¿Qué es una nación?

En una célebre conferencia pronunciada en 1882, “¿Qué es una nación?”, el filósofo e historiador Ernest Renan da su definición, que corresponde a lo que se suele llamar el modelo francés de la identidad nacional: “La nación es una unidad política, una ciudadanía, un plebiscito de todos los días”. Y, como en espejo a esta pregunta clásica, una tradición que se suele considerar alemana –y se remite a Johann Gotlieb Fichte y a Johann Gottlieb von Herder– habla, al referirse a la nación, de una unidad histórica, cultural. En última instancia, la llamada concepción francesa conduce al derecho del suelo y la concepción alemana, al derecho de sangre.

Así es como hemos adoptado la costumbre de oponer, cuando se trata de nación, dos tipos de fórmulas posibles, aun cuando en los autores de referencia no está todo tan claro; Renan está en Fichte y Herder, y viceversa.

Sin embargo, ¿nos hallamos siempre en un espacio encuadrado por estos tipos de definiciones? Tres casos singulares, en Francia, proporcionan al respecto una respuesta más bien surrealista.

El primero, el más elemental, es el de Bernard Arnault, riquísimo hombre de negocios, una de las mayores fortunas del país, que solicitó en julio pasado la nacionalidad belga por motivos fiscales; pagaría menos impuestos en Bélgica si su solicitud fuera aprobada por las autoridades del país, lo que parece distar de ser el caso.

El segundo caso es el de Gérard Depardieu, cuya marcha a Bélgica anunciada el mes pasado, también para escapar del fisco francés, da origen a un folletín rocambolesco. Criticado por el primer ministro, Jean-Marc Ayrault, que ha calificado su comportamiento de “deplorable”, el actor, indignado, ha hecho unas declaraciones sonadas, antes de anunciar que, finalmente, elegía la Rusia de su amigo Putin, país del que ha elogiado las virtudes democráticas y que, según ha manifestado, ha aprendido a amar al escuchar Radio Moscú cuando era niño, junto a su padre comunista.

Ante el tercer caso cabría creer que uno alucina aún más: Brigitte Bardot, la estrella de los años sesenta, ha amenazado también con dejar Francia si a dos elefantes del zoo de Lyon, enfermos de tuberculosis y altamente contagiosos para los seres humanos, se les aplica la eutanasia como han dicho las autoridades. Precisa, además, que esto obedecerá, también en su caso, a su afecto a la Rusia de Putin que, definitivamente, es percibida por los actores de cine franceses como un remanso de paz en el sentido fiscal, democrático y moral.

Estos escándalos reabren de modo asombroso el debate sobre la identidad nacional que el presidente Nicolas Sarkozy quiso introducir en el 2009. Por consiguiente, ser francés, con los derechos y deberes que ello comporta, puede cuestionarse porque se juzga que la fiscalidad es agobiante (Bernard Arnault, Gérard Depardieu), porque además no se acepta ser criticado de una forma que se considera despectiva por parte de un responsable en el poder (Depardieu) o bien incluso en nombre de la protección de los animales y bajo la forma de un chantaje.

La ciudadanía, la identidad nacional se convierte en un atributo de la persona, que desde esta nueva perspectiva puede juzgar oportuno desprenderse de él y elegir otra ciudadanía.

Esta decisión, aparentemente, no es política, o no de manera directa. Es cierto que los tres casos mencionados corresponden a personalidades situadas evidentemente mucho más en la derecha que en la izquierda; Gérard Depardieu, en particular, se dejó ver al lado de Nicolas Sarkozy en la campaña presidencial del 2012, en tanto que Brigitte Bardot es conocida por el fuerte tropismo que la atrae hacia el Frente Nacional. Sin embargo, las marchas anunciadas se hallan sobre determinadas, por así decir, por la economía o por una lucha a favor de los animales y no por una herencia biológica.

No se trata en este caso del derecho de sangre, porque la pertenencia a un país se convierte en una decisión personal que no tiene nada que ver con un determinismo sanguíneo.

No se trata, sin embargo, de derecho del suelo. La cuestión no es saber dónde se vive en calidad de ciudadano, física y geográficamente, en qué territorio, en solidaridad con la población y, como dice Renan, con una conciencia moral compartida, sino sopesar y comparar las legislaciones fiscales para optar por la que parece más ventajosa o, simplemente, convertir la propia pertenencia nacional en un instrumento de chantaje (Bardot).

Se bosqueja, pues, un cuestionamiento del marco filosófico y político en cuyo seno se ha construido el gran debate sobre la identidad nacional a partir del final del siglo XVIII. El problema no reside en zanjar entre derecho del suelo y derecho de sangre, sino de actuar, cuando se dispone de los medios, en un mercado.

Los estados nación, por tanto, compiten entre sí y si aquel del cual se procede ofrece menos que otros… pues se deja. No por cosmopolitismo o para convertirse en ciudadanos del mundo. No para construir nuevas formas de ciudadanía, a otra escala, por ejemplo europea, sino para incorporarse a otra nación.

En este caso, los grandes discursos sobre la identidad nacional han perdido sentido; lo importante no está ni en los valores universales de la democracia y de la ciudadanía, ni en la idea de un vínculo histórico o de una solidaridad cultural. Sólo cuentan el dinero, el ego vapuleado o los caprichos personales.

La idea de nación no sale más fuerte ni tampoco bien parada de tales peripecias y todavía menos quienes la manipulan con fines económicos, narcisistas o para ejercer un chantaje. El filósofo Jürgen Habermas proponía en los años ochenta superar la idea de nación y entrar en una era posnacional donde pudiera reinar un nuevo espíritu cívico, que él deseaba promover a escala de Europa. Arnault, Bardot y Depardieu nos mantienen en la era de las naciones, pero de la peor forma imaginable, en la del cálculo, del interés y del chantaje.

Michel Wieviorka, sociólogo. Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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