Putin y el terrorismo checheno

Las víctimas. A ellas hay que dedicarle nuestro primer pensamiento tras un acto terrorista. Ellas, sus familias, el pueblo que lo sufre y el Estado que los representa. Vaya un afectuoso abrazo para Rusia y la solidaridad de un pueblo como el español, que ha padecido una larga historia de sufrimiento provocada por los criminales que, en nombre de unas ideas marcadas por el odio -aparentemente y siempre sin excusa-, cubiertas de identidades nacionalistas, políticas o religiosas, han dejado mucha sangre.

De nuevo Rusia volvió a sufrir ayer un doble atentado: a hora punta, en el metro de Moscú, y que ha costado la vida de al menos 38 personas. Una muestra más de que uno de los mayores retos de nuestro mundo es acabar con el terrorismo, que no conoce fronteras, cualquiera que fuesen los pretextos o falacias que emplee.

En casi año y medio conmemoraremos la desaparición de la antigua URSS. A esa entidad la sustituyeron 15 estados y numerosos conflictos congelados. Entre ellos, los que son objeto de litigio entre países o han quedado en tierra de nadie, en los cuales el tiempo se ha detenido y han quedado aislados de su contexto. En Nagorno-Karabaj (Azerbaiyán y Armenia), Trasnitria (Moldavia), Absajia de Sur (Georgia)… se dan situaciones muy complejas de resolver. Sin embargo, es toda la zona caucásica la que concentra el principal problema de lo que fue un gran imperio y que magistralmente describió Kapuscinski. Allí no es tanto una cuestión congelada sino un volcán que periódicamente vomita muerte y desolación.

La tensión bélica que estalló entre Georgia y Rusia en agosto de 2008 es sólo la punta del iceberg de lo que azota latentemente a la zona caucásica. En ella nos encontramos varias regiones en las que choca su identidad oficial (la rusa) con las aspiraciones de un sector de la población que usa las armas como lucha para conseguir sus objetivos. Es el caso especial de Chechenia.

La utilización de la violencia bélica es lo que resulta despreciables e ignominioso. La violencia nunca jamás esta justificada. Si en algún momento cualquier motivo noble pasa a ser defendido con el terrorismo, pierde toda justificación. Lo dicho vale, sin duda, para el atentado de Moscú. Sobre la autoría, tendrá que investigarse con seriedad pero las primeras impresiones apuntan a los terroristas chechenos. Pero debe investigarse.

En cualquier caso, la severa condena que merecen las bombas en el magnífico metro moscovita no debe dejar a un lado las necesarias reflexiones. Es indudable que en parte el odio que llega desde Chechenia hacia Moscú ha tenido una base en las extralimitaciones del Kremlin en la lucha contra el terrorismo de origen caucásico. Se han aplicado sólo medidas contraterroristas y ninguna de carácter político.

Los que en varias ocasiones hemos censurado los excesos y aberraciones que la Administración Bush aplicó como reacción a los atentados en territorio estadounidense, también aplicamos los mismos parámetros de exigencia de racionalidad, proporcionalidad y mínimo respeto de derechos humanos en lo que es la lucha antiterrorista en cualquier lugar del mundo. Y mi repugnancia por el criminal atentado de ayer en Moscú no puede quebrar la voz del recordatorio.

Ser ecuánime requiere ser sincero en la visión de lo que acontece. Algunas de esas voces que denunciaban esos excesos, como era de modo especial la de Anna Politovskaya, fueron acalladas para siempre, pero sus denuncias están hoy más vivas que nunca. No obstante, los excesos de Moscú no justifican en ningún caso acciones como las de ayer en el metro.

En los últimos años, desde Rusia se logró debilitar a las fuerzas terroristas chechenas, apuntando directamente a sus cabecillas. Pero la serpiente aprovecha cualquier ocasión para volver a hacerse fuerte. Ahora lo ha demostrado. Acierta Medvedev lanzando una guerra total contra el terrorismo. El pueblo ruso busca siempre seguridades. De ahí una de las claves del éxito de Putin frente a Yeltsin. La ciudadanía de ese país no tiene dudas y prefiere sacrificar algunas de sus libertades para conseguir recuperar las seguridades a las que estaba acostumbrada en la etapa soviética.

Rusia vive una etapa de recuperación y de prosperidad desde que asumió las riendas (y no las ha dejado) el ex miembro de la KGB. El respaldo popular es alto, pero eso no significa que deban acallarse las denuncias sobre derechos humanos por encima de ciertos tics regresivos y nostálgicos, que chocan con la idea de modernidad que se quiere trasmitir.

Por esa razón, desde el total apoyo a la lucha contra el terrorismo lanzada por el Kremlin, no debemos dejar de advertir que ello no puede ser una coartada para políticas más regresivas de derechos. No todo vale. España, que es el primer país europeo que ha sufrido una masacre terrorista colectiva, luchó y lucha contra este fenómeno sólo desde las medidas que admite el Estado de Derecho.

Y una última reflexión sobre la firma entre Obama y Medvedev del nuevo acuerdo sobre desarme nuclear. El presidente de EEUU ha traído consigo una idea menos belicista que su antecesor y un trato hacia Rusia no de rival, sino de aliado. El magnífico discurso que pronunció en Praga hace un año nos llevó a algunos a apostar por Obama y Medvedev como los grandes protagonistas de la reducción de arsenales. Ojalá que lo acontecido ahora no sirva para detener ese esfuerzo.

Jesús López-Medel , abogado del Estado y ex presidente de la Comisión de Derechos Humanos y Democracia de la Asamblea de la OSCE. Es autor del libro La larga conquista de la libertad, 15 estados tras la URSS en busca de su identidad.