¿Qué busca Bush en Iraq?

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy (LA VANGUARDIA, 29/02/04):

Entre los pueblos de Oriente Medio suele tenerse a los egipcios por los poseedores de una mayor perspicacia política. Una anécdota que refieren sobre su propio gobierno puede resultar ilustrativa sobre lo que sucede actualmente en Iraq. Cuenta esta historia que, poco después de la muerte de Nasser, su sucesor, Anuar El Sadat, subió al coche de Nasser a dar una vuelta. Al llegar a una bifurcación, el conductor inquirió si debía tomar el camino de la derecha o de la izquierda. Indeciso, Sadat preguntó qué solía hacer Nasser. El conductor respondió que Nasser siempre optaba por la izquierda (en este punto los egipcios siempre prorrumpen en carcajadas de complicidad porque en todo momento tuvieron a Nasser por un izquierdista comprometido con la reforma agraria, la compra de armas a Checoslovaquia y el fomento de la industria estatal). Sadat, astuto como siempre, tras pensarlo un instante indicó al conductor que señalara con el intermitente a la izquierda y girara a la derecha.

La Administración Bush ha encendido a su vez su propio intermitente proclamando que su intención es salir de Iraq. No obstante, su proceder apunta en una dirección muy distinta.

Ha subrayado la cuestión relativa a la seguridad, basada en una fuerza militar a gran escala que se prevé que no se limite a permanecer en el país hasta que funcione alguna forma de organización política, sino que permanezca a lo largo de varios años. El hecho de que se hayan habilitado varias bases semipermanentes e importado gran cantidad de material muestra a las claras que esta fuerza militar no es de naturaleza únicamente temporal. Las previsiones de este dispositivo militar se refieren a una permanencia en el país durante un futuro indeterminado.

Las repercusiones psicológicas y políticas del acento en la seguridad revisten aún mayor importancia que la mera presencia física. La presencia de nutridas fuerzas armadas fomenta las reacciones hostiles en cualquier país, extremo que los norteamericanos deberían saber atendiendo a su propia historia. Cuando los extranjeros dan muestras de gran poderío, la población autóctona rebosa de ira.

Y rebosa de cólera hasta el día en que, efectivamente, comienza a repartir golpes contra los extranjeros en su suelo. Los extranjeros suelen reaccionar acentuando aún más la seguridad. Ya se trate de restos de un régimen hecho trizas o de precursores de un nuevo movimiento –tanto da–, los enemigos autóctonos son terroristas, fuerzas guerrilleras o delincuentes. Debe perseguírseles hasta dar con su paradero para encarcelarlos o acabar con ellos.

Si dirigimos una mirada retrospectiva a la historia y observamos actualmente en nuestro derredor, podemos comprobar la existencia de un proceso casi de carácter mecánico. Su primera fase consiste en la búsqueda de la seguridad. En ella, la oposición autóctona intenta amargar hasta tal punto la vida de los extranjeros en su territorio que se vean obligados a abandonarlo. Así sucedió con los norteamericanos en Vietnam, con los franceses en Argelia y con los británicos en sus colonias en todo el mundo. El rasgo común de todas estas experiencias es que la población autóctona no otorga legitimidad alguna a la presencia extranjera.

Los extranjeros, si no media un consenso relativo a su presencia en el país que ocupan, se hallan en la imposibilidad de alcanzar el objetivo de la seguridad de modo que, en la última fase del proceso, compueban que han de pagar un precio demasiado alto –desde el punto de vista político, militar y económico– por su permanencia en el país. En consecuencia, como los norteamericanos en Vietnam, los franceses en Argelia y los británicos en la mayoría de los territorios de su imperio, se marchan.

El dilema actual que la anécdota egipcia pone de relieve radica en que al menos algunos responsables de la orientación de la política norteamericana, reconociendo el dilema en que se hallan, miran la forma de quedarse sin dejar de proclamar, al propio tiempo, su propósito de marcharse. Pero los iraquíes, que vivieron bajo la férula británica y experimentaron sus consecuencias tanto de forma directa (de la Primera Guerra Mundial a 1932) como indirecta (de 1932 a 1958) conservan una viva conciencia de la diferencia entre las apariencias y las acciones. Por tanto, al menos una parte significativa de la población seguirá repartiendo golpes contra las fuerzas de la coalición hasta que éstas abandonen el país.

Según estas previsiones, cabe preguntarse: ¿por qué no se marchan los norteamericanos sin más preámbulos? Las respuestas suscitan las cuestiones más complejas que concurren en el Iraq actual y no han sido dilucidadas.

La primera razón radica, en pocas palabras, en que la sociedad norteamericana consideraría una retirada precipitada de EE.UU. como un importante fracaso de la Administración Bush. Es lo que aconteció con la retirada norteamericana de Vietnam. Irritados ciudadanos norteamericanos se dedicaron durante años a achacar a enemigos nacionales la pérdida de la guerra enfrentándose a la realidad de una derrota deshonrosa. Toda una generación norteamericana creció bajo esta losa.

