¿Qué hay detrás del auge de Vox? Polarización, tecnología y una red global

Qué hay detrás del auge de Vox

Amanece en la campiña española. En cámara lenta, un hombre camina, corre y salta una cerca. Como en una película de Hollywood, el hombre cruza un campo de trigo mientras roza las espigas con sus manos. Durante todo este tiempo, suena una música mientras una voz narra: «Si no te ríes del honor porque no quieres vivir entre traidores… si anhelas nuevos horizontes sin despreciar tus viejos orígenes… si conservas intacta tu honradez en tiempos de corrupción…».

Sale el sol. El hombre sube por un camino empinado, cruza un río y queda atrapado en una tormenta. “Si sientes gratitud y orgullo por quienes, de uniforme, guardan el muro… si amas a tu patria como amas a tus padres…”. La música alcanza el clímax, el hombre alcanza la cima de la montaña y la voz culmina: “… sabrás que estás logrando hacer a España grande otra vez”. Las últimas palabras aparecen en la pantalla como eslogan: Hacer España grande otra vez.

El eslogan es la versión española del “Make America Great Again”. El hombre es Santiago Abascal y esto, por supuesto, es una publicidad de Vox. Vox es el partido político con el crecimiento más rápido en España y Abascal es su líder. En las elecciones generales del 2016 – el año en el que Abascal protagonizó ese video de “Hacer España grande otra vez” – Vox y su nacionalismo español macho y cinematográfico no ganó ni un solo escaño. Poco tiempo después, un portal web español publicó un artículo que preguntaba: “¿Por qué nadie vota por Santiago Abascal?”.

Pero el domingo pasado, el apoyo de Vox entre el electorado pasó de cero a 10 por ciento, lo cual se tradujo en 24 miembros en el Congreso. Su ruidosa presencia en la campaña electoral ayudó a impulsar la participación a sus más altos niveles en años, ya que los españoles estaban ansiosos por apoyar a Vox, o votar en su contra.

¿Cómo sucedió eso y cómo se relaciona con Donald Trump? La velocidad del auge de Vox es, en muchos sentidos, una historia exclusivamente española, marcada por una reacción nacionalista a una crisis separatista regional, el crecimiento de la polarización y la fragmentación de lo que solía ser un sistema bipartidista. El colapso económico del 2009 melló la confianza en los partidos políticos tradicionales y condujo a una fuerte reacción de extrema izquierda. Vox es la contrarrespuesta a esa reacción.

Sin embargo, la historia de Vox también le pertenece a la historia global de las estrategias de campañas tradicionales y en línea desarrolladas por la extrema derecha europea y la derecha alternativa estadounidense o“alt-right”, las cuales ahora son usadas alrededor del mundo. El uso del marketing de las redes sociales para agudizar la polarización, los portales web creados específicamente para alimentar narrativas polarizadas, los grupos privados de fanáticos que comparten teorías de conspiración, el lenguaje que deliberadamente debilita la confianza en políticos y periodistas “convencionales”: todo esto también ayudó a que el partido que quiere “hacer España grande otra vez” abandonara la periferia y se volviese conocido. También ayuda financiamiento, incluido el extranjero, que no va directamente a Vox sino que es canalizado a organizaciones que comparten algunas de sus opiniones. Esta es una forma de financiamiento político que resulta familiar para los estadounidenses, pero nuevo para los europeos.

En marzo y abril, justo antes de las elecciones generales del 28 de abril, realicé un par de viajes a Madrid para conversar con militantes de Vox y con otras figuras, incluidos antiguos líderes del Partido Popular (PP), de centro-derecha, y del partido Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de centro-izquierda, los dos grupos que dominaron la política nacional por tres décadas tras la transición democrática de 1977. La capital española se sentía un poco como Londres justo antes del referéndum del brexit o a Washington antes del triunfo electoral de Donald Trump. Tuve una fuerte sensación de déjà vu: Una vez más, una clase política estaba a punto de ser golpeada por una ola de enojo.

