Que el cielo lo juzgue

No hace muchos años, Kellyanne Conway, asesora de Trump en la Casa Blanca que luego dimitió, durante una entrevista que le estaba haciendo en la CNN Anderson Cooper, uno de los grandes periodistas televisivos norteamericanos, viéndose acorralada por una serie de preguntas comprometidas, salió al paso de la siguiente manera: "Nosotros tenemos verdades alternativas". Esta frase genial de una militante republicana, podría servir para resumir lo que ha sido este Gobierno ya difunto de "verdades alternativas", que no de mentiras, cosa que jamás, según ellos, cometieron. Cuando, tampoco hace mucho, Putin llenó de soldados Crimea y se la comió, apareció en la televisión rusa diciendo que aquellos militares de su país habían vuelto, como en otras épocas, a veranear en tan bella península. ¿Acaso no tenían derecho a elegir dónde vacacionar? Evidentemente, ni siquiera los más fanáticos seguidores le creyeron, pero lo que él realmente quería demostrar con su falacia era que tenía un poder absoluto sobre la verdad. Lo mismo que ha venido haciendo nuestro presidente durante su mandato. ¿Cambiará ahora? Como escribe Philipp Blom en Lo que está en juego, el sueño autoritario puede adquirir distintas formas, según el contexto en que se inserte. Y ese sueño hoy, en nuestro país, es compartido tanto por los nacionalistas como por nuestro presidente. Por eso es capaz de no inmutarse cuando se insulta a nuestra democracia comparándola con Turquía y a él mismo con Erdogan. ¡Ningún comentario al respecto! Los independentistas dan las órdenes.

El desmantelamiento que se está llevando a cabo, y nada sibilinamente, de nuestras instituciones democráticas que tanto costó levantar, nos muestra que Sánchez ya no tiene confianza en ellas porque son un lastre para lo que él considera que es fundamental: sus propias convicciones. Una democracia basada en la ley que ya no se cumple puede involucionar de una manera tan rápida como esas canoas sobre los rápidos antes de las cataratas. Richard J. Evans, historiador británico, profesor en Cambridge, autor de una gigantesca trilogía sobre El Tercer Reich, nos viene a decir que cada sociedad muere a su manera. Quiero pensar que todavía no estamos en eso. A la parvularia e imberbe democracia española, en vez de seguirla fortaleciendo en todos los pilares sobre los que se sustenta, se la está fragilizando cada vez más. Deteriorando su imagen interior y exterior, así como desestabilizando el gobierno de sus instituciones esenciales; sobre todo, el poder legislativo y el judicial. La sociedad civil aún resiste a duras penas. Por ejemplo, los medios de comunicación, permanentemente zarandeados si no seguían, hasta hace poco, la línea del pensamiento redondiano, esa gran aportación al pensamiento político universal afortunadamente finiquitado, aunque su difunto creador, en la redacción infantil de su propia esquela nos amenace con "volvernos a ver". ¿Logrará este nuevo Gobierno regresar a la senda perdida del socialismo? Lo dudo, siguiendo al propio refranero español: los mismos perros con distintos collares, o viceversa.

El antropólogo y profesor norteamericano Scott Atran acierta a decir, con una ironía de gran riesgo, que las democracias son tan ficticias como cualquiera de las religiones existentes. ¿Coincide Sánchez con esta opinión? Lo cierto es que si la democracia colapsa por el cansancio y el agotamiento de los materiales que sostienen su estructura, ella no dará paso a ningún otro régimen político más libre, más pacífico, más representativo o igualitario, sino que por el contrario pasaremos al autoritarismo.

Durante estas últimas semanas venimos escuchando, y ya el escándalo es una virtud muy escasa, que lo político, es decir, lo correctamente político, está por encima de la ley. Cuando la ley es la única y máxima norma reguladora de nuestra sociedad. Rorty, en Filosofía y futuro, después de comparar diferentes opiniones concluía, salomónicamente, que la democracia debería mantenerse siempre unida por el acuerdo de otorgar "a lo justo la prioridad sobre lo bueno", y de hacer de la justicia la virtud primera. ¿Es eso lo que hizo el Gobierno cesante y hará este nuevo con los independentistas? En medio de esta tragicomedia en la que todos somos figurantes, seguimos en el caos: sanitario (la ministra ahí sigue), político (la propia crisis, el mayor síntoma), económico (mendigos de Europa), identitario (manejados por unos delincuentes separatistas). Quizás por eso el presidente ha dicho, reiteradamente, que hay que construir un nuevo país o un nuevo estado. E, implícitamente, que él puede acometer semejante hazaña sin ayuda de nadie, quizás a excepción de sus socios del cuerpo de zapadores, momentáneamente vivos y coleando. Por esta razón no solo las mentiras son necesarias, sino también imprescindibles. Quizás piensa que una multitud de mentiras juntas, como un castellet, construyen una verdad nueva y distinta. La verdad siempre la busca el amor. ¡Y Sánchez nos ama! Y qué injustamente lo juzgamos, antes de que el cielo lo juzgue, pues apenas quedará ya ninguna institución a este paso, para llevarlo a cabo. Sánchez y sus anteriores gobiernos asocialistas, fueron la mayor empresa constructora de la Disneylandia del independentismo. Fueron su gran socio capitalista. Este nuevo Gobierno, ¿dejará de serlo?

