicación que el presidente ruso cultiva su cuerpo, a base de gimnasia y de cirugía estética, aunque el resultado no es por ello menos inquietante; transmite unas vibraciones negativas que le hacen retroceder a uno instintivamente. La puesta en escena que acompaña la llegada de Putin es menos conocida: siempre llega con retraso, y siempre se marcha antes de tiempo y de repente. Le precede una cohorte, una selección de jóvenes altas, rubias y estereotipadas cuya preparación militar se adivina detrás de su aspecto de vampiresas. Les sigue una legión de guardaespaldas más clásicos, pero seleccionados según unos criterios inspirados en alguna producción hollywoodiense.

La mirada de Putin es fría, y sus ojos son casi vidriosos. No mira a su interlocutor, ni le habla en realidad, sino que se dirige a una asamblea imaginaria, situada más allá del público realmente presente. Y Putin habla y habla, embriagado por su propio discurso. Y luego se esfuma, sin cortesía. Stalin, al menos, se tomaba el tiempo de brindar con sus invitados.

Adivinamos que el comportamiento de Putin no podría ser diferente de la escena relatada aquí en París. Putin nos dejó estupefactos o inquietos, y si fuésemos rusos y estuviésemos en Moscú, habríamos estado aterrorizados.

¿Deberíamos extraer alguna enseñanza de esta puesta en escena de Putin por él mismo sobre sus proyectos en Rusia y fuera de ella? Me parece que sí, porque las piezas se van colocando progresivamente sobre el tablero, y dibujan una estrategia, relativamente decente, pero sin duda definitiva, si nadie se opone a ella. Una oposición que solo podría provenir del exterior, porque en el interior cualquier resistencia ha sido comprada o aniquilada. Es una estrategia reciente porque Putin I, de 2000 a 2008, antes de su regreso a la presidencia en 2012, parecía tentado por el Estado de Derecho y por un respeto mínimo por la Constitución y sus conciudadanos, ya que los increíbles beneficios del gas, del petróleo y de las materias primas le permitieron mejorar el bienestar de los rusos y plantearse una modernización económica. Pero los recursos se han agotado y no se ha invertido nada en la modernización de un país que, más allá de la fachada moscovita, se deteriora.

Putin II se ha reencarnado en un tirano eslavófilo, una figura conocida en la historia rusa. Para entrar en esa historia y mantenerse en el poder, Putin ha elegido la guerra. No una guerra imperial de tipo soviético, porque el putinismo no es una ideología universalista, y porque el putinismo eslavófilo que exalta la diferencia y la superioridad rusa sobre los europeos apáticos y corruptibles solo vale para los rusos. El objetivo de la guerra, directa o por delegación, no es restablecer las fronteras de la Unión Soviética, sino las de un supuesto espacio rusófono.

La anexión de Crimea y de Ucrania oriental, y parece que la del Transdniéster, tiende a reconstituir ese espacio mítico. Ese espacio puede dibujarse englobando las comunidades rusófonas, una diáspora lingüística dispersada en lo que fue el antiguo Imperio, como en Kazajistán y los países bálticos. Comprendemos la angustia de los letones, sabiendo que los rusófonos son mayoritarios en Riga y que no cuentan con los mismos derechos que los letones de pura cepa: por ejemplo, hay que hablar letón, o estonio en Estonia, para acceder al funcionariado. Eso autoriza a Putin, mezclando las épocas y las circunstancias, a invocar la secesión de Kosovo, el referéndum escocés, e incluso el derecho de los pueblos a administrarse ellos mismos, tal y como apareció (a menudo contra el Imperio ruso) en el XIX y, en el XX, en la retórica de la descolonización.

Muchos movimientos nacionalistas en Europa comparten este regreso a la sangre, al suelo y a la tierra. Putin cuenta con algunos aliados ideológicos en Occidente, sin olvidar a las empresas capitalistas dispuestas, como decía Lenin en 1919, «a vender la soga para colgarlas». Frente a esta máquina de guerra que ya se ha puesto en funcionamiento, la resistencia occidental es débil. Sin embargo, escuchamos decir, especialmente a Merkel, que Putin II cuestiona el orden internacional, basado en el derecho y no en la raza. ¿No es un discurso abstracto para unos pueblos que no son necesariamente unos lectores asiduos de la Carta de Naciones Unidas? Como Occidente –salvo los estadounidenses post-Obama quizás– se ha vuelto pacifista, se refugia detrás de unas sanciones aplicadas con laxitud e incumplidas alegremente, por las empresas petroleras entre otras. Eso no detendrá a Putin. Por tanto, Putin llegará hasta el final de su ambición.

Mijaíl Gorbachov, al conmemorar hace poco (con algo de añoranza sin duda) la desaparición del Muro de Berlín, expresaba su temor de que se produjese un regreso a la Guerra Fría. ¿Por qué fría? Todos los días hay muertos en Donetsk, donde los disparos y los bombardeos son reales. Y como señalaba Solzhenitsin, las víctimas finales de los tiranos rusos, en cualquier época, siempre serán los rusos. Ayudar de verdad a los rusos exigiría detener a Putin II, ya.

Guy Sorman

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