Putin: la obsesión por la supervivencia en el seno del Kremlin

El improbable ascenso de Vladimir Putin al pináculo del poder ruso en 1999-2000 fue en parte el resultado de un consenso de elites sobre la importancia de restablecer el orden en el estado ruso después de una década de crisis doméstica y humillación internacional. Su ascenso era improbable, porque Putin no era un político de carrera, sino alguien cuya visión del mundo estaba forjada por su experiencia en la KGB, una institución que operaba más allá del escrutinio público y sin miedo de restricciones legales o de otro tipo.

La visión del mundo de Putin, sin embargo, dista de ser única en Rusia. Desde sus primeros días en el Kremlin, se estableció como un conservador ruso clásico en busca del objetivo de fortalecer al estado ruso.

El principal objetivo de Putin es el de asegurar la supervivencia de Rusia defendiéndola de las amenazas a su integridad territorial, su soberanía política y su identidad nacional. De la misma manera que los oficiales de la KGB se describían a sí mismos como los máximos protectores del estado soviético, Putin cree que él solo es capaz de contrarrestar de manera efectiva las amenazas que enfrenta Rusia. En este sentido, es una persona obsesionada por la supervivencia, que cree que no tiene otra opción que la de ejercer el poder. Y, como oficial de la KGB, transforma a la gente en activos que cumplirán sus objetivos.

Fronteras para adentro, Putin se concentró el año pasado en lidiar con sus oponentes -cooptando a algunos e intimidando a otros al transformar los sistemas legal y penal rusos en instrumentos mochos de represión-. En el exterior, tomó medidas para mitigar las repercusiones en Rusia de una serie de sacudidas políticas y económicas externas.

En Oriente Medio, Putin ve amenazas genuinas a la supervivencia del estado ruso provenientes de los partidos islamistas que llegaron al poder en países musulmanes predominantemente sunitas tras las revoluciones de la Primavera Árabe. Esos partidos les quitaron el equilibrio del poder regional a los gobiernos seculares, y Putin culpa a Estados Unidos por darles poder a través de sus intentos de imponer la democracia en la región.

Dada la experiencia de Rusia con grupos militantes autóctonos que buscan apoyo de los extremistas árabes, Putin cree que la estabilidad doméstica de Rusia exige líderes fuertes en Oriente Medio que puedan tener a los extremistas bajo control -y con quienes él pueda tratar directamente-. Esto ayuda a explicar por qué la política de Putin para Oriente Medio descansa en relaciones estrechas con el presidente sirio Bashar al-Assad, Irán e Israel. Esos tres países comparten -aunque por diferentes razones- la preocupación de Rusia frente a los nuevos gobiernos de inspiración religiosa en Oriente Medio.

Mientras tanto, la economía global sigue planteando riesgos para el estado ruso. Desde que llegó al poder por primera vez, Putin intentó cimentar el status de Rusia y su postura global sobre la base de un desempeño económico superior. Como destacó el propio Putin en algunos discursos, cree que la Unión Soviética, al avocarse a una guerra de armamentos económicamente desastrosa con Estados Unidos, libró la batalla equivocada contra Occidente durante la Guerra Fría.

En la opinión de Putin, la Unión Soviética colapsó bajo el peso de sus deudas. De manera que la supervivencia del estado ruso depende de su fortaleza fiscal y económica, que también garantiza su soberanía.

En los años 2000, en gran medida gracias a los altos precios del petróleo, Putin canceló las deudas del estado. Acopió enormes reservas de moneda extranjera, lo que le sirvió para amortiguar el golpe de la crisis económica global de 2008. Cuando los precios del petróleo subieron entre 2000 y 2008, Putin gobernó durante un período de rápido crecimiento del PBI que colocó a Rusia camino a convertirse en la quinta mayor economía del mundo.

El crecimiento económico sustituyó al poderío militar como el indicador más importante de éxito de Rusia y le valió un lugar en el llamado grupo BRICS de las principales economías emergentes del mundo, junto con Brasil, India, China y Sudáfrica. El crecimiento de Rusia generó empleos, hizo crecer los ingresos y contribuyó a una década de estabilidad interna.

El futuro parece mucho menos halagüeño. La economía se ha desacelerado. La mayoría de los economistas hoy cree que Rusia no puede mantener un crecimiento anual del PBI a una tasa superior al 2% sin otra alza sostenida de los precios del petróleo. Pero un crecimiento del 2% (una tasa respetable para una economía avanzada) representaría un golpe importante al status de Rusia y al prestigio personal de Putin, y podría poner en peligro la estabilidad doméstica si se pierden empleos en sectores industriales críticos.

Putin está perplejo respecto de cómo contrarrestar la amenaza planteada por un crecimiento lento. Su principal propuesta hasta el momento ha sido una «Unión Euroasiática» -una versión ampliada de la actual unión aduanera entre Rusia, Bielorrusia y Kazajstán-. Esto ofrecería una plataforma para restablecer el comercio, el transporte y otros vínculos entre los ex países soviéticos y así ganar mercados regionales para los productos rusos, garantizar los empleos rusos y reafirmar la influencia política rusa en su viejo vecindario.

Sin embargo, al querer ejercer una posición de influencia en las economías y la política de los países adyacentes, Rusia corre el riesgo de generar tensiones políticas con la Unión Europea. En noviembre, en su cumbre de «Asociación Oriental» en Vilnius, la UE decidirá si proceder o no con un Acuerdo de Asociación con Ucrania. Putin lo ve como una amenaza a los intereses económicos de Rusia, porque es improbable que Ucrania se sume a su Unión Euroasiática si está alineada con la UE -y la Unión Euroasiática no representará demasiado sin Ucrania.

El foco estatista y la actitud de supervivencia de Putin a la hora de lidiar con las amenazas que enfrenta Rusia parecen retrotraerlo a antiguas formulaciones que lo enfrentaron a Estados Unidos y Occidente. En Siria, Putin está atascado detrás de Assad mientras éste masacra a sus ciudadanos. En su propio vecindario, Putin lidera la recreación de una versión atenuada de la Unión Soviética, cuyo éxito o fracaso hoy dependen de decisiones tomadas en Kiev, Bruselas o Vilnius, y no en Moscú. En ambos casos, Putin corre el riesgo de provocar la ira de otros y que esto resulte más contraproducente para Rusia.

Fiona Hill, a senior fellow at the Brookings Institution, is the author, with Clifford Gaddy, of Mr. Putin: Operative in the Kremlin.

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