En el otrora predecible mundo de la política española, esto es un cambio considerable. Apenas en el 2018, periodistas y analistas españoles se preguntaban por qué en España, a diferencia de Francia o Italia, no había partidos políticos de ultraderecha significativos. Muchos asumieron que el fantasma de la dictadura de Francisco Franco, la cual culminó apenas en los años 70, era el responsable de esta “excepción española”. Mientras que nadie políticamente activo en la actualidad en Francia o Alemania recuerda en realidad a Vichy o a los nazis, una gran cantidad de españoles sí recuerdan hoy el nacionalismo ostentoso de Franco usando el lema “¡Arriba España!” en los mítines y, por esa razón, siempre lo han rechazado.

Pero a lo largo del año pasado, Vox ha quebrado lentamente ese tabú. En el tope de su Twitter, Abascal ha fijado una larga serie de tuits, que iniciaron en la primavera del 2018 y continúan hasta el día de hoy. Cada tuit tiene un enlace a un video o una fotografía de un recinto o estadio completamente repleto de gente aplaudiendo y vitoreando. Los tuits más recientes tienen la etiqueta #EspañaViva y comentarios eufóricos como “Ni las amenazas de muerte de unas decenas de comunistas ni los insultos de la tele van a detener a la #EspañaViva.”

Esos tuits, más los constantes ataques del partido a las encuestas “falsas” de los medios “parcializados” tenían un propósito: hacer sentir a cualquier seguidor de Vox que formaba parte de un movimiento enorme. Abascal habla de un “movimiento patriótico de salvación de la unidad nacional” y, de alguna manera, eso eran.

Santiago Abascal, líder de Vox, en un acto de campaña en Madrid el 11 de abril. Abascal dice que su partido es un “movimiento patriótico de salvación de la unidad nacional”. (Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)
Santiago Abascal, líder de Vox, en un acto de campaña en Madrid el 11 de abril. Abascal dice que su partido es un “movimiento patriótico de salvación de la unidad nacional”. (Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)

Nutrido por los separatismos

El vicesecretario de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, viene de una familia acaudalada de la nobleza española. Cuando Vox ataca a «las clases dominantes», se refiere a los medios de comunicación y las clases políticas, no a la alta burguesía de España o a su clase empresarial. Aún más importante es el hecho de que, motivado por su posición actual, Espinosa es un usuario experto de las redes sociales, al igual que su esposa, Rocío Monasterio, quien es también política de Vox.

Los seguí a ambos en Twitter por un tiempo y noté cuan eficaces eran creando drama. A través de Twitter, Espinosa convocó a una protesta pública cuando una universidad de Madrid, su alma mater, le canceló una conferencia que tenía programada. Monasterio acumuló miles de “me gusta” por declarar que iba a boicotear cualquier movilización por el Día Internacional de la Mujer y por tuitear luego un video contrastando feministas enfadadas protestando con algunos clips de enfoque suave de mujeres y hombres tomados de la mano.

Espinosa está también a cargo de las “relaciones internacionales” del partido, y el mensaje principal que me quiso transmitir fue sobre la naturaleza excepcionalmente española de Vox. Desayunando en un café de Madrid que, según dijo, no queda muy lejos de su empresa inmobiliaria, me afirmó que Vox tenía muy pocas cosas en común con otros partidos de “ultraderecha” europeos. “A Vox se le asocia frecuentemente y con facilidad con otros partidos y cosas nuevas que están sucediendo en otras partes del mundo… pero no es realmente cierto.”

En vez de esto, argumenta que Vox surgió mayormente por el fracaso de España en lidiar con sus prolongados conflictos regionales. Abascal, exmiembro del PP (de centro-derecha), es oriundo del País Vasco. Su padre, también político del PP, fue ampliamente conocido como un objetivo de ETA, el grupo terrorista vasco. Por esa razón, el líder de Vox asegura tener una pistola Smith & Wesson consigo todo el tiempo, un hábito extremadamente inusual en España que lo ha hecho ganarse el cariño de una pequeña minoría de propietarios de armas. Sin embargo, la crisis de secesión catalana, iniciada en el 2017, fue la que realmente puso a Vox en el centro de la política española. Jose María Aznar, el expresidente de centro-derecha del Gobierno de España, me afirmó que Vox era “una consecuencia de la inacción del gobierno durante el golpe de estado de Cataluña”, y casi todas las personas que conocí en Madrid expresaron más o menos lo mismo.

