Qué ha ido mal en Estados Unidos

Por Dominique Moisi, fundador y asesor jefe del Instituto Francés para Relaciones Internacionales (IFRI), es actualmente catedrático del College of Europe, en Natolin, Varsovia (EL PAÍS, 29/06/06):

La edición más reciente de la Encuesta Pew sobre Actitudes Globales demuestra que las opiniones favorables hacia Estados Unidos han caído nuevamente en 12 de los 15 países en los que se ha realizado, un triste reflejo de la pérdida de imagen de un país. ¿Cómo puede Estados Unidos recuperar la legitimidad internacional? Éste es probablemente uno de los retos más importantes para el mundo actual, porque Estados Unidos conserva un poder único que debería usarse -y percibirse- como fuerza del bien si queremos que prevalezca la estabilidad mundial. Casi dos décadas después de la desaparición del imperio soviético, destaca la sensación reinante de oportunidades perdidas. Estados Unidos tuvo al final de la guerra fría la oportunidad única de usar su superioridad benévola e ilustrada para establecer un orden internacional mejor. Pero, por una mezcla de razones políticas y personales, perdió tiempo bajo las dos legislaturas de Bill Clinton.

En efecto, durante este “momento unipolar” necesariamente breve y frágil, Clinton probablemente intuyó cuáles deberían ser las nuevas responsabilidades de Estados Unidos, pero no las plasmó. La derrota de los demócratas en las elecciones parciales de 1994, seguida del escándalo de Monica Lewinsky, dificultaron la eficacia de uno de los presidentes más enérgicos y dotados de Estados Unidos. El fracaso quedó ejemplificado en la incapacidad para imponer un acuerdo de paz a palestinos e israelíes en 2000. Por el contrario, George W. Bush no perdió el tiempo. Hizo algo peor: sencillamente tomó el giro equivocado, y lo tomó antes del 11-S, un suceso traumático que reforzó, pero no engendró, la visión maniquea que Estados Unidos tiene de sí mismo y de su papel en el mundo. Tres ejemplos recientes ilustran qué ha ido mal en Estados Unidos, la pérdida de su prestigio único, y su creciente imagen en el mundo de fuerza partidista y poco ética, si no desestabilizadora.

Pensemos, en primer lugar, en el reciente acuerdo nuclear firmado entre Estados Unidos e India. En términos estrictamente jurídicos, no hay nada de malo en él, dado que India no ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear. Pero desde los puntos de vista psicológico y político sólo podía percibirse que el acuerdo firmado legitima las ambiciones nucleares de Irán, por no mencionar las de Corea del Norte. Es la prueba suprema de que el Gobierno de Bush no cree en las normas universales. A un país “bueno” lo tratan con extrema indulgencia, mientras que a un país “malo”, no. Guantánamo, Abu Ghraib y otros escándalos recientes de crímenes de guerra han hecho un daño mucho peor al renombre de Estados Unidos. Regímenes que incumplen sistemáticamente los derechos humanos se han apresurado a sacarle partido a cada episodio de infracciones estadounidenses. Con su propio expediente de derechos humanos en tela de juicio, Estados Unidos, que en el mundo de posguerra era el profesor democrático, se encuentra en una posición mucho más débil para dar lecciones y establecer criterios. Y la apariencia de hipocresía no acaba ahí. En una época en la que “democracia” y “democratización” se han convertido en consignas de la política exterior estadounidense, la normalización de las relaciones diplomáticas con la Libia de Gadafi, por no mencionar la indulgencia con Egipto y Arabia Saudí, difícilmente elevan la credibilidad de Estados Unidos.

En términos generales, el contraste entre lo que Estados Unidos dice y lo que hace es manifiesto. En febrero de 2005, en un gran discurso pronunciado en París tras su primer viaje al extranjero como secretaria de Estado, Condoleezza Rice hizo saber la ambición de Estados Unidos en el mundo. Dijo básicamente lo siguiente: “La función del mundo es mejorar el mundo. Estados Unidos, el país más poderoso y ético del mundo, tiene una responsabilidad única que cumplir”. Dieciocho meses después, los resultados se han quedado muy lejos del objetivo. Por el contrario, los fracasos de la política estadounidense han contribuido a reducir más la legitimidad de su poder. A pesar de la reciente muerte de Al Zarqaui en Irak, la situación allí, y en Afganistán, no justifica el optimismo que mantiene el Gobierno de Bush. A medida que la legitimidad estadounidense disminuye, nuevos actores van apareciendo en la escena mundial, o volviendo para repetir. Hoy, Rusia y China no sólo están unidos por sus acuerdos energéticos, sino también por la convicción de que ha llegado su momento, y de que el mundo los necesita más de lo que ellos necesitan al mundo, en especial Estados Unidos.

Desde el punto de vista estratégico, la menguante influencia de una Europa paralizada también es una mala noticia para Estados Unidos. Éste necesita ahora más que nunca aliados, porque el mundo está volviendo al estado multipolar de antes de la guerra. Por supuesto, dada la superioridad militar objetiva estadounidense, yo lo llamaría “multipolaridad asimétrica”. Pero Estados Unidos ya no es el país que otros aspiran a emular, o al que miran en busca de liderazgo mundial. Es demasiado pronto para despachar a Estados Unidos y proclamar el fin de un momento imperial. Estados Unidos conserva cualidades exclusivas, en especial su capacidad para reaccionar. El próximo presidente o presidenta estadounidense debería ser capaz de aprovechar el optimismo, pragmatismo y activismo básicos de sus compatriotas. Pero a él o ella se le hará muy cuesta arriba demostrar al mundo que su país puede ser una fuerza del bien, un faro democrático que se preocupa por el planeta y que acata los criterios que establece para los demás.