Qué debe hacer un médico ante las mujeres que sufren violencia

Hablar de la violencia contra la mujer no es hablar solo de las mujeres asesinadas a manos de sus parejas, 647 en la última década y 44 en lo que va de año, o de los niños asesinados por violencia de género contra sus madres, siete en lo que llevamos de año, la cifra más alta de menores víctimas de esta lacra.

Si tenemos en cuenta que solamente en el segundo trimestre de este año 40.366 mujeres habían presentado denuncia como víctimas de violencia de género, 6.926 más que en el mismo periodo del año anterior, la mayoría con orden de protección o medidas cautelares, estamos ante cifras que muestran la magnitud del conflicto. Al margen de estadísticas y de que, en una sociedad democrática, constituye una manifestación inaceptable de discriminación, desigualdad e inequidad, se trata de un problema de salud pública de primer nivel y un serio problema sociosanitario que afecta a toda la sociedad y, por supuesto a la profesión médica.

Porque son los médicos y, en especial, los profesionales de Atención Primaria, los primeros en detectar, cuando una mujer acude a consulta con lesiones sospechosas o bien con demandas reiteradas donde no se objetiva ninguna causa orgánica, que detrás de ellas puede haber maltrato o violencia. Es en este espacio de relación médico paciente, cercano, de confianza y continuado en el tiempo, donde las víctimas de violencia y/o maltrato se atreven a compartir su situación. Nuestro papel no se debe limitar a curar heridas o efectuar la pertinente tramitación judicial ante un posible caso de violencia de género. Debemos ir más allá de la atención y actuar en la prevención a través de una detección temprana que dé lugar a la utilización de los diferentes recursos que la sociedad pone en favor de la mujer víctima de la violencia.

El hecho de que tan solo un 5% de los casos de violencia de género denunciados sean detectados desde la Atención Primaria evidencia que, aunque se hayan establecido protocolos para percibirlo, aún queda mucho camino por andar hasta incidir en la prevención y detección de esa violencia.

La profesión médica española y también la iberoamericana, a través del Foro Iberoamericano de Entidades Médicas, lleva años alertando sobre este problema y asumiendo la responsabilidad profesional y ética que nos marca nuestro Código de Deontología que entre otras obligaciones, nos exime, precisamente, del secreto profesional en caso de malos tratos y/o agresión sexual.

También desde la Asociación Médica Mundial se ha revisado en dos ocasiones la Declaración sobre Violencia Familiar de 1996, que afecta no solo a las mujeres, sino también a los niños y ancianos y se ha dejado claro el importante papel que juega el médico en la prevención y tratamiento de la violencia familiar, dejando constancia de su labor en el tratamiento no solo de las heridas, sino en las enfermedades y problemas psiquiátricos derivados del maltrato, pero también, en la coordinación con los servicios sociales de la comunidad o cualquier otro que sea de utilidad para las víctimas.

En cuanto a la atención sanitaria en sí, estamos ante un problema de salud que va más allá de las lesiones o golpes producidos en cada agresión porque la violencia mantenida ya sea física o psíquica genera una serie de problemas crónicos de salud que generan la necesidad de atención sanitaria. Según datos de la OMS, las mujeres víctimas de malos tratos utilizan un 20% más los servicios sanitarios que las que no lo sufren.

Para todo ello, los médicos debemos comprometernos con una formación y capacitación adecuada para afrontar este problema de salud pública, tanto en el grado como en la especialidad y el postgrado, es decir, formación médica continuada que nos faculte de una manera integral a la hora de detectarlo, afrontarlo e investigarlo, comprendiendo los factores de riesgo, la frecuencia, etc., para, en definitiva, ofrecer la óptima atención a las víctimas.

El Pacto de Estado contra la violencia de género aprobado este año viene a refrendar nuestra posición con la introducción de la educación sobre igualdad en las carreras profesionales, entre ellas, las sanitarias, así como el acuerdo sobre prevención precoz sanitaria, con protocolos de detección de víctimas de violencia machista en urgencias y Atención Primaria. El hecho de que se ponga en marcha una clave de seguimiento en las historias clínicas para identificar los casos favorecerá, sin duda, la coordinación entre profesionales para que estos puedan interpretar adecuadamente los síntomas de la violencia de género.

Esperemos que esta fecha del 25 de noviembre, que tiene su origen en el asesinato de las hermanas dominicanas Miraban en 1960, no sea una fecha más en el calendario y ese Pacto de Estado que han firmado la práctica totalidad de los partidos sea un paso importante en la lucha contra este grave problema. Hay que transmitir a las víctimas que hay salida y que todos, también su médico de Atención Primaria, puede ayudarle a afrontar sus miedos y buscar una salida para liberarse del ciclo de la violencia. Ha llegado el momento de la prevención y de la detección.

Serafín Romero es presidente de la Organización Médica Colegial.

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