Putin impone su estilo. Negocios en la ley de la selva

La crisis de Crimea ha puesto a EEUU y a la UE frente al espejo, reflejando una debilidad que será tenida muy en cuenta por las potencias que quieren jugar su papel en un mundo globalizado, y también por los dictadores y sátrapas que pretenden seguir en el poder.

¡Barra libre! Ha vuelto, en palabras de la canciller Merkel, «la ley de la jungla». Y en ese escenario, con esas nuevas reglas, los felinos más astutos son los que cazan las mejores piezas. Putin no sólo ha recuperado el orgullo pisoteado de la gran Rusia tras la caída del Muro, sino que se ha situado como un líder mundial con el que habrá que contar, una vez que las agitadas aguas de la diplomacia vuelvan a su cauce.

Las primeras sanciones a oligarcas rusos causaron una insoportable sensación de ridículo. Los afectados incluso utilizaron Twitter para vengarse. El ex primer ministro Dimitri Rogozin anotó en su cuenta: «Me parece que algún guasón escribió la orden del presidente Obama». La mayoría de los dirigentes cuyas cuentas en el extranjero fueron congeladas no tenían cuentas en el extranjero.

No es de extrañar que ante tal ofensiva de Occidente, el presidente ruso haya decidido seguir adelante con la anexión de Crimea, llevada a cabo sin riesgo alguno. No sólo por la actitud de EEUU y Europa, sino por la incapacidad real de Ucrania (algunos de sus dirigentes se arrepienten ahora de la decisión de haber renunciado a su poder nuclear) de responder militarmente a la agresión.

Pero no, no se asusten. Europa no está para guerras. Tras el nerviosismo inicial y las dudas sobre sanciones eficaces que pudieran desatar una reacción en sentido contrario usando para ello el cierre del grifo de su gas (30% del consumo europeo), los mercados, fedatarios públicos de la tensión mundial, recobraron la alegría. Las bolsas, incluida la de Moscú, volvieron a subir al ritmo que las tropas rusas disfrazadas ocupaban Crimea. Los inversores no se preocupan por la redefinición de fronteras o las disputas de soberanía, sino por la estabilidad de los mercados. Y esa parece que no está en riesgo. Por tanto, ¡barra libre! También con Putin ocupando la península de Crimea se pueden hacer buenos negocios.

Recordaba el pasado miércoles Martin Wolf en su artículo en el Financial Times la frase utilizada por Neville Chamberlain para desdeñar una acción que le parara los pies a Hitler tras la invasión de Checoslovaquia: «Un lejano país del que sabemos muy poco».

Realmente, Crimea no supone demasiado. Representa sólo el 4% de la economía de Ucrania. Allí ya tenía su base la flota rusa del Mar Negro. La mayoría de sus dos millones de habitantes hablan ruso y no se sienten incómodos, sino todo lo contrario, ante una anexión que les asegura en el futuro continuar siendo uno de los lugares predilectos para las vacaciones de los rusos con posibles.

Por tanto, argumentan algunos líderes europeos, no se puede iniciar una guerra comercial, que dañaría a la City londinense, a la importación de gas de Alemania e Italia y a la venta de buques de guerra franceses, tan sólo por un puñado de tierra que hasta 1954 perteneció a la Unión Soviética y antes a la gran madre Rusia.

Un alto mando militar español me comentaba esta semana: «Lo mejor es que nos quedemos como estamos». Es decir, que Rusia se comprometa a no continuar expandiendo sus fronteras en el este de Ucrania, bajo el compromiso de que occidente no la incorpore en el futuro a la OTAN.

En esa perspectiva, la UE le ofrecería un paquete de ayudas (su déficit público supera el 9% y, en la actualidad, la mayoría de su comercio exterior se realiza con Rusia), con el objetivo de consolidar una democracia estable que pudiera incorporarse como socio de hecho a medio plazo.

La cuestión es que algo esencial ha cambiado ya en las relaciones internacionales. La diplomacia rusa ha demostrado ser más eficaz que el Departamento de Estado norteamericano. No digamos ya si la comparamos con la política exterior de la UE.

El pasado mes de septiembre todo el mundo había asumido que Obama desataría un ataque contra el régimen de Bashar al-Assad, tras comprobarse el asesinato de, al menos, 1.500 personas víctimas de armas químicas.

Entonces, Rusia movió ficha. El hábil Lavrov encontró el camino para parar el ataque, a cambio de que Siria permitiera la entrada de expertos internacionales y el desmantelamiento de sus mortíferas instalaciones.

Conclusión: Bashar al-Assad está hoy más consolidado que hace un año y sigue masacrando a una población civil que acumula ya 150.000 muertos y millones de desplazados.

¿Hace falta recordar la mediación de Rusia en el conflicto Irán/EEUU?

Occidente ha permitido durante los últimos años que Putin hiciera y deshiciera a su antojo.

Le ofreció incluso un puesto en el G-7, que pasó a ser el G-8.

No se le pidieron cuentas por las masacres en Chechenia. La falta de libertades reales en Rusia parecen un asunto que sólo les preocupa a las Pussy Riot. No sólo los gobiernos dejan hacer. Los partidos políticos y los movimientos ciudadanos parece que no se inmutan ante las actitudes homófobas y su exhibición de poder al más viejo estilo machista.

Putin, acusado de manipular los resultados electorales en su país, que tiene atemorizada a la oposición y maniatados a los medios de comunicación, ha aprendido una gran lección durante estos años. Su mejor arma es la debilidad de Occidente, su falta de determinación, su egoísmo a la hora de medir los pros y los contras de posibles acciones de represalia que estarían perfectamente justificadas.

Obama, en plena retirada de tropas en Irán y Afganistán, afectado de «agotamiento» en su política exterior, no va a arriesgar ni un solo voto en esta fase final de su segundo mandato por defender el principio de la soberanía o el mantenimiento del statu quo en la frontera este de Europa.

La UE está más preocupada por consolidar una tímida recuperación económica que por salvaguardar el respeto a una Constitución, que tampoco parecen haber respetado los que ahora la agitan pidiendo ayuda internacional.

Por tanto, en ese panorama, que no va a cambiar a corto plazo, lo que sí cabe aventurar es la extensión de la «ley de la selva». Y ahí, el tigre Putin no tiene rival.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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