¿Qué es la cultura inmaterial?

No hay expresión que haya cambiado  tanto como “la cultura”. Hace cincuenta años, cuando alguien se refería a la pintura, a la música o la literatura, ya estaba incluido todo lo que entendemos hoy por pintura, música o literatura. Todo, o casi todo; la abstracción, el dodecafonismo, la escritura automática y hasta las instalaciones. La misma idea de familia apenas si ha cambiado. Incluso si se trata de parejas homosexuales o lesbianas mantienen el esquema tradicional; la boda, con los trajes de etiqueta y los rituales al uso, la educación, la casa, el reparto de papeles.

Cabría seguir pasando lista y nos encontraríamos con muchas otras expresiones que siguen significando lo mismo. Desde el sexo a la lucha de clases. Sin embargo hay un término que no tiene nada que ver con lo que fue en el pasado: la expresión “cultura”. Alguien que viviera en el mundo cultural, artístico o intelectual, de hace cincuenta años, y resucitara ahora, pensaría que se nos ha escapado el sentido de la palabra y exigiría una explicación: ¿a qué llamamos cultura? ¿Qué entienden ustedes por cultura?

No se trata de competir sobre si la gente hoy es más o menos culta que hace cincuenta años.

Un debate digno de abuelos aburridos si partimos de que toda época es un mar de ignorancia con islotes de civilización. No voy por ahí, sino por lo que significa cultura hoy. El cambio que ha sufrido es tan abismal que incluso apelando al obvio recurso del mercado – la cultura ha cambiado porque el mercado ha cambiado-resulta una simplificación bastante estúpida si tenemos en cuenta que el mercado, en cuanto tal, ha variado mucho menos de lo que ha cambiado el concepto de cultura.

Un ejemplo. Los ejemplos en lo referente a la cultura son peligrosísimos, porque convertimos en particular lo que todos entienden por algo general. Yo puedo decir que la literatura española me parece así o asá, y el experto de turno hará un gesto con los hombros perdonándome la vida, pero si me atrevo a poner un ejemplo, y escribo el nombre de un escritor, no digamos ya si añado media docena, la he armado, porque entonces el asunto trasciende a cuestión social, económica, mediática y personal. Vaya pues un ejemplo, y que el destino me sea leve.

Yo no tenía ni idea – y eso que vivo de la cultura, aunque sea en las lindes del páramo-de que existiera algo denominado “Patrimonios culturales inmateriales de la Humanidad”. Lo confieso humildemente, y desde que me he enterado no diré que vivo sin vivir en mí pero no hago más que darle vueltas a esta maravilla conceptual. “Nuestros patrimonios culturales inmateriales”. Personalmente todos debemos poseer alguno de esos patrimonios, pero quizá nos ocurría como al personaje de Molière, que hablaba en prosa y no lo sabía. Todo aquel que haya disfrutado de su abuelo sabe de qué le estoy hablando. Pero el asunto da un triple salto, no sé si mortal, cuando pasamos de lo personal a lo colectivo. Nada menos que la Humanidad.

Reunidos en Nairobi (Kenia) un puñado de representantes adscritos a la Unesco, han decidido – por unos procedimientos ignotos, que imagino deben ser para descojonarse de la risa y del bolsillo-que a partir de este mes de noviembre haya 46 nuevos Patrimonios Culturales Inmateriales de la Humanidad. Estos 46 irán a sumarse a los 166 que ya había. Entre los recién bautizados patrimonios culturales inmateriales de la Humanidad se ha dado mucho vuelo por aquí a los castells,actividad lúdico-deportiva, respecto a la que no se me ocurre nada en contra ni a favor, pero que me parece muy bien si hay gente que le gusta y hasta se apasiona. Jamás se me ocurriría poner el grito en el cielo y amenazarlas de prohibición porque hay un niño que “esguila” – permítanme el asturianismo, que me parece más exacto-y puede romperse la crisma. Me sucede también con los toros; ni me gustan ni me parecen mal, sencillamente no entiendo nada, e igual que si veo al enxaneta y me produce una cierta angustia pensar que la torre humana se va a venir abajo y que se van a hacer daño, me ocurre con el torero y el toro; no puedo evitar pensar que le va a cornear. Debo hacérmelo mirar; a mí lo que me angustia de los toros es la suerte del torero. Pero, en fin, no deja de ser una digresión sin importancia.

