¿Qué esperaban?

Que el debate social llamaba a la puerta para ocupar un espacio hegemónico en la política catalana estaba cantado desde el inicio de la crisis económica y social. Para ser más exactos, desde que los ciudadanos contemplaron con perplejidad la inhibición indecente de las clases dirigentes y de la mayoría de los representantes políticos ante un cataclismo que habían provocado, pero del que se desentendieron e hicieron pagar al resto de la sociedad.

Las ganas de ajustar cuentas con los poderosos se generalizaron a medida que las clases medias y populares tuvieron que cargarse el país a la espalda para sacarlo de la crisis a base de sacrificios, renuncias y sobreesfuerzos. La economía especulativa, los mercados y los privilegiados se concentraron en sacar beneficios particulares condenando la sociedad a un empobrecimiento general. Los partidos tradicionales avalaron el secuestro de la política y dejaron manos libres a las nuevas hornadas de ejecutivos (especialistas en recortar gastos, pero incompatibles con la creación de riqueza), que fueron las ejecutoras de esta operación descarnada, que todavía está en marcha y está desmontando el Estado de bienestar.

Era cuestión de tiempo y de oportunidad que entraran en escena movimientos que no se refugiaran en falsos fatalismos y que prometieran soluciones. ¿A quién tenían que votar los 553.000 catalanes parados? ¿O los millares de jóvenes expulsados de Catalunya? ¿Y las familias de clase media que ven desclasados a hijos y nietos después de haberse sacrificado para darles la mejor formación? ¿Y los trabajadores de la sanidad y la educación, a quienes se han pedido sacrificios pero se ha negado voz y protagonismo? ¿Y los funcionarios en general? ¿Alguien esperaba de verdad que siguieran votando a aquellos que afirman que “no hay nada que hacer”? Eso sí habría sido una sorpresa.

Nadie no puede poner en duda que muchas ciudades han expresado una voluntad mayoritaria de cambiar de políticas desde la periferia del sistema; especialmente en la capital catalana, donde la suma de Barcelona en Comú, ERC, PSC y CUP supone una mayoría clara. El resultado es tan nítido que los ciudadanos difícilmente tolerarían maniobras en contra.

Pero la exigencia de resultados pesará como una losa sobre los nuevos gobernantes. Si Ada Colau es confirmada como alcaldesa descubrirá pronto que la amenazan poderes exteriores acostumbrados a domar a la política y a no ser cuestionados. Y tampoco tardará a ser puesta a prueba por sus propios aliados: las impaciencias de la izquierda con sus propios representantes son proverbiales.

¿Tardarán algunos colectivos de funcionarios o los sindicatos de los grandes servicios públicos (transporte, limpieza, Guardia Urbana, bomberos...) en exigir a Colau aumentos salariales difíciles de soportar por el erario público? Una vez retirada la ordenanza cívica, ¿cómo garantizará que la calle es de todos, también de los más débiles, como peatones, personas mayores o niños? ¿Cómo reaccionará si un día los manifestantes sobrepasan los límites razonables en el espacio público del cual es ahora la principal guardiana? ¿Qué hará si le paralizan la ciudad coincidiendo con congresos que hacen de Barcelona un referente mundial? ¿Y si unos manifestantes queman contenedores propiedad del Ayuntamiento que preside? ¿Y si queman un restaurante o un café?

¿Podrá frenar todos los desahucios? ¿Encontrará complicidades públicas y privadas para incentivar el banco de pisos sociales? ¿Tendrá dinero para pagar las promesas en comedores escolares, en matriculaciones, en gratuidad del transporte para jóvenes y sectores castigados? ¿Podrá echar atrás los recortes en sanidad, educación y servicios sociales? ¿Podrá compensar las políticas de la Generalitat para ganarla en credibilidad? ¿Podrá financiar las rentas familiares que ha prometido? ¿Podrá hacer frente a todo sin nuevas subidas de impuestos a los sectores más castigados por la crisis, que son los que siempre pagan y los que la han hecho ganar?

Para promover muchas de estas iniciativas algunos esperábamos hace tiempo un gran pacto nacional contra la crisis: un punto de encuentro (aunque fuera forzado por las circunstancias) para hacer políticas excepcionales ante la gravedad excepcional de la crisis y de sus consecuencias. No quisieron promover este pacto desde el sistema y ahora los ciudadanos han decidido probarlo desde su periferia.

La sola reputación de luchadora de una líder ha llevado a la victoria a un equipo de activistas desconocidos del gran público y de militantes de partidos que en solitario no sacaban buenos resultados. La decisión democrática de los ciudadanos obliga a respetar y a dar tiempo y condiciones a este nuevo equipo municipal.

Pero si quiere superar recelos y escepticismos la alcaldesa tendrá que actuar con sensibilidad y se tendrá que adaptar a la pluralidad ciudadana. En la Barcelona que recibe en herencia hay desigualdades, pero también políticas sociales muy notables. Hace años que esta es una capital con aciertos en muchas áreas de gestión. Habrá que eliminar injusticias, pero habrá que preservar conquistas. De este equilibrio dependerá en parte que Colau y su equipo sigan contando con los apoyos de las clases medias y los asalariados que el domingo pasado los auparon al poder.

Si gobiernan para las minorías (cómo hicieron algunas izquierdas no hace tanto), no tardarán en volverles la espalda. Hoy las confianzas se retiran igual o más deprisa de cómo se han otorgado.

Rafael Nadal

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