¿Qué fue el Mayo del 68?

Dejé pasar mayo sin sentir la necesidad de comentar el cincuenta aniversario de la «última revolución», como se le llamó, y haber escrito abundantemente sobre ella. Incluso una novela, Groovy, aparte de innumerables artículos. O sea, tras agotar el tema. Pero veo que sigue despertando interés, con más pasión que realismo, como tantas cosas del pasado, por lo que me creo obligado a dar mi versión de los hechos como testigo.

Hay que empezar diciendo que el Mayo de 1968 no empezó en 1968 ni en Francia. Venía germinando desde hacía años en Estados Unidos, en California concretamente, cuyas universidades asumieron la vanguardia cultural del país, a cargo de exilados europeos huidos del nazismo (Marcuse, con su El hombre unidimensional, uno de ellos), aunque una segunda «generación perdida» de escritores norteamericanos, Kerouac, con su On the road, había abierto el camino, al tiempo que surgían las primeras «comunas» hippies y las drogas empiezan a popularizarse. Hablo de mediados de los años sesenta. Ken Kesey pone de moda el LSD con su novela del reloj de cuco, y un profesor de Harvard, Timothy Leary, le daba rango intelectual. Surgen barrios hippies en las grandes ciudades –Haight-Asbury en San Francisco, el East Village en Nueva York– y la apoteosis llega con el concierto de Woodstock, tres días de festival de rock, marihuana y amor libre, que cuando los Rolling Stones intentan repetirlo en Almont termina a cuchilladas, recogidas por las cámaras, mientras Mike Jagger y sus muchachos huyen despavoridos en helicóptero. Es el principio del fin, que llega con el asesinato de Sharon Tate y sus huéspedes a cargo de Manson y sus «chicas de las flores». ¿O acabó con el asesinato de Lennon? Tanto da: la juerga se había acabado.

Qué fue el Mayo del 68Esto sucedía en Estados Unidos antes de que los estudiantes de la Sorbona se alzaran contra el orden establecido. Pero la generosidad francesa de acoger a gentes e ideas que llegan de países donde no pueden desarrollarse les permite apropiarse de acontecimientos ajenos, como ocurrió con el Mayo del 68, Aunque François Ravel, en un rasgo de honestidad intelectual, ya advirtió de que no se trataba de una segunda Revolución Francesa en su libro La revolución viene de América. Lo más curioso es que cuanto más nos alejamos del estallido, más parece que se trata del último coletazo de aquélla. Y como esto que acabo de decir es muy gordo, vamos a analizarlo con calma.

¿Qué fue el Mayo del 68? Se lo definió como «revolución cultural», aunque más apropiado sería decir «contracultural», al ir contra los hábitos y normas que la cultura occidental había forjado a los largo de siglos, desde el comportarse al vestir, pasando por las relaciones personales, los valores establecidos y la visión del individuo y del planeta. Surgen conceptos desconocidos hasta entonces, como «lo pequeño es bonito», «la aldea Tierra» o «ampliación de la mente». Al tiempo que estallan revoluciones parciales: la femenina, la de los jóvenes, la de las minorías, desde los gais a los negros, asiáticos y demás variedades humanas. Todo con música de fondo, rock, country o lo que le diera a uno la gana. Eran años en que todo parecía al alcance de la mano, «aunque no puedes fiarte de nadie con más de treinta años».

Demasiado bonito para ser verdad, entre otras cosas porque todo el mundo llega a los treinta años, y el que no llega, malo. Algunos promotores de aquella revolución están todavía en los escenarios, como Mike Jagger, o en el Parlamento Europeo, como Cohn-Bendit, incluso hubo quien llegó a ministro con corbata y otros intentan llegar a presidentes de gobierno sin ella. Pero las comunas se han reducido a sectas pseudoreligiosas y la «aldea global» es hoy un hervidero. De todas esas revoluciones parciales, la única que ha cuajado es la sexual, y, dentro de ella, la femenina, con su «Me-too», que ha roto el machismo dominante en sociedades y religiones que lo tenían consagrado. Sin duda vamos hacia una relación hombre-mujer mucho más equilibrada, y se han roto tabúes de siglos, si no de eras. Pero, ¿es eso una revolución? Si se lo preguntásemos a Marx, estoy seguro que diría que no, al menos no la revolución que él proponía, la socialista o comunista, porque la revolución cultural se concentra en los derechos y libertades del individuo, no en los de la comunidad, tal vez por considerar que si los individuos son más libres, lo será también la sociedad. Algo que, por desgracia, no siempre es cierto. Y se ve especialmente en este caso: se ha despejado el camino de las libertades sexuales. Pero eso no quiere decir que se hayan hecho menos problemáticas. Porque el sexo, para ser pleno, requiere el consentimiento de dos personas. Sin duda las mujeres han logrado que se reconozcan sus derechos en ese y otros terrenos, aunque no es todas las sociedades. Pero a costa de graves riesgos, como los crímenes machistas, y serios problemas, sobre todo económicos.

Por cierto, del tema económico no se ocupaba la «revolución cultural». No hay en ella rastros de nacionalizaciones ni de estatalismos, sino de todo lo contrario: de rabioso individualismo. Es por lo que, a cincuenta años de su brillante estallido, parece más el epílogo de la revolución burguesa que otra completamente nueva. Resulta significativo que lo que los revolucionarios franceses proclamaron fueron los «Derechos de Hombre», en singular y en masculino. Contra la realeza, la aristocracia y el clero. Dando el protagonismo a la burguesía a través de parlamentos y elecciones. Faltaba, sin embargo, la plena liberación del individuo, del ciudadano vulgar y corriente, restringido por las normas gubernamentales y sociales. Lo que en las universidades norteamericanos y francesas, en las comunas y en barrios hippies, en los conciertos multitudinarios y en los festivales se reclamó fue la última liberación eso que Juan Manuel de Prada llama gráficamente «derecho de pretina» (al que podía añadir el de «quitarse el sujetador»). Pero el sexo no siempre va unido al amor y muchas veces va contra él, sobre todo si no es consentido. Tampoco la revolución sexual ha alcanzado sus últimos objetivos, aunque sí los primarios: dar a las mujeres los derechos que les corresponden en tan importante capítulo de las relaciones humanas, que son mayores incluso que los de los hombres al ser las encargardas de la continuidad de la especie.

Puede que se deba a que las revoluciones, como dijo Ortega, son un producto del idealismo, un intento de alcanzar lo perfecto, que choca con la imperfecta naturaleza, por lo que «las revoluciones devoran a sus hijos», políticos o religiosos. De ahí que oigamos que «el verdadero comunismo aún no se ha establecido». Nada de extraño, pues, que tampoco lo consiguiera el Mayo del 68. Aunque se sigue buscando. Pese a los continuos fracasos, hombres y mujeres no renunciaran nunca a la utopía. A la pareja perfecta, entre otras, desde el episodio de la manzana en el Paraíso.

José María Carrascal, periodista.

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