Que ETA entregue las almas

A las víctimas de la banda terrorista no les supone alivio alguno que ETA haya entregado las armas. Ni Gregorio Ordóñez va a poder terminar de girar la cabeza al oír el clic siniestro a sus espaldas; ni Fernando Buesa va a reanudar su trayecto bajo la balconada de Ajuria Enea; ni los Jiménez Becerril llegarán jamás por la noche a casa; ni José Luis López de Lacalle podrá leer los periódicos opuestos que había en aquella bolsa de plástico; ni los niños de la casa cuartel de Zaragoza saldrán de sus ataúdes blancos; ni Irene Villa recuperará esas piernas de gacela con las que se fotografió junto a su padre el último verano antes del atentado; ni Ortega Lara podrá olvidar la angustia insoportable de aquellos 536 días cuando llegó a intentar arrebatar al Dios de sus rezos la piltrafa que quedaba de su vida; ni Miguel Angel Blanco verá apartarse de su oreja derecha el cañón tonante de la Beretta de Txapote; ni a Paqui Hernández le servirá el geolocalizador ese para apagar la hoguera en la que vio como ardía, entre “chillidos y chillidos”, su marido Eduardo Puelles, hasta quedar calcinado por la Inquisición que le declaró hereje.

Ni los muertos recobrarán la vida, ni los mutilados los miembros amputados, ni los secuestrados los días de cautiverio, ni los extorsionados el dinero que les robaron, ni los amenazados el sosiego de los años en vilo, ni los padres a los hijos que perdieron, ni los hijos a los padres cuyos besos les hurtaron. Peor aún: a la mayor parte de los supervivientes, con secuelas indelebles de la furia tan inexplicable e injustamente padecida, la escenificación de la rendición de Bayona, cual si de una entrega honorable de la espada se tratara, les ha aportado las nuevas dosis de sufrimiento de aquel a quien frotan con sal y vinagre sus heridas.

Puedo imaginarlo a través del elocuente testimonio que publicó en forma de libro Salvador Ulayar, el adulto que brotó de aquel niño de orejas grandes y ojos melancólicos que presenció el asesinato de su padre a los trece años. “He llegado a la hora de la derrota”, escribió treinta y cinco años después en el epílogo de Morir para contarlo, al comprobar cómo la renuncia de ETA a la “lucha armada” arrastraba contrapartidas como la legalización de Sortu y Bildu, la excarcelación humanitaria del abyecto Bolinaga y, sobre todo, la derogación en Estrasburgo de la doctrina Parot, que dio paso a la puesta en libertad anticipada de decenas de asesinos múltiples irredentos, con la complicidad -al menos pasiva- del gobierno de España.

Ulayar se declaraba “traicionado” y “derrotado a manos de los míos”. Un sentimiento representativo de la frustración de quienes perciben que su sangre o su dolor se han vertido en vano. “El asunto es cruel: gracias a mis gobiernos, los hijos de las tinieblas danzan y yo lloro… Escribo con infinita tristeza que el tiempo no pone inexorablemente a cada uno en su sitio”.

¡Poner “a cada uno en su sitio”! Esa es la esencia a la vez de la justicia, de la dignidad y de la memoria que reclaman las víctimas. Eso es lo que no está sucediendo ni en el plano institucional, es decir en el ámbito público, ni en el social o privado, si exceptuamos algunos libros, películas o actos cívicos. Eso es lo que humildemente traté de hacer la semana pasada en mi querida Pamplona, durante una conferencia organizada por una asociación entusiasta y admirable como Sociedad Civil Navarra.

Tenía como percha el primero de mis recuerdos en el que aparece ETA. El de aquel año 72 cuando pocas semanas después de que la familia Huarte sufragara, con espíritu de mecenazgo y sensibilidad vanguardista insólitos, los míticos Encuentros que convirtieron a la capital navarra en meca del experimentalismo artístico, la banda secuestró a uno de sus miembros más destacados y “mandó parar”. El conflicto entre modernidad y barbarie salió insoslayable a mi encuentro: Felipe Huarte estaba casado con la tía de una buena amiga y un compañero de curso, al que escuchaba fascinado cantar melancólicas canciones en euskera, fue detenido por ayudar al comando terrorista a preparar el secuestro.

En aquella encrucijada se resume todo. Los españoles, incluidos una gran mayoría de los vascos y navarros, queríamos escapar del cubo de la basura de la historia, al que nos había condenado la dictadura franquista; anhelábamos salir al aire, compartir experiencias culturales cosmopolitas, sentirnos al fin demócratas, europeos, occidentales… y ETA trataba de volver a jodernos la vida, sustituyendo unos mitos por otros, una escafandra por otra.

Porque, a ver, yo me preguntaba entonces y sigo haciéndolo ahora, yo les pregunto a los sabinianos y a los puchdemones, qué circunstancia explica que Dios nuestro Señor, el Big Bang o la evolución de las especies se comportaran de forma diferente dentro y fuera de lo que llaman Euskalherría, dentro y fuera de lo que llaman Cataluña. Claro que lo mismo podría decirse del conjunto del territorio que ocupa España; y por eso yo no defiendo su unidad ontológica, sino el valor instrumental, la utilidad jurídica de la decantación milenaria que ha terminado en el reparto de las fichas de los Estados-Nación integrados en la Unión Europea, como garantes de los derechos individuales de sus ciudadanos.