Estamos de nuevo, como en otros tiempos, en la vanguardia de la regresión a la barbarie. Lévy-Strauss nos hizo una aclaración esencial: que el bárbaro no es el negativo del civilizado sino, fundamentalmente, aquel que cree en la barbarie. La destrucción de nuestras instituciones democráticas por parte de los independentistas en colaboración con nuestro presidente, ¿qué puede traernos? Hay vida más allá de los independentistas, y en eso deberíamos poner todo nuestro esfuerzo para amparar a quienes en esos territorios, desde hace ya mucho tiempo, se sienten desamparados. Los pacíficos y civilizados todavía son los más. Zweig, en sus Diarios, en las fechas en que ya comenzó a percibir la destrucción de Austria y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, escribió que había que abandonar definitivamente "cualquier sentido del deber hacia el Estado, dado que no existen garantías de que él cumpla los suyos para con nosotros, que vamos camino de convertirnos en ciudadanos de cuarta clase, por ser antiguos alemanes o por ser judíos". ¿Estamos conformes, el resto de los españoles, en perder nuestra democracia? ¿Estamos conformes, el resto de los españoles, en sufrir el vilipendio y el odio de los independentistas a costa de nuestro dinero? ¿Estamos conformes, el resto de los españoles, en perder nuestra estabilidad económica, nuestra Constitución y nuestras leyes? ¿Estamos, en definitiva, dispuestos a ser españoles de segunda en algunos lugares de nuestro territorio nacional? ¿Se habrán hecho estas preguntas los nuevos ministros?

¿Qué ocurre con una sociedad que no quiere tener futuro si cae en uno de esos rápidos y no sabe cómo actuar? ¿Qué se quebrará? ¿Qué quedará? Nunca debe pronunciarse esta frase: "Eso no puede ocurrir nunca más". La sociedad solo tiene dos soluciones. Padecerlo o reaccionar contra ello democráticamente. Estamos ya al borde de agotar esa primera disyuntiva. El progreso es reversible, y la democracia siempre está en peligro. No hay democracia, no solo sin ley, sino también sin esperanza legítima y compartida. El profesor de Ciencia Política en la Universidad Humbolt de Berlín, Herfried Münkler, afirma que la democracia es una máquina lenta para ralentizar las tomas de decisiones. Entonces, ¿un autoritario para tomar decisiones rápidas? Además, el sueño autoritario siempre acaba vinculando elementos de derecha e izquierda, como hicieron los regímenes totalitarios.

Y la cultura vuelve a perder. El nuevo ministro Iceta asume esta cartera como un castigo y sin convicción alguna, dado que él es un político de mucha monta y este departamento es de menor cuantía para un político de raza. Iceta es quizás uno de los mayores perdedores. No sé si se dará cuenta de que está bajando por las escaleras de la mansión de Sunset Boulevard. Un importante ministro de Zapatero, de gran fuerza en el PSOE, al ser cesado, le preguntó el motivo, pues él tan solo había ejecutado sus órdenes. "Por eso mismo", le respondió impasible el presidente. ¿Alguien puede pensar que la ex ministra de Exteriores, una funcionaria, trajese al líder saharaui sin conocimiento de Sánchez? Todos los ministros cesantes lo han sido precisamente por cumplir fielmente los designios presidenciales. ¿Por qué razón lo serán los próximos? ¿Por lo mismo o por las urnas? Poco es el cambio de un gobierno para tapar tantas afrentas y pactos con los mayores enemigos de este país. Y, además, en la prórroga.

César A. Molina es escritor y ex ministro de Cultura. Acaba de aparecer su último libro titulado ¡Qué bello será vivir sin cultura! (Editorial Destino).

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