¡Qué cruz!

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 09/03/03):

Desde hace varias semanas cada mañana al despertarme leo en voz alta, balbuceando como imagino que podría hacerlo él, la misma página del devocionario de Oswald Chambers que poco después, parcialmente compensada la diferencia horaria por su condición de madrugador crónico, leerá George W. Bush antes de prepararle el café a su esposa Laura. ¿Que cómo puedo saber cuál será la página exacta? Muy sencillo: hoy 9 de marzo, la del 9 de marzo.Mañana día 10, la del día 10. No tiene pérdida.

El predicador escocés que evangelizó a los soldados australianos y neozelandeses destinados en el frente egipcio durante la Primera Guerra Mundial no dejó nada al albur antes de morir de un ataque de apendicitis. Su cristianismo encapsulado para los grandes pueblos de habla inglesa, que diría Churchill, lleva hasta tal punto la refutación del libre albedrío -nada importa lo que hagamos, pues nuestro destino está en manos de Dios- que ni siquiera te deja margen para abrir el librito en cuestión por la página que más te pida el cuerpo, como hacen San Ignacio de Loyola o San José María, perdón San Josemaría, Escrivá de Balaguer en sus famosos breviarios. No, aquí todo obedece a un plan predeterminado porque si somos meros intérpretes de los cerrados designios de la Divina Providencia, lo menos que podemos hacer es empezar el día leyendo, simplemente, lo que toque.

¿Qué día se difundió que Francia y Rusia vetarían la segunda resolución? El 6 de marzo. Pues esa mañana el presidente de los Estados Unidos leyó la página del 6 de marzo, curiosamente dedicada a lo que se debe hacer «en las necesidades, tribulaciones y contratiempos».¿Qué día estuvo Aznar en el rancho de Texas? El 22 de febrero.Pues esa mañana su acogedor anfitrión leyó la página del 22 de febrero, casualmente titulada «La Disciplina de la Perseverancia Espiritual» e introducida por una oportuna cita del Libro de los Salmos: «Quédate callado y que sepas que yo soy Dios».

El librito en cuestión se titula My Utmost for his Highest («Mi Máximo para su más Alto», según la chapucera traducción literal de la Iglesia Baptista), fue dictado por Chambers a su esposa en sus ratos libres y ha vendido ya dos millones de copias en los Estados Unidos dentro de lo que llaman el Cuarto Gran Despertar Episcopaliano del que formó parte la caída del caballo -o más exactamente de la botella- que hizo renacer en la fe a Bush II.Ya se sabe que en materia de comunicación y marketing los norteamericanos nos sacan a todos los demás cuatro cuerpos de ventaja: cualquiera que se anime a recitar y meditar cada mañana sobre el más allá y el más acá, al unísono que Bush, puede conectarse a www.gospelcom.net/rbc/utmost/today y experimentará sensaciones parecidas a las mías.

No, no se preocupen. No es que la crisis de Irak y el choque de civilizaciones esté llegando a obsesionarme hasta el extremo de bordear el trastorno psíquico, como le ocurre a Oriana Fallaci que en una reciente entrevista ha declarado que cuando George W. sale diciendo que «el Islam es una religión de paz», ella le replica al televisor: «No digas eso porque no es verdad» y cuando aparece la sonrosadita Laura, va y le grita: «¡Mamá! ¡Mamá!», simplemente porque los dulces rasgos de la señora Bush le recuerdan a los de su difunta madre. No, lo mío es algo mucho menos emotivo y probablemente bastante más presuntuoso.

Influido sin duda por una reciente visita a la exposición homenaje a Roland Barthes que se exhibe en el Centro Pompidou de París he pensado que tal vez los elementos clave del inseparable libro de cabecera del hombre que está a punto de soltar el chupinazo pueden ayudarnos a entender, en un ejercicio de estructuralismo de andar por casa, de dónde le viene tanta alegría y entusiasmo al encender la mecha. Y mis hallazgos son simplemente prodigiosos.