Iván Espinosa de los Monteros, vicesecretario de relaciones internacionales de Vox, y su esposa Rocio Monasterio, presidenta del partido en Madrid. (Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)
Iván Espinosa de los Monteros, vicesecretario de relaciones internacionales de Vox, y su esposa Rocio Monasterio, presidenta del partido en Madrid. (Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)

Cataluña es una provincia pudiente, donde muchos de sus habitantes hablan un idioma distinto, el catalán. La región tiene una larga historia y algunos viejos resentimientos que datan de varios siglos. Cuando George Orwell llegó a Barcelona en 1936 durante la guerra civil española, encontró la capital de la región en plena rebelión contra el gobierno de ese momento: “Prácticamente cada edificio de cualquier tamaño había sido tomado por los trabajadores y cubierto con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas.” Luego de que las fuerzas lideradas por Franco ganaron la guerra civil e impusieron una dictadura, cualquier indicio de separatismo catalán fue severamente reprimido.

En contraste, la Constitución española de 1978 concedió la autonomía no sólo a Cataluña y el País Vasco, cuyo movimiento separatista tenía un ala terrorista desde mucho tiempo atrás, sino a todas las comunidades españolas. Desde entonces, se ha generado una discusión constante acerca de la relación entre el gobierno central y las comunidades autónomas. En el 2017, el gobierno regional de Cataluña, estrechamente controlado por separatistas, decidió realizar un referéndum independentista. El Tribunal Constitucional de España declaró ilegal el referéndum. Una clara mayoría de catalanes boicotearon el referéndum -un evento emotivo, arruinado por la brutalidad policial-, pero los que votaron eligieron la independencia.

En el caos posterior, el Senado autorizó que se impusiera un gobierno directo sobre Cataluña y convocó a nuevas elecciones en esa comunidad. Algunos líderes secesionistas huyeron al exilio, mientras que otros fueron arrestados y llevados a juicio. En España, es permitido que abogados privados sean coacusadores durante los procesos judiciales públicos. Vox aprovechó esta legislación para presentar una querella contra los secesionistas.

En la práctica, eso significó que, durante el juicio público ampliamente televisado, el “abogado de Vox” y secretario general del partido, Javier Ortega Smith, estuvo presente junto a los fiscales del gobierno. Sentada en un taxi en Madrid, escuché a un locutor de radio reportando emocionado sobre los comentarios del “abogado de Vox”. Dos testigos se negaron a hablar con él.

Para un partido pequeño que aboga por la unidad española, se opone a la autonomía regional y quiere prohibir los partidos separatistas y arrestar al presidente catalán, es difícil pensar en una manera más efectiva de evocar emociones fuertes, o de provocar una reacción en contra fuerte. Cuando Vox organizó uno de sus mítines en Barcelona esta primavera, Ortega Smith tildó al gobierno catalán de “organización criminal”. Sin embargo, la mayoría de la cobertura mediática se enfocó en los anarquistas enmascarados de negros que lanzaban piedras, destruían barricadas y protestaban violentamente contra los visitantes “fascistas”. En otras palabras, fue otra victoria publicitaria para Vox.

Abascal tuiteó una fotografía de él consolando a una mujer que había sido herida por las manifestaciones. Espinosa hizo lo mismo. Irónicamente, mostrarse como “víctimas de la brutalidad” fue la misma estrategia con la que los secesionistas catalanes buscaron ganar el respaldo nacional e internacional.

