¿Qué fue de la ética civil?

Tras un año sobresaltados por tantas noticias de corrupción, no podemos comenzar el nuevo curso escolar y académico, ciclo natural de nuevos labrantíos y sembradías, sin hacer un examen de conciencia que no sólo analice los hechos acontecidos sino que se pregunte también por las causas. ¿Cómo ha podido consumarse esa degradación moral, de la que han resultado tan graves hechos políticos y económicos? ¿Qué mutaciones se han dado en las conciencias para llegar a tales acciones y omisiones? Para algunos se trata del desbordamiento del hombre por la complejidad de los problemas económicos y de las propuestas financieras. No habría culpables o responsables. Pero tal reducción de responsabilidad es inaceptable: ningún dirigente puede asumir un proyecto que no esté verificado de antemano para no dejar la sociedad al albur de un posible desastre. ¡Vieja experiencia del aprendiz de brujo, Ícaro o Adam, desencadenando fuerzas que se le escapan y acaban con él!

Qué fue de la ética civilLa real explicación hay que buscarla en la culpa moral: negligencia, inhibición de control y de la correspondiente responsabilidad individual, ambición, actos delictivos de personas concretas en sus cargos. Pero raras veces se da un desfalco o robo o con un solo responsable. Otros han consentido, callado, tapado los hechos, aprovechándose directa o indirectamente de tales acciones fraudulentas. Cuando ahora aparecen los fastos inciviles e inmorales de ciertos prohombres, el escándalo con que tantos reaccionan es una farsa, porque lo sabían y habían sido cómplices. De lo contrario hubieran sido imposibles. Causa real ha sido la codicia de dirigentes y dirigidos, sabiendo que dos y dos son siempre cuatro, se embarcaron por una doble senda falsa, esperando de sus dineros lucros que no podían venir por caminos legítimos, y entregándose en su vida diaria a un gasto no conjugado con el ahorro y la previsión.

El resultado final es la desmoralización pensando que todo es posible, que quien puede se aprovecha, que quien no lo hace es tonto, porque al final todo queda impune, nadie devuelve lo robado, y que quienes tienen poder y dinero llegan hasta doblegar a los jueces. Esta desmoralización colectiva, para la cual desaparece el horizonte del deber, la conciencia de la culpa y el rechazo del delito de su horizonte diario, es mucho más grave que la inmoralidad aislada.

¿Cómo fue posible este desdibujamiento moral en la conciencia española? Se pensó que, superado el anterior régimen y una vez instaurado el nuevo orden con democracia y pluralismo, la sociedad entraba automáticamente por caminos no solo de libertad sino de justicia, de respeto a los derechos y valores universales, reinando la ética civil. Esta apenas ha sido cultivada en la historia anterior y solo algunas minorías la habían ejercitado en explicitud. Y sucumbimos al espejismo de pensar que una vez reconocida su legitimidad teórica y su necesidad histórica, ya estaba operante. Se relegó la ética cristiana por superada, y no se cultivó esa ética civil. Más aún, algunos la pusieron bajo sospecha de ideología, o la identificaron con el programa de un partido político. Pero la ética no es eso. Es la entrega del hombre a un orden propio de realidad, esencial: el bien y el mal, la culpa y la gracia, el deber y la responsabilidad, la perfección y la felicidad. Su exilio de los planes de estudio o la contraposición con alguna otra materia como la religión ha sido mortal. Las consecuencias son el vacío moral y los hechos que nos asustan hoy.

¿Será necesario volver a recordar lo elemental? El hombre es un hecho de naturaleza y un proyecto de libertad. No está dado del todo sino que tiene que construirse. No le basta la ley de la gravedad, del instinto, de la inmediatez, de la real gana. Hay el hombre físico (Tú eres) con su constitución biológica y sus genes, con sus instintos y tendencias. El aún vive vecino de la animalidad, de la instintividad, de la violencia. Lo específico es el hombre moral (Tú debes) el que se abre al universo de la exigencia y de la responsabilidad, del deber y de la ley que afecta a todos y donde el yo y el prójimo encuentran su sitio propio. Es fruto de la decisión individual y del cultivo colectivo. Y hay el hombre religioso (Tú puedes) que se abre a una trascendencia sagrada y a un orden superior de realidad (Dios). Este se le manifiesta en el esplendor gratuito de la existencia, en su conciencia, en el rostro del prójimo que se le desvela exigiéndole respeto, responsabilidad y defensa. Realidad divina que se le ha manifestado en la historia, a través de hombres-estrella, que han hablado de Dios, le han traducido en su vida, nos le han hecho creíble, amable, deseable, necesario. La libertad del hombre se realiza de forma suprema al consentir al Supremo, al abrirse, oír, consentir y responder a Dios.

No somos tres hombres: somos un proyecto de plenitud, una exigencia de perfección, un destino sagrado. Hay personas y sociedades que se quedan en el plano del hombre natural, atenidos solo a las exigencias del instinto, en el fondo como animales instruidos. Hay personas y sociedades que se abren a los imperativos morales, que derivan de la propia autonomía, ya que la ley moral brilla en nuestra conciencia con la misma fuerza que el cielo estrellado en las noches de verano. Y hay personas y sociedades que se abren a Dios, como realidad fundante, sustentadora y consumadora de su libertad. Una sociedad concreta es el resultado del cultivo y de la conjugación explícitos de estas tres dimensiones. Ella es fruto del esfuerzo y decisión porque no se pasa necesariamente del hombre animal al moral, ni de este al religioso. Sin cultura la naturaleza es pura tierra y violencia; sin esfuerzo no hay moralidad; sin decisión en libertad no hay religión.

La moral no es necesaria para ser biológicamente; la religión no es necesaria para existir sólo biológica o moralmente. Es otro orden de realidad, de sentido y de experiencia. Una vez que hemos vivido en esos universos podemos negarlos pero ya no podemos olvidarlos. Por eso la afirmación de que moral y religión (comprendida ésta en el sentido de piedad o consentimiento a lo esencial, sagrado y eterno) son esenciales a un Estado. Cicerón anterior a Cristo ya afirma: «Y no sé si, una vez eliminada la piedad para con los dioses, no va a desaparecer también la fidelidad y la unión social de los hombres y aun la misma justicia, la más excelsa de todas las virtudes» (ND 2,4).

La experiencia histórica del último año en España nos obliga a preguntarnos por los fundamentos morales de la sociedad, por los cauces existentes para la formación de individuos capaces de ir más allá del poder técnico, de la capacidad física y de la fuerza, a los imperativos de verdad, honradez, dignidad inmanente, respeto y servicio al prójimo; para no sucumbir a la codicia, ambición, pasión de prestigio y de poder. ¿Quién abre, educa e invita a esos ideales, cuando los poderes anónimos dominantes actúan día tras día en sentido contrario? Ante hechos semejantes la autoridad constitucional, la sociedad, cada grupo, institución y persona estamos reclamados. Con nuestra palabra o silencio, acción u omisión, nos hacemos responsables de una ulterior corrupción o de una ulterior resanación.

Olegario González de Cardedal es teólogo.

3 comentarios


  1. Doy gracias a Dios por la rectitud de conciencia de Olegario.
    Mientras leía me daba la sensación de que me acercaba a Dios.
    Pienso que gracias a estas ideas tan rectas, mucha gente podrá tomar una decisión sensata, madura y responsable. con él

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  2. Un artículo muy valiente y aclaratorio de la situación que estamos viviendo en España.
    Muchas gracias, Olegario

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