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Mientras la lengua española nacía en el Monasterio de San Millán de Yuso hace unos mil años, la estricta rutina conventual venía alumbrando otro prodigio desde el siglo VII, pues las horas canónicas propiciaron la invención de una máquina que primero reguló el metabolismo de los monasterios, luego de las ciudades y finalmente de toda la humanidad. Aquella máquina era el reloj, porque gracias a ellos podemos mensurar el tiempo, disociarlo, fragmentarlo e incluso abstraerlo. Sin embargo, antes de la invención de los relojes fueron las oraciones de los monjes —señaladas con los tañidos de las campanas— las que marcaron las horas durante siglos. Si la lengua española fuera el tiempo, me haría ilusión que las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (TIC) tuvieran sobre ella las consecuencias bienhechoras de los relojes.
No obstante, cuando se habla del futuro de nuestro idioma gracias a las TIC no hablamos de las infinitas posibilidades de transmisión y almacenamiento, sino de los presuntos cambios que deberían producirse en el ámbito de la escritura, los hábitos de lectura y la esfera de la creación. Trataré de resumir mi escepticismo para cada uno de esos casos.

Siempre había pensado que el español estaba en buenas manos, pero ante el auge del mal uso del idioma y de la prisa de los académicos por bendecir voces como «murciégalo», creo que las lenguas le pertenecen a quienes las hablan bien y las escriben mejor. ¿De qué sirve tanta mojiganga para proteger la eñe y garantizar su presencia en los teclados si luego escribimos siweña? Algunos de los principales idiomas del planeta derivan hacia un esperanto mutante trufado de expresiones en inglés o de malas traducciones y peores doblajes de aquel sucedáneo wild de la lengua de Óscar. Si tal fuera el futuro del castellano —como se puede entrever en la escritura de sms, chats y redes sociales— me apresuro a señalar como sus principales guardianes a los hispanistas de otras lenguas, los traductores del español a otros idiomas, los intérpretes simultáneos de cualquier país no-hispanohablante y hasta los miles de alumnos de castellano de todo el mundo, porque ellos jamás escribirían siweña. Por lo tanto, para mí el español le concierne más a un hispanista húngaro que a un ignaro de cualquier país hispanohablante.

Por otro lado, la idea de que la gente consumirá más arte, literatura y conocimiento gracias a la hegemonía de las pantallas sobre el papel se me antoja una candidez. ¿Por qué quienes no leen libros de papel sí tendrían que leer libros electrónicos? En realidad, quienes ya leen novelas impresas las seguirán leyendo en ediciones digitales y quienes sólo leen prensa deportiva o revistas del corazón las seguirán consumiendo en tabletas. Si ni siquiera el hábito hace al monje, parece mentira que nos quieran hacer creer que el e-readerhará el hábito.

Durante siglos, la necesidad de señalar las horas preparó culturalmente a la humanidad para entender el tiempo como una magnitud. ¿Existe hoy una perentoria necesidad de leer que nos prepare culturalmente para los cambios que se avecinan? Para el ocio, la diversión y el entretenimiento, desde luego que sí. Para la cultura, el aprendizaje y el conocimiento probablemente no, porque una cosa es el hábito de la lectura y otra muy distinta el negocio de la lectura. Así, almacenar miles de títulos literarios en un libro electrónico es un negocio virtual para las editoriales, pero almacenar trescientos manuales escolares en una tableta sería virtualmente una ruina para esas mismas editoriales. ¿Por qué sólo se habla del libro digital literario y jamás del libro digital escolar?

¿Y qué decir del futuro de los hábitos de lectura en plena abdicación de la auctoritasen la enseñanza de las humanidades? Un prurito de corrección política inhibe a una mayoría de profesores de letras a obligar a leer. ¿Por qué nadie le pregunta a los profesores de ciencias si es legítimo obligar a un adolescente a simplificar polinomios, sumar exponentes, factorizar radicales y resolver ecuaciones? (¡A mí me obligaron a estudiar números que ni siquiera eran reales!). Si nadie quiere instar a leer a los adolescentes, por lo menos deberíamos regalarles libros con la misma recomendación con que les repartimos preservativos en los institutos: «Nunca sabes cuándo vas a tener que usarlo». Y ya que recurro a este ejemplo, confieso que para mí el libro electrónico es como el Viagra: sin duda una maravilla, aunque ojalá no tenga que utilizarlo.

Finalmente, quiero terminar refiriéndome a las nuevas formas de creación literarias supuestamente originadas en chats, blogs y sms, muchas de las cuales han sido recogidas en antologías por editoriales nacidas expresamente para difundirlas. Pues bien, si están impresas sobre papel no representan ninguna novedad, porque lo mínimo que se le puede exigir a un cambio de paradigma es un cambio de soporte. Las redes sociales tienen mucho face, pero poco book.

Todavía no he visto en el ciberespacio nada que sea distinto a los caligramas de Apollinaire, los Exorcismos de estí(l)o de Guillermo Cabrera Infante o las originales propuestas de Julio Cortázar en Último round. Ni siquiera la penosa ortografía de la red tiene algo en común con las irreverencias ortográficas de Miguel de Unamuno, Manuel González Prada o Juan Ramón Jiménez. Compararlas supone confundir el arte con la pereza, la originalidad con el ahorro y la clarividencia con la ignorancia.

Siempre he creído que si la lengua fuera el conjunto de las reglas del ajedrez, el habla sería el universo de jugadas posibles. Por lo tanto, la evolución y la creatividad tendrían que darse siempre dentro de las reglas y no tratando de mover los alfiles como si fueran caballos, reemplazando la «Q» por la «K», comiendo con peones como si fueran torres o escribiendo wapapor «guapa». Sin embargo, cuando uno advierte que estos barbarismos son consecuencia del uso y abuso de las nuevas tecnologías por parte de modorros e indocumentados, los campeones de la modernidad nos niegan el pan y la ADSL, como si uno estuviera en contra del progreso y la tecnología.

Los viejos relojes medievales siguen marcando las horas con perseverancia de bolero y a nadie se le ha ocurrido dinamitar las torres de las viejas iglesias para sustituirlas por gigantescos ingenios multimedia que den la hora, el tiempo y las noticias, porque las campanas medievales son para que las disfrutemos todos y los relojes digitales para que los disfrute cada uno.

Someto a consideración de los lectores si el pictograma del título supone una evolución, un salto cuantitativo o una aufhebunghegeliana. Mi conclusión es que quienes escriben bien y además consumen arte, literatura y conocimiento no representan una gran oportunidad de negocio. En cambio, quienes escriben mal y sólo consumen ocio, diversión y entretenimiento serán los destinatarios de los nuevos contenidos y sus necesidades marcarán los derroteros del futuro en español.

Que San Millán nos conserve la eñe.

Fernando Iwasaki, escritor.

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