Así el jueves de esta semana, con el guante del veto franco-ruso-chino sobre la mesa, Bush y yo leímos que «la única manera de vivir una vida invicta… es la tenaz perseverancia, incluso cuando otros no puedan ver su mérito». Así anteayer viernes, cuando la propia prensa norteamericana le acusaba de dividir a la ONU creando problemas más graves que el que trata de resolver, él y yo leímos que «puesto que las olas enormes que asustarían a un nadador ordinario producen una emoción tremenda al surfista que las cabalga, apliquémonos eso a nuestras propias circunstancias» porque «un santo no conoce la alegría del Señor a pesar de las tribulaciones, sino a causa de ellas». Así ayer mismo, después de la frustrante reunión del Consejo de Seguridad en la que Blix y El Baradei restaron a la urgencia belicista sus últimos argumentos razonables, él y yo musitamos que «si encaras la cuestión de si debes rendirte o no, toma la determinación de seguir adelante en medio de la crisis… y entonces Dios te equipará con todo lo que El requiere de ti». Y cuando a continuación escribí este artículo, después de leer un análisis de The New York Times según el cual Bush se está literalmente «jugando su presidencia», ya sabía que lo que en esta mañana de domingo recitaríamos los dos incluiría una taxativa recomendación: «Debemos mantener continuamente una actitud aventurera hacia El, al margen de cualquier potencial riesgo personal».

¿Y saben qué es lo que el devocionario de Oswald Chambers le preguntó a Bush el 11 de Septiembre de 2001 cuando yo aún no me había unido a sus meditaciones? Pues lo siguiente: «¿Te has encontrado alguna vez respondiendo con un “Oh, eso ya lo haré cuando esté en terreno misionero”?» Si quieren encontrar en algún sitio las raíces profundas de la doctrina del ataque preventivo, fíjense en cómo el pastor baptista contesta a su propia pregunta: «Hablar de esa manera es como intentar producir las armas para la guerra, estando ya en las trincheras del campo de batalla: te matarán mientras lo intentas». El mensaje de la víspera -titulado «Armas Misioneras»- aún había sido más premonitoriamente explícito: «Damos por hecho que si tuviéramos que afrontar una gran crisis estaríamos listos para la batalla… ¿Te has encontrado alguna vez preguntándote, “si Dios me llama a la batalla estaré a la altura de las circunstancias”?… Las crisis siempre revelan el verdadero carácter de las personas».

Pero aún hay más. Frente al realismo sensato de un mundo construido con los pies en el suelo en torno al principio de que lo mejor es enemigo de lo bueno, My Utmost for the Highest preconiza (25 de mayo) que «las buenas elecciones no son suficientemente buenas» porque -chúpate esa mandarina- «lo bueno es enemigo de lo mejor».O sea que, se consiga lo que se consiga, nada será bastante: ni la presencia permanente de los inspectores, ni la autorización de los vuelos de los aviones espía, ni las entrevistas privadas con los científicos, ni la destrucción de los cohetes algo pasados de frenada… No, todo eso son cosas indiscutiblemente buenas, pero el Dios de los Ejércitos de Bush le ha encomendado lo mejor -sustituir a Sadam por el general Tommy Franks- y nada le apartará de tal designio. ¿Que eso significa dejar Mesopotamia como un queso de gruyère en cuyos cráteres queden hechos picadillo civiles y militares, hombres y mujeres, ancianos y niños? No problem.Para eso está el devocionario de Oswald Chambers, para ahuyentar todo escrúpulo moral de cualquier paladín de la cristiandad a la hora de desenvainar la espada frente a los muros de Jerusalén.«La vida sin la guerra es imposible tanto en el reino natural como en el sobrenatural», dice, con un par, la tableta espiritual del 4 de diciembre. «Para alcanzar la moralidad debemos combatir».