La segunda razón consiste en que las iniciativas norteamericanas desde la primera guerra del Golfo de 1991 –y especialmente desde la invasión del 2003– no se han quedado en un simple cambio de régimen, sino que han contribuido a la desintegración de Iraq como país. Kurdistán vivió aislado de Iraq durante un decenio y existió prácticamente como un Estado aparte. Aunque el sur de Iraq, de población predominantemente chiita, no se vio separado tan abiertamente de Iraq, de hecho se le trató como un caso aparte dada su peculiar situación de control derivado de la zona de excusión aérea y creciente dependencia económica del contrabando con Irán, Kuwait y Arabia Saudí.

Por tanto, en la actualidad, los norteamericanos se encuentran en la tesitura de, o bien intentar remendar el país, o de fracturarlo aún más. Ahora caen en la cuenta de que ninguna de las dos alternativas resulta atractiva.

Recomponer el país comportará la enemistad de los kurdos. Hasta ahora han gozado de autonomía. Confundir la mayoría árabe chiita con la minoría árabe suní –hágase lo que se haga con los kurdos– enfurecerá a una u otra de estas dos comunidades. En caso de aplicarse algún tipo de representación proporcional, esta iniciativa incomodará a los suníes, que durante mucho tiempo han gobernado el país. Si el actual intento de constituir asambleas consultivas permite a los suníes recobrar el poder, los chiitas se enfurecerán. Sin embargo, las cosas aún pueden tomar un rumbo peor si el país sufre un proceso de balcanización. Será un país compuesto de pequeños y frágiles fragmentos, pero también rico en petróleo y rodeado de vecinos más fuertes que tratarán de dominarlo.

Considérese, en primer lugar, Kurdistán. Ni Turquía ni Irán –países convencidos de que el control del Kurdistán es esencial para su seguridad– dejarán que continúe viviendo en su aislada posición. Turquía teme que aun en el caso de un Kurdistán con un estatus similar al de la autonomía se corre el riesgo de que pueda constituir una base de operaciones de las guerrillas kurdas contrarias a Turquía. Y tanto Turquía como Irán observarán avaramente los recursos petroleros del Kurdistán iraquí.

El sur de Iraq, por su parte, no puede definirse tan nítidamente desde el punto de vista geográfico o social como Kurdistán. En la mayor parte de su territorio, suníes y chiitas conviven estrechamente. Ahora bien, tanto desde el punto de vista cultural como religioso, la mayoría chiita mantiene estrechas relaciones con sus homólogos chiitas de Irán. Irán intentará –y a ello le alentarán los chiitas iraquíes– desempeñar un papel dominante en la zona, lo que atemorizará a Kuwait y a otros estados del Golfo, ya que Irán –a lo largo de su historia– ya ha intentado dominarla. Además, más allá de las consideraciones culturales, religiosas e incluso estratégicas, pesan importantes incentivos económicos para que adopte esta postura: el sur de Iraq se sienta sobre enormes reservas de petróleo, mientras que las suyas propias disminuyen.

Por último, Bush ha subrayado repetidas veces que la idea fuerza de su Administración es la de combatir el terrorismo. Y un Iraq balcanizado, compuesto de estados o entidades políticas de poca monta, recelosas y recíprocamente hostiles –aunque potencialmente ricas– podrían suministrar el semillero perfecto y también las bases operativas del terrorismo.

Más allá de estos factores de carácter político, cultural y de seguridad, existen poderosos incentivos económicos para que EE.UU. se quede en Iraq. Aunque la reconstrucción de las estructuras hechas añicos costará a los contribuyentes norteamericanos tal vez medio billón de dólares, canalizará miles de millones de dólares hacia las arcas de empresas norteamericanas. No es ningún secreto que estas empresas mantienen estrechos lazos con la Administración Bush.

Y, abundando en las cuestiones que asoman en el horizonte económico, surge la cuestión del petróleo. Iraq, como ha subrayado el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, nada en un mar de petróleo. Sus reservas, aunque nunca se han reconocido las cifras, superan probablemente las de Arabia Saudí y desde luego son mayores que las de Kuwait o de Irán. Producir petróleo en Iraq es mucho más barato que en cualquier otro lugar del mundo. Y mientras los yacimientos petrolíferos se agotan en todo el planeta, Iraq constituye la única fuente que puede arrogarse la condición de poder atender la creciente demanda de petróleo prevista en los próximos decenios. Aunque no existen cálculos precisos sobre la demanda, ésta se situará en torno a los 30 a 40 millones de barriles diarios suplementarios de petróleo. Dado que Arabia Saudí produce actualmente 10 millones de barriles diarios, la demanda de nuevas fuentes de producción equivale a tres

O cuatro nuevas Arabias Saudíes. Por tanto, EE.UU. –desde sus bases en Iraq– se hallaría en condiciones de establecer el nivel de la producción petrolera iraquí y de controlar la del Golfo, pudiendo en consecuencia dominar el panorama de la energía mundial.

Por tanto, y aunque el intermitente del vehículo de la política norteamericana indica la salida de Iraq, tanto las acciones que se emprenden como los objetivos de ésta apuntan en una dirección completamente distinta.