Para alterar ese status de soberanías compartidas e interdependencias en la globalización, para resituar rayas y fronteras, para imponer idiomas y banderas, ETA ha desnucado, destripado, reventado, tronchado, descoyuntado, eviscerado, mutilado, aplastado, torturado, perforado, taladrado, descuartizado, emasculado, desangrado, quemado y carbonizado a casi un millar de seres humanos durante medio siglo. Hombres, mujeres y niños. Uniformados o paisanos. Figuras señaladas o meros transeúntes. Personas que dejaron de reír y llorar, de jugar al futbol y tocar el piano, de leer y pintar, de hacer el amor, de engendrar descendientes, de acariciar ancianos, de subir las montañas y bucear los mares o de mirar la lluvia tras los cristales porque “la organización” decidió su muerte.

Eso es todo. El mal existe como expresión supina de la estupidez humana. De ahí que resulte tan banal. De ahí que nos obligue a “poner a cada uno en su sitio”. Ni los asnos más asnos entre los asnos cocearían con tanta falta de motivo como exceso de saña. Ni en las peores pesadillas del Planeta de los Simios encontraríamos rebaños tribales dispuestos a celebrar tan cerrilmente la violencia étnica como lo han hecho una parte de los autodenominados abertzales. Sólo en la Alemania nazi hay precedentes de que cientos de miles de personas se encogieran de hombros sabiendo lo que estaba en marcha y, sin tan siquiera mirar para otro lado, continuaran con sus rutinas gastronómicas, deportivas y fiesteras, con tal de que no les cayera ningún trozo de cadáver en la porrusalda o la koskera.

ETA comenzó a matar en los sesenta y ha dejado de hacerlo durante la presente década. Pero en medio han ocurrido cosas terribles que no pueden quedar amortizadas a beneficio del inventario estadístico de un sedicente proceso de paz. Empezando por ese tercio de asesinatos que aún continúan impunes. Sólo en la medida en que sirvieran para contribuir a esclarecerlos, y juzgar y castigar a sus autores, tendrían valor esas armas que ahora dicen que se entregan.

Y es evidente que mucho más importantes que los hierros serían, a esos efectos, el impulso político exigible al Gobierno y la consecuente dotación de medios a la Oficina de Ayuda a las Víctimas y a la Fiscalía de la Audiencia Nacional, para que esos miles de legajos desperdigados que aún contienen la memoria de lo sucedido puedan ser puestos en orden de combate jurídico. No me cabe duda de que quien tiene ese poder será algún día interpelado en la sesión de control de la posteridad: ¿cuántos asesinatos de ETA se esclarecieron durante su mandato, señor Rajoy?

Pero ni siquiera esto es lo decisivo. Podemos resignarnos –qué remedio- a que no se salden todas las cuentas legales, pero no podemos conformarnos con que no se salden las grandes cuentas morales. Lo que ETA tiene que entregarnos no son las armas sino las almas de todos sus integrantes, colaboradores y parroquianos mediante un reconocimiento de culpa humanizado, mediante una admisión detallada de los delirios etnocentristas que les empujaron por la senda de la abyección, mediante un repudio expreso, que sirva de vacuna a las nuevas generaciones, no sólo de los repugnantes medios empleados, sino de la toxicidad de unos fines que derivaron en coartada del horror. Tan culpables como los sayones son sus ideólogos, tan manchadas de sangre como sus capuchas están las togas de sus mandatarios y las sotanas de sus capellanes.

Exigimos un mea culpa, un mea máxima culpa, un confiteor completo, individual y colectivo, con sayal de penitente y ceniza sobre el occipital, en hora de máxima audiencia. Una petición a la sociedad no de perdón –que ese bálsamo lo administramos de uno en uno- sino de clemencia cívica, a cambio del compromiso de dedicar vidas y haciendas a la reparación antropológica del daño causado.

Y si no, pues al juicio de Osiris. Si ETA y sus protectores no entregan las almas entre golpes de pecho y redobles de conciencia, tanto la sociedad como el Estado deberían convertir en su gran prioridad la tarea de pesárselas. Y hacerlo a bombo y platillo, tal y como ocurría en la tradición funeraria egipcia. Cada difunto acudía a ese juicio de las almas o psicostasis con la obligación de contestar a las preguntas de los dioses y el corazón en la mano. Anubis, el chacal carroñero de piel tiznada, lo pesaba en la balanza y si las malas acciones superaban a las buenas, lo arrojaba a las fauces de Ammyt La Devoradora, una criatura monstruosa con cabeza de cocodrilo, mirada de salamandra, brazos de león y piernas de hipopótamo. Era la segunda muerte en la que el finado dejaba para siempre de existir, corroído en el oprobio, de la forma más ignominiosa posible.

Escribamos esa crónica tantas veces como haga falta. ¿A ver, tú a cuántos has matado? ¿Y a cuántos aplaudiste que mataran? ¿Qué te habían hecho? ¿Qué calcetines llevabas puestos ese día? ¿Se lo contaste alguna vez a tu aitá o a tu amatxo? ¿Quiénes marcaron los goles de la Real y del Athletic aquel domingo? ¿Cuántos potes y pintxos engulliste aquella tarde? ¿Cómo se dice canalla en euskera? ¿Y cómo se dice canalla en inglés, en francés, en alemán, en polaco, en suahili…? Ah, que en suahili no lo sabes… Pues venga, más carroña a la caldera, más carbón para el pestilente vientre de la fiera. Los Txapote, De Juana, Troitiño, Kubati, Inés del Río, Iñaki Bilbao, Iñaki de Rentería, Mercedes Galdós, Zabarte, Ternera, Otegi, Araiz y demás sicarios o palmeros del horror volverían así a las negras entrañas de las que brotaron y todo iría quedando, buche a buche, soplo a soplo, concluido, explicado y anotado.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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