Putin y las tres almas de Europa

Carta a los 27 líderes europeos:

Ilustres presidentes/as: Los tiempos de la historia no son siempre fáciles de identificar, otras veces sí. Pocos europeos dudarán de que llevamos dos años vividos verdaderamente duros, donde nuestra vida rutinaria y doméstica ha saltado por los aires, para instalarse una profunda inseguridad y desazón que afecta a lo más profundo de nuestro ser: vida, muerte, libertad, guerra, supervivencia... Todo de repente, sin avisar.

La Europa más o menos acomodada y con el mejor nivel de vida global del planeta ha sufrido la muerte por pandemia de cerca de dos millones de personas, según datos de la Universidad Johns Hopkins, que probablemente haya que multiplicar por dos o por tres, estima la OMS, que diferencia entre los datos oficiales que se tienen y los datos reales que se temen.

Esta realidad por sí sola ya ha puesto la conciencia europea patas arriba, evidenciándose dos hechos difícilmente discutibles: 1. Estamos más interconectados/interdependientes de lo que pensamos (muy claro en el ámbito sanitario en estos dos terribles años de pandemia, pero ahí está también el ámbito energético, transportes, económico-financiero y muy especialmente político y socialdemocracia y Estado del bienestar); 2. De los retos verdaderamente importantes y decisivos ningún país europeo puede salir solo (en materia de seguridad y defensa también parece ahora bastante claro). Mientras estos dos hechos no se asuman como la realidad que son, Europa no avanzará, es materialmente imposible.

Pero si la ceguera europea es persistente, que a veces lo es, ha venido la Rusia de Putin y su invasión a Ucrania para aclarar, aún más, el panorama de interdependencia europea y necesidad mutua. Por ser claro: Europa será una Europa unida o no será. Una Europa fragmentada es una Europa fracasada y derrotada. Son muchos los siglos de historia y cultura compartida para no haber aprendido de ellos. No se puede entender la historia de España si no se relaciona con la de Francia, Italia, Reino Unido o Bélgica, por citar solo los ejemplos más cercanos. Son naciones todas ellas vivencialmente entrelazadas. Por eso el Brexit ha sido un error descomunal del Reino Unido, no pueden elegir no ser Europa. Tampoco Francia o España. Somos Europa o no somos nada.

La secuencia histórica coronavirus-Putin está siendo dura y trágica para Europa. Es algo que no hemos elegido, que nos viene dada, pero ante la que estamos obligados a posicionarnos. Muchos países lo han hecho de forma clara y rotunda, incluso algunos que suelen mantenerse al margen del corazón del proyecto europeo, como Suiza, Finlandia o Suecia. Estos hoy apuestan rotundamente por "más Europa".

Putin ha despertado, estoy convencido que sin proponérselo, algo muy importante que llevaba décadas dormida: el alma de Europa. La pregunta que el lector se formulará parece obvia. Pero ¿tiene alma Europa?

Pienso que a esta cuestión tendrá que responder cada europeo, en mi caso particular, no tengo ninguna duda. Es relativamente sencillo el detectarlo. Contraste sus concepciones de vida con una habitante congoleña, afgana o japonesa. Ahí encontrará la respuesta. Hablo de diferentes concepciones de la vida, no de superioridad o inferioridad. El mundo se mueve, nunca está parado y Europa tiene que decidir.

Desde mi perspectiva, el alma de Europa tiene tres caras complementarias en su historia, en su cultura y en su "ser" europeo: 1. El humanismo clásico; 2. El pensamiento cristiano; y 3. La democracia liberal y social. Estas tres almas o huellas europeas las puedo encontrar en Polonia, Irlanda, Italia o Suecia, pero por mucho que las busque, no están en Nairobi, Pekín o Calcuta.

El siglo XXI se mueve y se mueve rápido. En tres años habremos agotado su primer cuarto. Estados Unidos tiene su proyecto y sus intereses; China y Rusia también; Europa tendrá que decidir cuáles son los suyos. Tendrá que marcar su hoja de ruta y la primera decisión es si lo afrontará dividida o unida, problemática que no tienen los tres países mentados. Yo a nivel personal sí quiero mantener las tres almas de Europa, vivo y siento que forman parte de mí. Me pueden gustar y puedo admirar otras culturas, cómo no, pero mi forma de vida está netamente ligada al humanismo clásico, que ha formado mi pensamiento; a la religión cristiana, que ha formado mi espíritu (dentro lógicamente de la libertad religiosa); y a la democracia liberal y social, que configura mi vida en comunidad. Esto es lo que se juega Europa, su estilo de vida, y los hechos me parece que indican con claridad que cada país europeo por separado no podrá mantenerlo. ¿Nos necesitamos los países de Europa para sobrevivir en el nuevo tablero mundial? Entiendo que sí.

A pesar de todos los pesares, Europa sigue siendo la mejor región del mundo para vivir, con todos sus defectos y limitaciones. La Unión Europea no es una opción, es simplemente una necesidad. Europa tiene unas determinadas concepciones sobre la vida, las relaciones familiares y sociales, la propia realidad de los derechos humanos, de la igualdad de la mujer, de la solidaridad con el otro. Y ese estilo de vida no se da en otras partes del mundo.

El estilo de vida, especialmente político y social, que promueven China o Rusia, a mí no me seduce ni lo más mínimo. Sinceramente, no compartimos nada con ellos, no es nuestro estilo de vida. Los europeos vivimos por la libertad y la democracia, y creemos en el Estado social, éste es el gran logro de Europa. Se puede reducir a dos valores muy simples, pero no fáciles de encontrar: libertad e igualdad.

Putin y el coronavirus han puesto a Europa frente a sí misma, bruscamente han mostrado la realidad de los hechos. La Europa adormecida tendrá que desperezarse rápido y decidir obligatoriamente la carta que quiere jugar. Somos cerca de 450 millones de europeos los que dependemos de las acertadas o desacertadas decisiones que tomen sus señorías. USA tiene 120 millones menos de habitantes, unos 330, pero cuenta con la enorme ventaja de su Unión política y un envidiable orgullo como país.

Este es el reto de Europa y de sus líderes políticos. Buscar su proyecto común ante la realidad de los hechos. Es un reto claramente político, donde hace falta mucha inteligencia, pragmatismo, realismo y generosidad. Como decía un europeísta convencido hace casi un siglo en su Rebelión de las masas: "Hay que estar a la altura de los tiempos".

David Ortega es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos.

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