Lo sorprendente es que además de los castells,se ha universalizado culturalmente el flamenco. Otro asunto en el que tampoco tengo nada que decir porque nada sé. Sí me han llamado la atención otras cosas, porque desconocía incluso su existencia, como el pan especiado de Croacia o los encajes de ganchillo de Alençon. Lamentablemente desconozco si al final se ha considerado patrimonio cultural de la humanidad, inmaterial por supuesto, la cetrería, que promovían al alimón España y los Emiratos Árabes. Quizá aquí ha llegado el momento de empezar a pensar que los cambios, las transformaciones, que ha sufrido la expresión cultura deben estar relacionados con su conversión en mercancía. ¿Cuánta gente ganará su buena plata por las diferentes fases que se necesitan para trabajar lo inmaterial hasta convertirlo en mercancía? Lo que nos llevaría a una cuestión de alta filosofía que volvió tarumba al propio Marx, don Carlos, en la compleja primera parte de El Capìtal;la diferencia entre valor de cambio y de uso. Ahí es nada. El pan de especias de Croacia y los encajes de Alençon pueden pasar, pero ¿y los castells y el flamenco? Para convertirlos en mercancía se necesitarán inversiones, imagino. ¿Y las leyes del mercado?

Se lo voy a poner más difícil, porque hoy es día de reflexión electoral en Cataluña y se trata de ejercitar las neuronas. Los funcionarios gubernamentales reunidos en Nairobi concedieron la categoría de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad a la Dieta Mediterránea. Ahí es nada, la dieta mediterránea. Aquí parece que los listos del lugar se la han apropiado y el patrimonio es suyo. Pues no, la Dieta Mediterránea que se presentó en Nairobi para su conversión en mercancía iba avalada también por Italia, Grecia y Marruecos. Lo que no me dejó de sorprender es que en representación de España iba Soria. Conozco excelentes cocineros sorianos residentes en Barcelona e imagino que debe ser por eso, o porque a los reunidos en Nairobi les importa un carajo dónde está el Mediterráneo, si la conversión en mercancía está bien repartida. Qué querrán decir con lo de dieta mediterránea, se me escapa. Podrían haber considerado a la aceituna, el único punto en común, como patrimonio cultural inmaterial, porque si hay cuatro cocinas radicalmente diferentes son la italiana, la marroquí, la griega y la española mediterránea, incluso si le añadimos un toque soriano.

Una pista para la supuesta charada cultural del Comité de la Unesco reunido en Nairobi sería citar qué otras dos cocinas, y de postín, fueron también consideradas Patrimonio Cultural e Inmaterial. Nada menos que la francesa y la mexicana, dos países con una tradición gastronómica excepcional, apenas amenazadas por la estupidez que nos castiga de los defensores de una cocina para gilipollas sensitivos. De la cocina francesa se ha nutrido Europa, desde Lisboa a los Urales, durante más de un siglo, y nosotros especialmente desde la Pardo Bazán hasta Néstor Luján. Sin México no existiría tres cuartas partes de la cocina española, y casi el cien de la asturiana. El nacionalismo gastronómico es devastador en el terreno de la cultura; un experto del periódico más leído de España sostenía que la fabada era ya alimento de Don Pelayo.

Quizá la industria cultural necesita que la promoción de las mercancías “inmateriales” reciba un soporte institucional bajo la forma de subvenciones e incentivos. Quizá ahí esté el secreto del nuevo concepto. Los gerentes de la cultura. Una función con creatividad propia, adaptada a un mercado en permanente fluidez. Cada quien vive de lo que puede. Vocaciones, lo que se dice vocaciones, ya no quedan ni las artísticas. Patrimonios Culturales Inmateriales de la Humanidad. ¡Vaya hallazgo! Para que luego digan que el mercado no es el descubrimiento más fecundo de la humanidad.

Gregorio Morán