Ignoro si, de la misma manera que en la Casa Blanca se han creado grupos de lectura de la Biblia, Bush invitó a Aznar a compartir el amanecer en el rancho -elocuentemente situado en una propiedad llamada Prairie Chapel, de modo que la «casita de la pradera» es allí «capillita de la pradera»-, leyendo al alimón la veintena de líneas sobre «La Disciplina de la Perseverancia Espiritual» programadas para ese sábado 22 de febrero. Pero estoy seguro, en todo caso, de que nuestro berroqueño presidente habría estado muy de acuerdo con el planteamiento: «La perseverancia es más que la resistencia. Es la resistencia combinada con la absoluta confianza y certeza de que lo que estamos pretendiendo que suceda, va a terminar sucediendo». ¿O acaso no es el contagio de esa impermeable aureola de seguridad en sí mismo que rodea al José María Aznar de la mayoría absoluta, lo que explica, junto a las miserias de las listas cerradas y bloqueadas, el agredido patriotismo de partido y otras zarandajas, el pleno al quince -183 de 183- de la noche del martes en el Congreso?

Lo ocurrido esta semana demuestra que es cierto lo que él mismo viene comentando últimamente con personas de su confianza: que nunca ningún dirigente, ni siquiera Felipe González en sus mejores tiempos, ha tenido durante estos años de democracia tanto poder de persuasión sobre el partido que lidera. Naturalmente eso acrecienta la gravedad de su equivocada apuesta, pues si todo lo malo que está a punto de pasar termina pasando, esta no será ya sólo «la guerra de Aznar» sino también «la guerra del PP». ¿Quién nos representa, por cierto, después de tan hermético cierre de filas, a los pacifistas de ideas liberales -o conservadoras- que no seamos ni canarios ni catalanes?

Andaba yo en esta cavilación cuando la lectura del discurso del presidente ante la Junta Directiva Nacional del lunes me hizo darme por aludido. Se trata concretamente del pasaje en el que, insistiendo una vez más en la disparatada comparación con la crisis del 38, aprovechó para volver a desdeñar las objeciones periodísticas y a envolverse en el ropaje de quien, bajo el peso de la púrpura, ejerce el monopolio de la interpretación de los intereses nacionales. «¿Habéis visto que alguien haya pedido responsabilidades a todos aquellos miembros, por ejemplo, de los medios de comunicación de entonces que manifestaban su posición a favor (del apaciguamiento de Hitler mediante sucesivas concesiones)?», inquirió Aznar a su manada. «Pero en cambio a los dirigentes políticos de entonces se les exigieron responsabilidades y a los de ahora se nos exigen responsabilidades».

Pues no es así, porque después de la invasión de Checoslovaquia el potro de tortura de la hemeroteca funcionó en pie de igualdad tanto para los artistas como para sus majorettes. De hecho a quien los fantasmas de Múnich descoyuntaron de por vida y cocinaron a fuego lento no fue a Neville Chamberlain, que murió enseguida, sino al director del Times, Geoffrey Dawson, obligado a explicar una y otra vez, boca arriba, boca abajo, de frente y de costado, por qué publicó el infame editorial de aquel 7 de septiembre sobre los Sudetes, en el que cínicamente se recomendaba «la conversión de Checoslovaquia en un Estado más homogéneo, mediante la cesión de esa franja de poblaciones extranjeras que son contiguas a la nación a la que están unidas por la raza».

Cuando llegan encrucijadas de este calibre, todos cuantos tomamos público partido estamos sometiéndonos al veredicto de la Historia.Vuelvo a reiterar que Aznar iba para notable alto y que personalmente sentiría en el alma que este último parcial le escachifollara el promedio, pero no puedo dejar de decir lo que veo, lo que escucho y, en el caso de My Utmost…, lo que leo. No creo que, a pesar de la consigna del salmo del día, nuestro presidente se quedara callado en Texas, pero a juzgar por cuanto ha sucedido desde su visita, tengo la impresión de que, dándole la vuelta a su metáfora histórica, Bush se lo llevó al huerto en el salón del rancho de Crawford con la misma facilidad con que a Chamberlain y Daladier les vendieron la moto en la Führerbau de la capital bávara. Distorsión por distorsión, podríamos decir que también ahora el gobernante de una gran potencia pretende apoderarse con exageraciones y pretextos de un país de rango medio, situado en el centro de una región estratégica y dotado de grandes recursos naturales. Y para ello necesita compañeros de viaje. Si Sadam no es Hitler, menos aún puede serlo Bush, pero en Aznar sí que percibo la misma bienintencionada ingenuidad de quienes, en expresión de William Manchester, «bailaron la cuadrilla» con Mussolini y con el Führer.

