¿Qué desencanto, majestades?

Mi liberada:

Recordarás. A finales de 1976 se estrenó El desencanto, de Jaime Chávarri, que trataba de las exageradas relaciones entre los miembros de la familia Panero. Al margen del interés de sus coloquios, la película deslumbró por su estilo. Una descarnada conversación en blanco y negro. No teníamos noticia de que el cine pudiera ser así. La película provocó un raro impacto social. Se quiso ver en ella la disección psicoanalítica del franquismo, pero lo llamativo fue que el mayor impacto no lo provocara la metáfora de la historia, sino la del título. Más llamativo aún si se tiene en cuenta que Chávarri le puso El desencanto porque le gustaba la palabra, y su aire olvidado, desde que la había vuelto a oír en boca de Chicho Sánchez Ferlosio: “Ay, qué desencanto/ si me borrara el viento/ lo que yo canto”, dice el estribillo de Los dos gallos. El título se le ocurrió cuando aún estaba haciendo la película y hasta tal punto estaba dispuesto a defenderlo que lo introdujo sibilinamente durante la conversación con la familia. Felicidad Blanc, la madre de los niños Panero, la pilló al vuelo: “¿Desencanto? Yo no he vivido nunca encantada”. El título, por tanto, nada tenía que ver con el tema. En la película se mostraba una cromática variedad de sentimientos; pero el desencanto estaba ausente. Quizá fuera por la escéptica razón que había apuntado la madre Felicidad.

que-desencanto-majestadesEl desencanto se proyectó durante una larga temporada y conforme fue calando, fue calando su título. Recuérdalo. Coincidió con la edad de oro de la democracia española. En 1976, pocas semanas después de su estreno, se aprobaba el referéndum de la reforma política. En 1977 se celebraban las primeras elecciones libres. Y en 1978 el referéndum de la Constitución. Pues bien, en algún momento de este período, y de una manera sostenida e insidiosa, la gente empezó a convertirse al desencanto. Lo recuerdo vivamente. Yo empezaba a trabajar de periodista, y me daba aires preguntando a mis entrevistados a qué atribuían el notable desencanto que atravesaba la faz de la tierra y mis veinte años. Ni en la película ni en la vida española el desencanto tenía el menor sentido y el ejemplo demuestra con qué frivolidad e impunidad se diseminan los memes sociales.

El jueves pasado el Rey utilizó la palabra desencanto para describir el sentimiento de los españoles respecto del largo bloqueo de gobierno. Y también alude al desencanto, aun sin nombrarlo, al desencanto de Europa, el manifiesto Llamamiento a la reacción de los europeos que firman Felipe González, Roberto Saviano y Wim Wenders entre otras decenas de intelectuales y políticos. Ni al Rey ni a esas otras majestades se les puede discutir la buena intención. Pero es que la buena intención no se le puede discutir a casi nadie.

La obligación de políticos e intelectuales es la de señalar con precisión las responsabilidades ante los hechos. Los españoles no estaban desencantados por el bloqueo gubernamental. Los españoles, incluso buena parte de los españoles socialistas, estaban indignados por el bloqueo que el Psoe decretó. De ahí que la víctima del proceso haya sido el partido socialista. Al principio de su llamamiento, las élites europeas señalan las causas del Brexit y de la victoria de DT: “El aumento de las desigualdades, el ascensor social que no funciona, el miedo a la pérdida de identidad acrecentado por el temor a la inmigración en masa, el olvido del tema social, un sistema educativo y cultural deficiente, la desconfianza hacia unas élites obsesionadas por sus intereses personales y unas instituciones públicas consideradas costosas e ineficaces”. Es penoso que hayan olvidado señalar una última (o primera) causa: la manifiesta incapacidad de las élites europeas para pensar y actuar profunda y verazmente. No sé si su humillante complejo de culpa es una de las causas de la ascensión de los populismos; pero sí es una de las causas que dificultan gravemente la solución. El párrafo revienta de bullshit. Ese extremo cuidado eufemístico con el que se alude al racismo de tantas buenas gentes europeas: “…el miedo a la pérdida de identidad acrecentado por el temor (es decir el miedo acrecentado por el miedo: curiosos intelectos gramaticales que aún creen que la redundancia se resuelve con sinonimia) a la inmigración en masa”. Sin embargo, lo más nefasto del texto es cómo reproduce y blanquea los mantras populistas. La última crisis económica hizo crecer (pasajeramente) la desigualdad en Occidente; pero la desigualdad se reduce cada día en términos globales. El ascensor global funciona mejor que en cualquier otra época de la humanidad. El olvido del tema social es una frase tan descuidada y soez como ilustrar una noticia sobre el crecimiento económico español con imágenes de la muerte por asfixia de una anciana. En cambio, algo de verdad debo reconocer, a la luz del texto, sobre la deficiencia del sistema educativo y cultural. Unas élites obsesionadas por sus intereses personales no le llega a la suela de los zapatos a la peor línea de guion de House of Cards. Y en cuanto a las instituciones, sólo el populismo las desprecia: sabe que son la línea Maginot del sistema. Toda la acción del populismo se resume en la extraordinaria frase italiana (Rafael Sánchez Ferlosio la atribuye a Carducci, un día que ya en la puerta de casa tuvo que volverse a por el paraguas), nunca demasiado repetida en esta época: “Piove, governo ladro“. La primera victoria del populismo es hacer creer que llueve a cántaros. Y la deriva intelectual y política es considerar que su distópica fantasía pertenece al aclamado y dominante género de la ficción basada en hechos reales.

Por el contrario, la obligación de sus majestades sería desentrañar con fuerza, trabajo y humildad cómo (el único porqué legítimo es el que se desprende del cómo) se están construyendo catastróficos consensos sociales a fuerza de mentiras. La obligación, también, de no invocar justificaciones nacidas de la mala conciencia, del infantilismo de adjudicar causas, es decir, causas justas, es decir, justicia, a cualquier reivindicación que prenda en la desigualdad humana. La obligación final de denunciar que los métodos populistas para acabar con la desigualdad pertenecen a encantos (nacionalismo, comunismo) cuya única vinculación con lo real es el rastro de muerte que han dejado en la historia.

Como Felicidad Blanc, majestades, no estuvimos ni estamos sometidos a poderes mágicos.

Y tú sigue ciega tu camino.

Arcadi Espada

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