¿Qué hacer con Corea del Norte?

Si Corea del Norte fuera una isla, ahora estaría bajo un estricto bloqueo, el castigo mínimo por haber hundido un barco de guerra de Corea del Sur con 46 víctimas mortales en marzo, por haber construido una planta ilegal de enriquecimiento nuclear, y por haber bombardeado esta semana una isla surcoreana que causó la muerte de civiles y militares.

Pero Corea del Norte no es una isla – comparte una larga frontera con China, así como una corta con Rusia-, y el tren y el puente de la carretera de la Amistad entre Dandong, por parte de China, y Sinuiju, en el lado de Corea del Norte, son las vías sin las cuales el régimen no podría durar mucho. Por esas vías circula todo, incluyendo desde productos derivados del petróleo y alimentos de lujo hasta las locomotoras de construcción china que tiran de los trenes de Corea del Norte.

Los alimentos de lujo son cualquier cosa menos una importación frívola. Mientras el régimen no se gasta la escasa divisa extranjera de que dispone en importar arroz o trigo para evitar que la población se muera de hambre por la mala gestión agrícola, sí lo hace en adquirir productos de lujo, porque la dictadura hereditaria de los Kim se apoya en una clase privilegiada de funcionarios de alto rango, policías y soldados de élite. Ellos son los que no tienen la apariencia típica de hambrientos de los coreanos del norte, gracias a una red de tiendas secretas de comestibles y cantinas que están siempre bien abastecidas, incluso cuando las hambrunas se apoderan del país.

Pero lo que realmente hace que el tráfico por el puente de la Amistad sea esencial – Corea del Norte tiene también algunos buques de carga-es que es en parte gratuito, ya que China considera que debe mantener su ayuda y su apoyo al régimen de Corea del Norte. Hagan lo que hagan los norcoreanos, el Ministerio de Asuntos Exteriores chino siempre pide la reanudación de las conversaciones de las seis potencias, que nunca produjeron más que aire.

De ello se deduce que el Gobierno de Corea del Sur no tiene más remedio que presionar a los chinos para que disciplinen a los norcoreanos. Eso supondría, por supuesto, un cambio drástico de política. Mientras los surcoreanos se han manifestado dispuestos a actuar con firmeza con Estados Unidos, negándose recientemente a hacer cualquier concesión en las duras negociaciones sobre el acuerdo de libre comercio, en cambio han sido mucho más deferentes con los chinos. De hecho, una de las razones por las que la reciente cumbre del G-20 no logró ningún resultado importante fue porque los anfitriones surcoreanos se negaron a cualquier crítica a China.

Corea del Sur ya no es un país pobre, y su comercio es de gran importancia para China. Si los coreanos del sur esperan que Estados Unidos presione a China para que esta rompa con el régimen de Pyongyang, deberían hacer su parte del trabajo, y hacerla primero. Dado que el Gobierno de Corea del Sur se niega a doblegar a Corea del Norte por las represalias tomadas militarmente – no ha hecho absolutamente nada para castigar a Corea del Norte por matar a sus marineros, soldados y civiles-, debe actuar diplomáticamente con China. Si eso se considera malo para los negocios – China es un importante mercado exportador-,que así sea, pero los surcoreanos no deben esperar tampoco que el Gobierno de Obama haga algo.

Ciertamente, nada se puede conseguir lanzando advertencias y declaraciones indignadas. Las simples palabras no impresionan a los norcoreanos – han visto cómo estadounidenses y surcoreanos aceptaban mansamente lo que antes habían denunciado en voz alta como “inaceptable”-,y más allá de las palabras no hay nada: la Administración Obama ya tiene bastante con luchar en dos guerras.

El ex presidente Jimmy Carter reaccionó a las revelaciones nucleares y a los bombardeos mortales pidiendo urgentes negociaciones bilaterales con Corea del Norte. Carter explicó que “los líderes de Pyongyang consideran, por ejemplo, que las fuerzas armadas surcoreanas están controladas desde Washington”, es decir, que Corea del Sur es un mero títere con el que no vale la pena negociar. Jimmy Carter nos ha hecho un gran servicio – como es habitual estos días sólo tenemos que hacer exactamente lo contrario de lo que él defiende-al rechazar cualquier negociación con la dictadura de Kim hasta que esta haya por lo menos presentado excusas y reparaciones por sus más recientes crímenes. Habida cuenta de la futilidad de las negociaciones anteriores, incluyendo las conversaciones de las seis potencias cínicamente promovidas por China, nada se perderá con ello, y por lo menos la agresión no será recompensada.

Edward N. Luttwak