Basta ver en qué diminuta concesión verbal han quedado las ilusiones de nuestro presidente de que Bush relanzara el proceso de paz en Palestina. Su quimera del avión de regreso a España sí que sonaba como el Peace for our time del caballero del paraguas y el bombín. Todo apunta a que Aznar va a tener la guerra y -termine como termine- va a tener, también, por el mismo precio, el deshonor de haber coadyuvado a ella. El aguafuerte que Carlos Fresneda dibuja hoy en nuestro suplemento Crónica sobre la actual sindicación de acciones entre la Administración Bush y la interpretación de la Divina Providencia que hacen las confesiones más reaccionarias de Estados Unidos no viene sino a corroborar el diagnóstico de Simon Schama cuando afirma esta semana en The New Yorker que «lo que los intelectuales europeos encuentran más repugnante de Norteamérica es la mojigatería -¡qué inigualable palabra, “sanctimoniousness”!- consistente en vestir los negocios del poder con el ropaje de la piedad».

Por eso frente a ese episcopalismo «compasivo», empeñado en acumular en un ala del bombardero tantas guerras preventivas como palotes de penas de muerte no conmutadas lleva en la otra, yo escéptico, yo descreído, yo pecador, yo laico empedernido miro estos días la espalda encorvada del Papa de Roma y, sin rendir ni uno solo de los salvavidas de mi racionalismo protector, reconozco en ella el peso de la rebelión del gran San Agustín y la huella del inmenso bagaje intelectual de Tomás de Aquino, legendarios debeladores de la «guerra injusta» unos cuantos siglos antes de que el naturalista Cornelius de Pauw sostuviera en la corte de Federico el Grande que los perros del Nuevo Mundo no eran capaces de ladrar.

Con su inmarcesible ingenio el ya muy octogenario Peter Ustinov, símbolo de todos los valores que encarna la UNICEF -porque en Irak, por si a alguien se le estaba olvidando, también hay niños-, echaba cuentas el otro día en el Financial Times y decía que si Bush «volvió a nacer» en el 86, pues en esta su segunda vida acaba de cumplir los 17 años y eso se le nota. Por ejemplo, añadiría yo, en una espiritualidad adolescente que recuerda las viñetas de «humorismo militar» del Reader’s Digest y demuestra que cuando tras el 11-S habló de emprender una «cruzada contra el terrorismo» no es que se le fuera la olla, sino que en algún rincón de su devocionario descubrió el encargo de emular a Ricardo Corazón de León y encontrar cuanto antes a su Saladino, con barba y bigote.

No les entretengo más con la mandolina del escocés determinista.Pero cómo será la cruz de esa cruzada, que hasta un derrengado Karol Wojtyla se ha visto obligado a sacar sus últimas fuerzas de flaqueza e intentar levantarla al peso para quitarla del camino y ahorrársela al hombre del mañana. De ahí que se entienda menos, que no se entienda nada, que al presidente de la católica España lo hayan trincado de monaguillo en la procesión que avanza en la dirección contraria. Francamente a esto no le veo salida.Ya no sé si pedir ayuda al padre Angel o repicar yo mismo todas las campanas de la ironía para recordarle a Aznar aquello de que si no creemos en nuestra Iglesia, siendo como es la verdadera, menos aún están los tiempos como para dejarnos enganchar en ninguna de las falsas.

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