Un hombre a favor de la independencia de Cataluña participa en una demonstración frente a una protesta antiseparatista de Vox en Barcelona, el 30 de marzo. (Josep Lago/AFP/Getty Images)
Un hombre a favor de la independencia de Cataluña participa en una demonstración frente a una protesta antiseparatista de Vox en Barcelona, el 30 de marzo. (Josep Lago/AFP/Getty Images)

‘No tienen ideas’

Cataluña no fue el único tema español que ayudó a Vox. Al igual que otros nuevos partidos europeos (no necesariamente de «derecha»), como el Movimiento 5 Estrellas de Italia, Vox seleccionó una serie de tópicos subestimados cuyos adeptos han empezado a encontrarse y a organizarse en línea. Por lo general, los movimientos políticos exitosos solían tener una sola ideología. Ahora, algunas veces, combinan varias. Piensa en el proceso de una disquera que quiere crear una nueva banda pop: hacen un estudio de mercado, eligen el tipo de rostros que coincidan con él y luego publicitan la banda hacia el sector demográfico que les sea más favorable. Los nuevos partidos políticos son así en la actualidad: ahora se pueden agrupar diferentes temas, rempaquetarlos y luego comercializarlos utilizando exactamente el mismo tipo de mensajes enfocados -basados en exactamente el mismo tipo de estudio de mercado- que se sabe que han funcionado en otros lugares.

La oposición al separatismo catalán y vasco; al feminismo y al matrimonio igualitario; a la inmigración, especialmente la musulmana; la ira contra la corrupción; el aburrimiento con la política tradicional; un puñado de temas, como la propiedad de armas y la caza, que a algunos les importan profundamente y otros ni siquiera saben que existen; una pizca de libertarismo, talento para realizar burlas y un ligero aire de nostalgia, aunque no se sepa exactamente de qué: todos estos son los ingredientes que se usaron para la creación de Vox.

Mayoritariamente, estos temas pertenecen al ámbito de la política de identidad, no de la economía. Espinosa califica estos temas como argumentos que se tienen con “la izquierda”, lo que no solo se refiere al partido de ultraizquierda marxista Podemos, sino también al PSOE de centro-izquierda, al menos en su más reciente encarnación. En específico, él señala el gobierno socialista que controló España entre el 2004 y el 2010, bajo el mandato del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, el cual aprobó una serie de leyes para flexibilizar las restricciones sobre el aborto, el divorcio y el matrimonio igualitario y para extender protecciones especiales, incluidos juicios en cortes especiales –a las que Espinosa llama “juzgados de hombres”- para víctimas de la violencia doméstica. Espinosa describe estas leyes como “todo tipo de ley que Zapatero pudo concebir para atacar a la familia, el bastión del conservadurismo.”

Zapatero también reabrió el debate sobre el cuestionamiento de la historia, aprobando una “Ley de Memoria Histórica”, la cual, entre otras cosas, condenó formalmente el régimen de Franco y eliminó símbolos franquistas de los espacios públicos. Esto fue una novedad para España: durante las dos primeras décadas tras la transición democrática, los gobiernos españoles simplemente decidieron evadir el tema de la dictadura y la guerra civil. Para Vox, este tópico es un mero matiz y no un tema fundamental, al menos en público. Sin embargo, la exigencia de tener “libertad para hablar sobre nuestra historia” es una frase que Abascal usa en los mítines.

El secretario general de Vox, Javier Ortega-Smith, celebra ante seguidores del partido los 24 escaños que ganaron el 28 de abril. (Oscar del Pozo/AFP/Getty Images)
El secretario general de Vox, Javier Ortega-Smith, celebra ante seguidores del partido los 24 escaños que ganaron el 28 de abril. (Oscar del Pozo/AFP/Getty Images)

Espinosa sostiene que el “extremismo” del gobierno de Zapatero, más el extremismo de los separatistas, unido al fracaso posterior de la centro-derecha en contrarrestarlos, es lo que justifica la posición de Vox: “Nadie cuestiona la nación en otras partes del mundo, nadie cuestiona tus instituciones básicas, tu bandera, tu himno, tu presidente, tus instituciones democráticas, tu Tribunal Supremo. Estas son cosas que no se cuestionan en ninguna otra parte del mundo”.

