Putin y los niños mártires

Por Bernard-Henri Lévy, filósofo francés. Traducción de News Clips (EL PAÍS, 09/09/04):

Con la toma de rehenes de Beslán, con esta masacre de inocentes que nos golpea a todos con un terror casi sagrado, con esta crueldad, esta carnicería, con la decisión insensata de romper este ultimísimo tabú de la infancia, el terrorismo internacional acaba de superar un nuevo grado en la escalada. No hay excusa, a este respecto, para los hombres y mujeres capaces de algo tan abominable. No hay explicación -la desesperación, la miseria, los crímenes de Estado del ejército ruso- que, inscribiendo este gesto en la continuidad de una historia deplorable y trágica, sirva como justificación, excusa y evidencia -inmediata, indiscutible- de una compasión cuyo único objetivo sea el espectáculo de estas familias rotas, cargadas de incredulidad y dolor que, desde el viernes, llevan el duelo de los niños mártires de Osetia.

No obstante. Sí, no obstante, esta evidencia tampoco debe dispensarnos de un mínimo de reflexión crítica sobre todos los aspectos que rodean al drama. Putin, por ejemplo. El modo en que, a lo largo de toda la crisis, Vladimir Putin no dejó de desinformar a los padres, de mentir, de mandar callar a los periodistas demasiado curiosos y de sabotear las posibles mediaciones. La brutalidad de la intervención. La locura de estos tanques que, según algunos testimonios, lanzaron cañonazos a las paredes del colegio. Esta indiferencia ante la muerte de los demás que ya vimos con motivo del naufragio del Kursk o de la toma de rehenes del teatro Dubrovka y que le ha llevado, en este caso, al lanzar a la batalla a unos elementos insuficientemente armados y entrenados del FDB, a correr, de forma consciente, el riesgo de un terrible baño de sangre. Hay que decirlo y repetirlo. Hay que decir y repetir que Putin, en vez de hacer todo lo posible por “proteger a los niños”, como anunció 24 horas antes del asalto, por el contrario, dio literalmente la orden para la carnicería. Los terroristas son los terroristas, pero Putin les abrió la vía.

Los chechenos. La forma en que en Moscú se trata ya de hacer que la nación chechena en su conjunto salga deshonrada de este episodio. La alqaedización de Chechenia. La descalificación con la que se quiere atacar a los más moderados por sus consignas independentistas. Dicho de otro modo, la amalgama que se hace entre el hecho de protestar contra el asesinato metódico de estos otros niños mártires que son los niños de Chechenia y la pertenencia a la nebulosa negra de un terrorismo universalmente reprobado. Esta amalgama no es soportable. A la vez que se llora a los muertos de Beslán, hay que rechazar con todas las fuerzas la asimilación de todos los chechenos a este símbolo moderno de la inhumanidad que es el asesinato en masa de civiles. Es cierto que entre los 30 o 40 carceleros de todas las nacionalidades que irrumpieron en la pequeña escuela había chechenos; pero era, de por sí, una toma de rehenes: era un puñado de nihilistas que se apropiaban de una causa que, por definición, les traía sin cuidado, igual que a Bin Laden le traen sin cuidado los palestinos.

Los chechenos, otra vez. La idea, que recorre ya las calles de Osetia y de Rusia, según la cual sólo una solución definitiva a la interminable cuestión chechena permitirá al Estado reponerse de su 11-S nacional. Los chechenos no son humanos, dice uno, son unos animales, unas bestias… Stalin no se equivocaba, dice otro, al querer exterminar hasta el último de ellos: hay que acabar, incluso en las letrinas, el trabajo del dueño de todas las Rusias… Y ahora vemos cómo toda la clase política y militar postsoviética en realidad da por hecho que lo único capaz de responder al terror de los terroristas no es menos, sino más, terror antichecheno… Pues bien, sobre este punto también hay que desolidarizarse de la clase política y militar postsoviética. Pues bien, tanto sobre este punto como sobre los demás, hay que tener el valor de decir a los siloviki, a los ex miembros del KGB, que inspiran a Vladimir Putin y, tal vez, lo controlan, que estar en primera línea en la guerra contra el terrorismo no les da todos los derechos: y, en cualquier caso, no el de responder al horror con el horror y de disponer a su antojo de la vida de los ciudadanos de Grozni.

¿Chirac no lo ha hecho? ¿Ni Schroeder? ¿Ni Bush? ¿Ni el ministro de Asuntos Exteriores holandés que, al primer fruncimiento de ceño de su homólogo ruso, retiró cortésmente la preguntita que se permitió soltar sobre las condiciones en las que finalmente se decidió el asalto? No es lo menos descorazonador de todo este asunto. Ni, sobre todo, lo menos vergonzoso para unas grandes democracias en lucha contra la barbarie y a favor de los derechos humanos y de la transparencia. Como si nuestro terror al terror nos prohibiese ya contar hasta dos. Uno: la condena, sin reservas, de este fascismo propio de nuestro tiempo que es el terrorismo de origen islamista. Dos: el rechazo a una política que, vengándose con otros niños del daño hecho a nuestros niños, suma más dolor al mundo y, evidentemente, no arregla nada.