Que el grito de los pobres llegue a nuestros oídos

Escribiendo el Papa recientemente a los participantes en la XL Conferencia de la FAO recordaba que «no basta la intención de asegurar a todos el pan cotidiano, sino que es necesario reconocer que todos tienen derecho a él y que deben por tanto beneficiarse del mismo». No es suficiente, entonces, esforzarse para que disminuya el hambre en el mundo. Es preciso acabar con ella a través de medidas urgentes. Y, añadía Francisco en su mensaje, si los continuos objetivos propuestos para erradicarla «quedan todavía lejos, depende mucho de la falta de una cultura de la solidaridad que no logra abrirse paso en medio de las actividades internacionales, que permanecen a menudo ligadas solo al pragmatismo de las estadísticas o al deseo de una eficacia carente de la idea de compartir». O, lo que es lo mismo, hasta que no se reconozca el derecho de todo ser humano a una alimentación y a una vida digna, no se llevarán a cabo las iniciativas adecuadas para que eso sea realidad.

Solo partiendo del concepto de deber se podrá llegar al de derecho. Los deberes de los que tienen de sobra corresponden a los derechos de los famélicos. La solidaridad con ellos no es algo opcional, que se puede tener o no y que, si se tiene, es hermoso, pero si no se tiene no pasa nada. La lucha contra el hambre no es cuestión de limosnas, sino de derechos y, por tanto, de deberes.

Los países ricos tienen el deber de ayudar a los países pobres, empezando por asumir las condiciones ligadas a un comercio justo y pasando por cortar radicalmente la colaboración con la corrupción local, que para el bienestar de un país es tan dañina o más que las catástrofes naturales que en ocasiones les afectan de modo cruel. Con demasiada frecuencia, salen a la luz pública escándalos ligados a corrupción en países pobres, favorecida por multinacionales. El dinero que debía ir dirigido a financiar proyectos de desarrollo, termina por ser desviado a cuentas privadas, no raramente ubicadas en paraísos fiscales. Las compañías extranjeras se disculpan diciendo que si no hicieran eso no obtendrían los contratos de explotación que requieren, pero eso no justifica su comportamiento. Desde las instancias adecuadas, se debería supervisar mejor ese tipo de inversiones y transacciones, lo mismo que se está controlando con cada vez mayor eficacia la procedencia del dinero, para evitar no solo la evasión fiscal que debilita las arcas públicas, sino también el lavado de dinero procedente del narcotráfico o de otros delitos igualmente graves, como la trata de mujeres, la venta de armas o el mercado negro de órganos para trasplantes.

Y a este respecto, se vuelven luz las palabras del Santo Padre dirigidas a dicha Conferencia de la FAO: «Solo un esfuerzo de auténtica solidaridad será capaz de eliminar el número de personas malnutridas y privadas de lo necesario para vivir». Esa «auténtica solidaridad» que el Pontífice reclama se llevará a la práctica únicamente cuando las naciones la asuman como una real obligación, que permita hacer frente al derecho que tiene toda persona a llevar una vida digna, a no morir de hambre o tener que contemplar forzadamente cómo sus hijos crecen con una malnutrición crónica. Y si todo esto vale para cualquier hombre de buena voluntad, muchísimo más para un discípulo de Jesucristo, que vino a este mundo a liberar a los oprimidos.

Es inicuo que seamos sordos a los gemidos de los pobres. Por el contrario, hemos de escuchar su clamor. Entonces imitaremos al Señor, cuando le decía a Moisés, antes de enviarle a la misión de liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto: «Han llegado a mis oídos los gritos desesperados de los israelitas» (Ex 3,9).

Sabemos que en los necesitados está presente el mismo Cristo, que nos advirtió que algo tan definitivo como la vida eterna se jugaba aquí en la tierra con la respuesta que diéramos a los menesterosos: «Venid, benditos de mi Padre, porque he tenido hambre y me habéis dado de comer» (Mt 25,35). Este es nuestro deber como hombres y nuestra obligación como cristianos.

Al instaurar la Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará por primera vez el próximo 19 de noviembre, el Papa quiere ayudarnos a tomar conciencia de las desigualdades existentes en nuestro mundo para combatirlas con las armas de la solidaridad, de una fraternidad que salga al encuentro de los indigentes. Entre ellos descuellan los que carecen del alimento necesario. En la actualidad son más de 815 millones. Si ante esta tragedia nos limitamos a lamentarnos o nos evadimos pensando que es un problema que otro debe solucionar, nuestra culpa será tan grande como la necesidad de los que esperan nuestra solidaridad mientras claman justicia.

Fernando Chica Arellano, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO.

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