Espinosa ilustra su punto usando dos saleros. “Mira”, dice, colocando los dos saleros juntos, “estas son las políticas españolas en los años 80 y 90”. Y “aquí” -coloca un tenedor varias pulgadas más allá- está la España actual: “llevada a la extrema izquierda. El centro y la derecha no reaccionan, no contratacan. No tienen ideas”.

Por supuesto, ese tipo de lenguaje enfurece no solo a los secesionistas catalanes, sino también a los que se identifican con el centro-izquierda. Como también los enfurecen las provocaciones planificadas de Vox. En diciembre pasado, antes de las elecciones locales en el sur de España, Abascal publicó un video de él mismo montado en un caballo, recreando la “reconquista” medieval de España de la ocupación musulmana, al ritmo de la banda sonora de las películas de “El señor de los anillos”. En otra oportunidad, el partido creó un video donde se mostraba un reporte noticioso imaginario que anunciaba la imposición de la ley islámica en el sur de España y la conversión de la catedral de Córdoba en una mezquita. Cada una de estas acciones causaron una reacción en contra. Más retuits para Vox, más furia del otro lado.

Espinosa lo sabe. “¿Somos parte de esta polarización? Desafortunadamente, lo somos. No estoy diciendo que no…”. Sin embargo, desde su punto de vista, “la izquierda” es la extremista, no Vox.

Espinosa habla excelente inglés -vivió parte de su infancia en los Estados Unidos y asistió a la facultad de negocios de Northwestern- y ocasionalmente tuitea en ese idioma. Muchas veces ha entrado a Twitter para atacar la cobertura mediática extranjera sobre Vox, especialmente cuando se compara el partido con grupos de extrema derecha de Francia e Italia. Una vez felicitó irónicamente a un periodista de The Guardian por su “historia certificada políticamente correcta”. Tiene la misma queja sobre los medios españoles. “Enhorabuena a El País,” escribió recientemente, “por ser capaz de incluir las expresiones ‘ultraconservador’, ‘ultranacionalista’ y ‘extrema derecha’ en tan sólo 5 párrafos. Goebbels os admiraría.”

La verdad es que ha habido múltiples contactos entre Vox y otros partidos políticos de “extrema derecha” europeos. En el 2017, como lo muestra la cuenta de Twitter de Vox, Abascal se reunió con Marine Le Pen, la líder francesa de extrema derecha. En la víspera de las elecciones, tuiteó su agradecimiento a Matteo Salvini, el líder italiano de ultraderecha, por su apoyo. Abascal y Espinosa fueron recientemente a Varsovia para reunirse con los líderes del partido gobernante polaco, nativista y antiplural, y Espinosa apareció también en la Conferencia de Acción Política Conservadora en Washington.

Aun así, Espinosa está en lo correcto cuando minimiza estos encuentros públicos como llamadas de cortesía. Las relaciones importantes entre Vox y la ultraderecha europea, así como con el “alt-right” estadounidense, se están desarrollando en otro lado.

Una protesta de la ultraderecha en Madrid en contra del gobierno de Pedro Sánchez, en febrero. (Pierre-Philippe Marcou/AFP/Getty Images)
Una protesta de la ultraderecha en Madrid en contra del gobierno de Pedro Sánchez, en febrero. (Pierre-Philippe Marcou/AFP/Getty Images)

‘Restaurando el orden natural’

