¿Qué hacemos con Maeztu?

Han pasado 82 años desde que un grupo de milicianos republicanos asesinara al periodista y ensayista Ramiro de Maeztu. De esta forma se ponía fin a la vida de uno de los intelectuales españoles más relevantes de comienzos del siglo XX. Su figura, sin embargo, sigue generando polémica. Hace unas semanas, un colegio público de Córdoba acordó cambiarse el nombre del actual Ramiro de Maeztu al de Miragenil -nombre del barrio donde se ubica-. Las primeras informaciones señalaron que el cambio se debía a un requerimiento de la Ley de Memoria Histórica; el colegio declaró posteriormente que solo se trataba de una decisión de la asociación de padres. En palabras del director, querían «un nombre que no sea político y no tenga nada que ver con la política» y que fuese «consensuado por toda la comunidad educativa».

Esta decisión, sin embargo, no parece haber sido tomada en el vacío. En el verano de 2018, el sindicato Ustea, el Foro por la Memoria y el Movimiento Andaluz por la Educación Pública (MAEP) lanzaron una campaña que exigía el cambio de nombre de siete colegios cordobeses, entre los que estaba el citado Ramiro de Maeztu. Según sus promotores, los cambios eran necesarios para «eliminar todos aquellos gentilicios vinculados a actuaciones golpistas y antidemocráticas», y por «la obligación inexcusable de cumplir con la Ley de Memoria Histórica». Un portavoz de la campaña añadió que «es increíble e inaceptable que haya aún hoy nombres de centros escolares de alguien que se ha opuesto con las armas a la democracia». Al parecer, también el grupo de Izquierda Unida en el Ayuntamiento ha empleado estos argumentos para exigir el cambio de nombre del Ramiro de Maeztu.

Qué hacemos con MaeztuHuelga decir que los padres y docentes tienen todo el derecho a decidir qué nombre quieren para su colegio. Pero parece difícil separar la decisión adoptada de este contexto. Desde luego, el argumento de que era necesario dejar de lado un nombre «político» y encontrar otro «de consenso» resulta revelador. La polémica nos señala que la Ley de Memoria Histórica no tiene efectos solamente en términos de disposiciones legales y judiciales; también actúa como un marco que condiciona nuestra relación con figuras y acontecimientos de nuestro pasado. Un marco que puede empobrecer la comprensión de nuestra historia y nuestra cultura.

Un repaso a la trayectoria de Maeztu nos ayuda a entender las paradojas de este caso. Nacido en Vitoria, Maeztu empezó a destacar en la prensa de izquierdas de finales del XIX. En 1899 publicó el ensayo Hacia otra España, obra clave del regeneracionismo europeísta y de lo que se denominó Generación del 98. En aquellos años también colaboró en varias iniciativas con los jóvenes Baroja y Azorín, y fue uno de los impulsores de los disturbios anticlericales que siguieron al estreno de Electra, de Benito Pérez Galdós. Pero el paso más importante llegó en 1905, cuando aceptó convertirse en el primer corresponsal de la prensa española en Londres. Desempeñó aquel puesto durante quince años, y fue el principal conducto de información y análisis sobre Reino Unido de la España de su tiempo. Así, y en una época en la que los españoles se interesaban poderosamente por lo que estaba sucediendo en los países más desarrollados de Europa, Maeztu informó a sus lectores sobre las movilizaciones de las sufragistas para conseguir el voto femenino, sobre las medidas del New Liberalism para poner las primeras piedras del Estado del Bienestar y sobre la fundación del actual partido laborista. Sus crónicas se publicaban en diarios nacionales de gran tirada como La Correspondencia de España -también en el periódico argentino La Prensa-, y su éxito animó a otras cabeceras a enviar sus propios corresponsales a Londres; así desembarcaron en aquella ciudad los jóvenes Pérez de Ayala, Araquistain y Camba.

Durante la Primera Guerra Mundial, Maeztu colaboró de forma activa con los servicios de propaganda británicos, y sus crónicas desde el frente occidental -recopiladas por Ma Josefa Lastagaray en Crónicas de la Gran Guerra (La Ergástula)- fueron de las más influyentes escritas por un autor español. Además, Maeztu trabó relación con intelectuales y artistas como George Bernard Shaw, T. E. Hulme, A. R. Orage y R. B. Cunninghame Graham. Fue colaborador asiduo de The New Age, una de las revistas más influyentes de la izquierda y la vanguardia británicas, y también fue uno de los aliados e interlocutores más importantes del joven Ortega y Gasset.

