Qué fácil… qué sencillo…

Qué fácil fue escribir una carta pública al general Franco durante su vida. Qué sencillo fue reconocer que el magistral cuadro del prodigioso Picasso no tiene absolutamente nada que ver con el salvaje bombardeo de Guernica por 44 aviones de la Legión Cóndor nazi el 26 de abril de 1937.

Qué fácil fue lucir una banderola «anti-gulag» en un parque parisiense abarrotado por fanáticos del porvenir radiante.

Qué sencillo fue intentar prescindir (fallidamente) del Jefe del Estado.

Qué fácil fue tener no una línea o un capítulo o un libro sino toda la obra prohibida al fallecimiento del dictador.

Qué sencillo fue (ya muerto el general e instalada –ya– la democracia) formar parte del escuadrón (5) de «insuperables incapacitados» para volver a España.

Qué fácil es tener aún prohibido por decisión judicial una de las películas más vistas fuera del país.

Qué sencillo fue corresponder a un admirador y escribirle la dedicatoria que esperaba.

Qué fácil… qué sencillo…Qué fácil fue no oír los aullidos y calumnias de los que te llamaron comunista o de los que (íntimos vecinos) te llamaron reaccionario. En regla general nunca me atengo a la regla general.

Qué sencillo fue decirle al delegado de España (en el restaurante de las Naciones Unidas de los años 60) lo que pensabas de su misión como defensor de la dictadura. La prudencia exige silenciar el descubrimiento controvertido.

Qué fácil fue en Méjico con ayuda de Octavio Paz rebatir a García Márquez y sus embestidas contra los «migrantes» y los «boat-peoples» vietnamitas.

Qué sencillo fue deplorar que el gran jugador de ajedrez Garri Kimovich Kaspárov (casi tan grande como Robert James Fischer) actuara como agente del imperialismo soviético o, más tarde, del nuevo Moscú, antes de llegar a ser todo lo contrario.

Qué facil fue escribir una carta a Fidel Castro en vida del «comandante». Que con su ministro de Justicia, Ernesto Guevara –«Che»–, formó una pareja de asesinos a partir de 1959.

Qué sencillo es saber qué es el surrealismo leyendo tres manifiestos (2+1) y una decena de páginas. Evidentemente el tiempo no tiene realidad objetiva.

Qué facil fue llevar al famélico Camboya (simbólicamente) unos sacos de arroz.

Sí, es cierto, todo fue tan fácil y es tan sencillo hoy como ayer vivir poéticamente, a pelo, sin formaciones, sin divisas, sin guiones, sin perritos que nos ladren. A los expertos conviene recordarles las certezas flagrantes.

Con el inolvidable Roland Topor (creció con el sudor de sus repudios) entramos en el «Bois de Vincennes» de París que según declararon los organizadores había reunido a más de un millón de «progresistas». Lo primero que hicimos fue sacar el gran lienzo que guardábamos en la mochila: «contra el gulag y el feroz cáncer soviético». Era solo una de nuestras sábanas mal pintarrejeadas. No era ningún pendón emblemático. Luego nos acusaron de haber sido pagados por… ¡Qué pena que no fuera cierto: nuestra banderola hubiera sido menos enclenque! Los militantes se abalanzaron muy amenazantes contra nosotros. ¿Para matarnos? Felizmente la policía secreta del partido comunista nos rodeó, nos protegió y nos permitió abandonar el parque ilesos. Nadie pagó a nadie para que al día siguiente toda la prensa de aquí (salvo el rotativo comunista) recogiera el hecho en primera página.

Pero no solo en el «Bois de Vincennes» el desacreditado partido comunista francés… Decidí apartar al dictador ¡ya! Sin recurrir a las ideas del padre Mariana o de Santo Tomás, y menos aún a los ejemplos de los atenienses Harmodio y Aristogitón. Mi idea de «separación» sedujo al hijo de Tzara: el excelente Christophe. Doctor en física nuclear. Por cierto y afortunadamente (a pesar del secreto que nos permitió disimular nuestro atentado) la célula de su partido nos comunicó muy oficialmente –y felizmente– que no era «el momento oportuno». [Del memorable Tristan Tzara por aquellos años nadie se acordaba, ni siquiera cuando extraordinariamente se ocultó el día de Navidad del año 1963].

Cuando volví de Camboya comenté a muchos incrédulos que el nuevo régimen comunista había eliminado a un millón de personas. Un cariñoso articulista me respondió: «Es tan reaccionario lo que dices que incluso mi director que es de los del cuerno requemado no publicará semejante noticia». Obviamente no lo hizo. En realidad, vaciando las grandes ciudades, el nuevo régimen no había suprimido por las armas a un millón de inocentes, sino a un tercio del país. Un ínclito ensayista que estuvo presente en Nom Pen, después de explicar (en un relato igualmente prestigioso) que iban de la capital a los arrozales incluso los ancianos llevando a la mano el «gota-a-gota», comentó: «¡Para los días que les quedan de vida!».

Nuestra expedición a Camboya tuvo momentos indelebles. Había entre nosotros: afamados escritores, premios Nobel y …Joan Báez. Al llegar a la frontera (con nuestros sacos de arroz) nos encontramos verdaderamente con una alta valla de bambú. Y a mí me entró la curiosidad de ver qué había detrás. Nada más sencillo: con las manos hice un boquete en el bambú y observé a los jóvenes soldados quienes, al vernos vestidos con indumentaria occidental, nos imitaban, partiéndose de risa.

Horas después fuimos al campo de refugiados donde los pobres camboyanos que habían huido de semejante quema estaban hacinados con sus hijos. Precisamente una televisión quiso que Joan Báez (que no parecía muy maternal) tomara en sus brazos a uno de ellos. Con tan mala suerte que el rorro no respetando a su anfitriona, hizo sus necesidades en su falda. ¿Para solaz de Madame Liv Uhllmann?

La mayoría de la crítica ha descrito mi «Dalí vs Picasso» con generosidad, incluso defendiendo a la obra. Pero casi sin excepción de Belgrado a Tegucigalpa todos afirman «…obviamente el “Guernica” de Picasso es el cuadro de un héroe de la libertad …etc…etc…».

Los poetas tenemos la suerte de vivir en el mejor de los mundos hoy, ahora y siempre…en el tohubohu de «un mundo feliz» (…un «brave new world») …celebrando y temiendo la ceremonia de la confusión. «¿…para que el mundo se vuelva un poco más ininteligible?»

Personalmente tengo la dicha de estar rodeado de seres muy superiores a mí que me enseñaron siempre lo imprescindible. Para comenzar desde mi padre hasta mi maestra de párvulos. El conocimiento siempre es contrario al espíritu del tiempo y sus modas.

Sí, el genial Picasso fue miembro durante un tercio de su vida de uno de las más infames formaciones. Qué fácil, qué sencillo es escarmentar en cabeza ajena. ¿No es mejor inspirarse en lo que dijo altruistamente Dalí?:

–«Picasso es un genio y yo soy un genio. Picasso es español y yo soy español. Picasso es comunista y yo tampoco».

Fernando Arrabal, dramaturgo y escritor.

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