Hasta muy recientemente, los nacionalistas de extrema derecha o partidos nativistas en Europa rara vez trabajaron juntos. A diferencia de los socialdemócratas europeos, los cuales siempre compartieron una visión general del mundo, o incluso los demócratas cristianos de centro-izquierda europeos, quienes desde los años 50 fueron el verdadero motor detrás de la creación de la Unión Europea, los partidos nacionalistas, arraigados en sus propias historias particulares, suelen estar en conflicto entre ellos mismos casi por definición. La extrema derecha francesa nació de los debates acerca de Vichy y Argelia. La ultraderecha italiana estuvo conformada históricamente por los descendientes intelectuales del dictador Benito Mussolini, incluyendo su propia hija. Los intentos de fraternización siempre terminaron hundiéndose por viejas polémicas. Las relaciones entre las extremas derechas de Italia y Austria, por ejemplo, recientemente tuvieron un alejamiento tras un debate, que inició de modo ameno, sobre la identidad nacional de Tirol del Sur, una provincia en el norte de Italia donde se habla principalmente alemán.

A últimas fechas, eso ha empezado a cambiar. La extrema derecha europea ha encontrado un grupo de temas con los que todos pueden estar de acuerdo. La oposición a la inmigración, especialmente musulmana, es uno de ellos. La promoción de una visión del mundo socialmente conservadora es otro. Para ponerlo de otra manera, el desagrado por el matrimonio civil igualitario o los taxistas africanos es algo que incluso austriacos e italianos que están en desacuerdo sobre la ubicación de su frontera pueden tener en común.

Los vínculos y conexiones son ciertamente visibles en línea. Entre los que estuvieron observando el ascenso de Vox en las elecciones españolas se encuentra una compañía de análisis de datos de Madrid llamada Alto Data Analytics. Alto, que se especializa en la aplicación de inteligencia artificial en el análisis de los datos públicos encontrados en sitios como Twitter, Facebook, Instagram, Youtube y otras fuentes públicas, recientemente produjo varios mapas de redes elegantes y coloridos sobre la conversación española en línea, con la meta de identificar campañas de desinformación que buscasen distorsionar las conversaciones digitales. Los mapas mostraron tres conversaciones polarizadas y periféricas, es decir, “cámaras de eco”, cuyos miembros están prácticamente conversando y escuchándose entre ellos: la conversación secesionista catalana, la conversación de la extrema izquierda y la conversación de Vox.

Eso no fue una sorpresa. Tampoco lo fue descubrir que la mayor cantidad de “usuarios anormales de alta actividad” -bots o personas reales que están publicando constantemente y tal vez recibiendo un pago por eso- se encontraban dentro de estas tres comunidades, especialmente la de Vox, la cual acaparó más de la mitad de ese número. Pocos días antes de la elección, el Instituto para el Diálogo Estratégico (ISD) -una organización británica que rastrea el extremismo en línea y en la cual trabajo como consejera y colaboradora- descubrió una red de casi 3,000 “usuarios anormales de alta actividad”, los cuales habían bombardeado Twitter el año pasado con cerca de cuatro millones y medio de mensajes antislámicos y pro-Vox.

Los orígenes de la red no son claros, y no se sabe quién la financia. Originalmente se configuró para atacar al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, pero tras el ataque terrorista en Barcelona en el 2017, el objetivo cambió. En los últimos dos años, se ha enfocado en historias atemorizantes de inmigración que incrementan gradualmente su intensidad emocional. Algunos de los contenidos promovidos son materiales extraídos originalmente de redes extremistas, y todo eso se alinea con los mensajes publicados por Vox. Por ejemplo, el 22 de abril, una semana antes de las elecciones españolas, la red estuvo tuiteando imágenes de lo que sus miembros describieron como una revuelta en un “barrio musulmán en Francia”. La verdad es que el clip mostrado era una escena de una manifestación reciente contra el gobierno en Argelia.

Alto y el ISD notaron también otra singularidad: los simpatizantes de Vox, especialmente los “usuarios anormales de alta actividad”, tienen altísimas probabilidades de publicar y tuitear contenidos y materiales de un grupo muy particular de fuentes: un compendio de portales web conspirativos, por lo general creados al menos un año atrás, y a veces administrados por una sola persona, que publica grandes cantidades de artículos y titulares muy partidistas.

