¿Qué clase de españoles somos?

«El gran problema para nosotros no es saber desde cuándo somos catalanes, sino desde cuándo somos españoles y qué clase de españoles somos», se preguntaba el historiador Ramon d’Abadal, en 1966, en correspondencia con Américo Castro, en ocasión del envío de su prólogo al volumen XIV de la Historia de España, dirigida por Menéndez Pidal. Mientras la primera pregunta, desde cuándo somos españoles, permite respuestas múltiples en función del momento histórico que privilegiemos, la segunda cuestión que planteaba Abadal me parece más sutil e interesante. Es cierto que los catalanes pudimos dejar de ser súbditos de la monarquía española en el siglo XVII, siguiendo los pasos de Portugal, pero no fue así y en los cuatro siglos siguientes las élites sociales y políticas catalanas no tuvieron otro empeño que el de lograr, por vías diversas, un mayor peso de Catalunya en la gobernación española. Esto se expresó con mayor fuerza a finales del siglo XIX, y a lo largo del siguiente, con la aparición del catalanismo político, que sustancialmente es una propuesta alternativa a la vertebración centralista del Estado liberal español. No nacía de la nada, pues el catalanismo enlaza con el federalismo primigenio del siglo XIX, y en algunos aspectos con el carlismo.

La pregunta de Abadal no se formulaba tampoco en el vacío, pues no solo era un gran historiador, alejado del romanticismo historiográfico tan de moda en su época, sino que antes de la guerra civil había sido un dirigente destacado de la Lliga Regionalista, el partido de Prat de la Riba y Francesc Cambó. El autor de trabajos como Catalunya Carolíngia era, pues, un catalanista liberal, que en el momento que escribía a Américo Castro colaboraba con la oposición monárquica al franquismo, siendo miembro del Consejo Privado del conde de Barcelona, Juan de Borbón. En pleno franquismo, los catalanes tenían muchas razones para sentirse maltratados, tanto por la falta de libertades civiles y políticas, como por el «unitarismo patriotero español» que Abadal denunciaba ante Castro y que perseguía la asimilación lingüística y cultural. Pero, pese a todas las adversidades, los catalanistas no renunciaron durante el franquismo a su proyecto genuino: una España democrática vertebrada desde la diversidad. Porque el catalanismo, además de ser una afirmación identitaria sobre la base de la lengua, la historia y la cultura, constituía también un proyecto político para el conjunto de España fundamentado en la idea de la autonomía para cualquiera de sus partes, sobre todo para aquellos territorios con conciencia nacional, pero sin exclusiones de ningún tipo.

¿Qué clase de españoles somos?, me parece, pues, una pregunta muy oportuna en un momento en el que desde el soberanismo rampante, sea como esnobismo o como conversión tardía de veteranos autonomistas, se niega la mayor. Hoy resulta sorprendente que a los catalanistas que seguimos apostando por el autogobierno y por un proyecto de España compartido se nos tache despectivamente de «unionistas», en el sentido irlandés del término, es decir, referido a aquellos protestantes de origen inglés o escocés que deseaban una sola entidad política con Gran Bretaña. Como escribe Rafael Jorba en La mirada del otro (2011), un sector creciente de la sociedad catalana está abandonando la doble defensa de la identidad y de la alteridad, y ha dejado de creer en una Catalunya plural dentro de una España diversa. Coincido plenamente con este veterano periodista en que el problema hoy es que el universo simbólico soberanista, con un star system endogámico que brilla en TV-3, en la radio y en gran parte de la prensa escrita, no se corresponde con la mayoría social catalana, mucho más compleja. Por eso a las consultas independentistas ha ido a votar un numero muy respetable de ciudadanos, pero claramente minoritario, si bien desde esos mismos medios se las ha investido de una trascendencia histórica. Para los federalistas y los autonomistas, el problema que plantea el independentismo no es tanto su crecimiento numérico como su fuerza de afirmación.

A la pregunta de Abadal, qué clase de españoles somos, respondo diciendo que los catalanes nos sentimos mayoritariamente formando parte de una nación histórica y cultural, en cuyo interior conviven una gran pluralidad de identidades, pero que no entran en colisión con la catalanidad básica del país, ni niegan la voluntad de articular una sola comunidad. Y al mismo tiempo, los catalanes sentimos también como propia la realidad española, y no queremos renunciar a ella, tanto por un evidente riesgo de fractura social como de desgarro emocional. Con todo, es cierto que esta visión inclusiva se encuentra asediada por dos fuerzas regresivas que se retroalimentan y que han ido paulatinamente socavando el consenso político forjado en 1978: el neocentralismo y el soberanismo, que comparten y difunden la tesis del fracaso de nuestra historia reciente. Frente a la cual estoy seguro de que Ramon d’Abadal se sentiría enormemente perplejo.

Por Joaquim Coll, historiador.

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