¡Qué guerras más raras!

«No ¡o habéis muerto para nada», declaró el presidente francés Nicolas Sarkozy, el 19 de julio, ante los ataúdes de siete soldados, víctimas de un atentado en Afganistán. Por tanto, se planteaba la pregunta: como esos hombres no han muerto para nada, ¿para qué han muerto, exactamente?

Nicolas Sarkozy mencionó la Gloria, el Honor y los ideales democráticos, sin precisar demasiado los detalles. Después de diez años de combates en Afganistán, ¿debemos seguir creyendo que se trata de una guerra de la OTAN contra el terrorismo? Lo que ahora preocupa a las tribus afganas son sobre todo sus intereses locales. Los talibanes son pastunes conservadores en pugna con otros pastunes un poco menos conservadores y los pastunes en su conjunto se enfrentan a todas las demás tribus. Afganistán es de carácter balcánico y no helvético. Está claro que fomentar atentados contra los occidentales no es la prioridad de los afganos, ni siquiera la de los talibanes. ¿Y el Ejército paquistaní? No sabemos muy bien si es un aliado de la OTAN o si lucha contra ella. En la peor de las hipótesis, su doble juego tampoco amenaza a Occidente; los militares paquistaníes preservan ante todo sus privilegios personales y solo tienen un enemigo virtual, India.

Si los «terroristas» están en vías de extinción, ¿cuál sigue siendo la misión de la OTAN? ¿Fundar un Estado central afgano que sería democrático? Resulta difícil creerse esta fábula: en el mejor de los casos, Afganistán podría convertirse en una confederación de tribus estables, algunas de las cuales respetarían más los derechos humanos y los de la mujer que otras. Algunas seguirían cultivando y comercializando el opio para los consumidores occidentales, y otras a lo mejor se reconvierten, pero ¿con qué actividad? No lo sabemos.

Para la OTAN, lo razonable sería sin duda retirarse claramente y no a hurtadillas, sin olvidar declararse victoriosa antes de apagar la luz y dejar algunas guarniciones fortificadas in situ. Si resurgiesen grupos terroristas, seguramente se podrían eliminar con aviones no tripulados, un arma de precisión israelí que no existía hace diez años. Semejante vuelta a la razón exigiría de los dirigentes políticos una gran humildad o una extrema habilidad: Barack Obama sería capaz de ello. Pero, entonces, los siete soldados franceses y todos los que les precedieron no habrían muerto para nada sino que habrían muerto por un error de análisis estratégico, ya que se olvidaron, por descuido, de revisar a tiempo los objetivos de esta guerra.

La misma incertidumbre es válida para Libia, donde la OTAN no pierde por el momento ningún soldado, pero se gasta alegremente nuestro dinero y mata cada día a libios en tierra que no se sabe si son civiles o militares, culpables o inocentes, o si están del lado bueno o del malo. Los dirigentes franceses, británicos y estadounidenses nos repiten la cantinela de que, sin la intervención de la OTAN, habría habido un baño de sangre en Bengasi: a día de hoy, se ha salvado Bengasi, pero toda Libia se desangra. Sobre este tema reina una gran hipocresía, ya que cada bando tiene interés en minimizar el número de muertos, pero difícilmente nos creeremos que las toneladas de bombas que se arrojan sobre este país desde hace tres meses solo han matado a algunos civiles por descuido como pretenden los libios y la OTAN. ¿Son las bombas de la OTAN más humanitarias que la no intervención o que una acción no militar que habría sido factible? No lo sabremos jamás.

Actualmente, como la OTAN no puede echarse atrás, salvo que se desdiga, es previsible que el régimen de Gadafi se derrumbe: Sarkozy, Cameron y Obama habrán logrado así lo que tanto se reprochó a George W. Bush en Irak: un cambio de régimen impuesto desde el exterior. En Irak, en 2003, los estadounidenses sustituyeron al antiguo régimen suní por una coalición de kurdos y chiíes. En Libia, un país partido en dos desde tiempos inmemorables, la OTAN va a sustituir el poder de las tribus de Tripolitania por el de las tribus de Cirenaica. Si ganan los «rebeldes» de Bengasi, ¿les impedirá la OTAN destruir Trípoli y masacrar a su población? Es hora de prepararse para esta posibilidad: las tribus de Cirenaica, vencedoras, evidentemente se verán tentadas de declarar criminal de guerra a cualquier miembro de las tribus de Tripolitania por haber pertenecido al bando de Gadafi. La caída de Trípoli no se celebrará con abrazos entre hermanos libios.

Me objetarán que el Gobierno de transición de Bengasi, reconocido actualmente por la «comunidad internacional», multiplica las proclamaciones de democracia y de laicismo. Las he oído y no me han convencido ya que no sabemos de antemano qué facción acabará por imponerse en este Gobierno de coalición, que abarca desde demócratas exiliados hasta combatientes islamistas. Y Trípoli no es Kabul: mientras que el presidente afgano es pobre como una rata, el de Libia se convertirá de inmediato en uno de los hombres más ricos del mundo gracias al petróleo y estará en condiciones de financiar mil atentados o… mil colegios.

Cuando acabó la Primera Guerra Mundial (y solo se acabó de verdad en 1945 o incluso en 1991 con la caída de la Unión Soviética), nos preguntamos cómo había empezado. Por lo general, los historiadores concluyen que un «error diplomático» después de un atentado en Sarajevo provocó una concatenación incontrolable de decisiones que nadie tomó. Si las guerras de Afganistán y de Libia finalizan algún día, resultará igual de difícil encontrar a sus verdaderos causantes. En Libia concretamente, ya no sabemos muy bien quién empezó y por qué. ¿Sarkozy que quería una guerra justa, Cameron por las mismas razones, u Obama que declara que dirige desde detrás (lead from behind)? También observaremos que estas guerras llevadas a cabo por democracias no estuvieron precedidas por ningún debate previo, ni en el Parlamento ni en ningún otro lugar, sino que las iniciaron unos jefes de Estado por su cuenta. La ratificación parlamentaria vino después. ¡Extraña democracia!

Si de lo que se trata realmente es de instaurar la democracia en Libia y en Afganistán, los empresarios gastarían de una forma más útil los fondos que gastan los ejércitos: en vez de bombardear las ciudades, convendría más construirlas. Y antes de recomendar unos Estados centrales de modelo jacobino a los afganos y a los libios, convendría más analizar estas sociedades: están igual de fragmentadas que Yugoslavia o Sudán. Una división territorial según el modelo yugoslavo o sudanés, o una confederación de tipo helvético o como la Unión Europea, estaría ciertamente más en consonancia con las culturas locales que reinan en Libia o en Afganistán que el mantenimiento de la unidad por la fuerza.

En 2003, cuando el general Petraeus se adueñó de Basora, en Irak, declaró que se sentía como «un extraño en un país extraño». ¿Debería seguir siendo el carácter predominante de las intervenciones militares de Occidente el no saber adónde vamos ni por qué vamos allí?

Guy Sorman, ensayista.

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