Durante sus últimos años en Londres, Maeztu se vio influido por las obras de intelectuales católicos británicos como G. K. Chesterton e Hilaire Belloc. Esta influencia, junto a la revolución bolchevique en Rusia, le llevó gradualmente a redescubrir el catolicismo y a posturas nacionalistas y contrarrevolucionarias. Publicó importantes libros de filosofía política -como La crisis del humanismo y El sentido reverencial del dinero– y también un original estudio literario: Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Apoyó la dictadura de Primo de Rivera, que le terminó nombrando embajador en Argentina y, en 1931, fundó la revista monárquica y tradicionalista Acción española.

Durante años escribió contra el régimen republicano; también fue admitido en la RAE y en la Academia de Ciencias Morales y Políticas y publicó su influyente ensayo Defensa de la Hispanidad, que fijaba la identidad hispánica en el catolicismo y en el Siglo de Oro. Pese a su antirrepublicanismo, estaba tan poco avisado de los preparativos del golpe de Estado de 1936 que éste le sorprendió en Madrid. Unos milicianos le detuvieron días después y, tras dos meses de encarcelamiento, sin realizar siquiera un simulacro de juicio, lo fusilaron.

¿Qué hacemos con una historia así? En primer lugar, podemos desmontar las falsedades que se proyectan sobre ella. Incluso si aceptamos que la República era, en el 36, un régimen democrático tal y como los entendemos hoy en día, es falso decir que Maeztu «se opuso con las armas a la democracia». Fue más bien al revés: en nombre de esa democracia se le pasó por las armas. Y si se desea hacer memoria de la República, también se debe incluir la memoria de este asesinato y de tantos otros. Es habitual argumentar que la violencia ejercida en la zona republicana fue obra de elementos descontrolados y que no formaba parte de una estrategia gubernamental; pero, de nuevo, incluso aceptando esto estaríamos hablando de una atrocidad para la que existiría una larga cadena de responsables, todos relacionados de alguna manera con aquel régimen. No se puede ser presentista para algunos aspectos de la tragedia de 1936-39 y no para otros. O todos los asesinatos por motivos políticos fueron igual de lamentables, o ninguno lo fue. Y no se trata de seguir tirándonos los muertos a la cabeza, sino precisamente de lo contrario: de adoptar un criterio coherente y amplio para nuestra visión del pasado reciente y nuestras políticas de memoria.

Po otro lado, podemos señalar el inquietante paralelismo entre lo que hizo el régimen franquista con la figura de Maeztu y lo que hacen sus impugnadores actuales. Porque el franquismo ensalzó una etapa de la carrera de Maeztu (la de los años 20 y 30) y relegó al olvido lo que había venido antes. Los que piden retirar su nombre de los colegios están aceptando esa perspectiva, aunque lleguen a la conclusión opuesta: reducen la trayectoria de Maeztu a sus últimos años y descartan todo lo demás porque no encaja en esa historia. Convengamos que, como superación del franquismo, deja un poco que desear. Nuestro horizonte no debe ser escoger la etapa con la que más -o menos- cómodos nos sentimos e ignorar las demás, sino precisamente poder abarcarlas todas. Uno de los placeres de estudiar a alguien como Maeztu es, precisamente, su irreductible complejidad, el hecho de que no pertenece a una sola historia sino a muchas: la de las relaciones entre España y Reino Unido, la del pensamiento regeneracionista, la de la participación española en la Primera Guerra Mundial, la del pensamiento contrarrevolucionario, la de las generaciones literarias de comienzos del XX, y varias más. Un marco que reduce trayectorias como la suya únicamente a sus actitudes ante la República hurta nuestra cultura y nuestra historia de parte de su riqueza. Y al hacerlo nos empobrece a todos.

David Jiménez Torres es profesor de Humanidades en la Universidad Camilo José Cela y autor del libro Ramiro de Maeztu and England: Imaginaries, Realities and Repercussions of a Cultural Encounter (Boydell & Brewer).

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