Curiosamente, el equipo de Alto ha encontrado los mismos tipos de portales web en Italia y Brasil en los meses previos a las elecciones del 2018 de ambos países. En cada caso, los portales empezaron a publicar material partidista -en Italia sobre inmigración, en Brasil sobre corrupción y feminismo- durante el año previo a la votación. En ambos países, sirvieron para alimentar y amplificar sesgos ideológicos antes de que siquiera fuesen parte de la política convencional.

En España existen una media docena de portales como esos, algunos profesionales y otros claramente hechos por aficionados. Algunos, de orígenes desconocidos, parecen haber sido creados con una plantilla: uno de los portales más oscuros tiene exactamente el mismo estilo y disposición que el de un portal brasileño pro-Bolsonaro, casi como si ambos hubiesen sido diseñados por la misma persona. El día anterior a las elecciones españolas, su historia principal fue una teoría conspirativa: George Soros, el judío millonario nacido en Hungría que ha sido representado como el demonio por la extrema derecha en Europa, iba a ayudar a orquestar un fraude electoral. Soros no era una figura muy conocida en España hasta hace poco, aunque Vox lo ha incluido ahora en el debate.

Del otro lado de la balanza se encuentran digitalSevilla, que por lo general escribe sobre Andalucía,- y CasoAislado, que publica constantemente historias sobre inmigrantes y crímenes. Ambos parecen ser administrados por equipos muy pequeños y financiados por el sistema de publicidad de Google. Aparecen con mucha frecuencia en la cámara de eco de Vox. El dueño de digitalSevilla -según El País, un hombre de 24 años sin experiencia como periodista- produce titulares que comparan a la presidenta del partido socialista de Andalucía con la “mujer malvada de Juego de Tronos” y, en ocasiones, ha logrado atraer más lectores que los periódicos establecidos. Espinosa me afirmó que el dueño de CasoAislado es “un tipo que simpatiza con nosotros, un aficionado. Te lo aseguro, no le estamos pagando a ninguno de estos tipos.”

Los estadounidenses reconocerán este tipo de portales web: funcionan de manera no muy diferente a Infowars, Breitbart, los portales infames y sesgados que operaron desde Macedonia durante la campaña presidencial de Estados Unidos o las páginas de Facebook creadas por la inteligencia militar rusa. Todos ellos producen noticias sobrecargadas, conspirativas y polarizantes con titulares indignantes listas para ser enviadas a las cámaras de eco conspirativas.

Seguidores de Vox esperan por los resultados de la jornada electoral el 28 de abril en Madrid. Un 10 por ciento del electorado votó por el partido ultraderechista. En 2016 el partido tuvo un apoyo casi nulo. (Manu Fernandez/AP)
Seguidores de Vox esperan por los resultados de la jornada electoral el 28 de abril en Madrid. Un 10 por ciento del electorado votó por el partido ultraderechista. En 2016 el partido tuvo un apoyo casi nulo. (Manu Fernandez/AP)

A veces, estos portales y las redes que los promueven por toda Europa, trabajan de manera concertada. En diciembre, las Naciones Unidas reunió a los líderes del mundo para discutir la migración global en una cumbre de bajo perfil que produjo un pacto más bien insípido y con pocos compromisos: el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular. Aunque el pacto recibió relativamente poca atención mediática, Alto consiguió que, en vísperas de la reunión, cerca de 50,000 usuarios de Twitter estuvieran tuiteando teorías conspirativas sobre el pacto, centenares de ellos haciéndolo en múltiples idiomas, alternando francés, alemán, italiano y, en menor medida, español y polaco. Muy parecido a como funciona la red española que promueve a Vox, estos usuarios estuvieron promoviendo material de portales extremistas y conspirativos, usando imágenes idénticas, enlazándose y retuiteándose entre ellos desde distintos países.

Una red similar internacional aceleró su marcha tras el incendio de la catedral de Notre Dame en París. El ISD rastreó miles de publicaciones de gente que afirmaba haber visto musulmanes “celebrando” el incendio, así como otras de personas publicando rumores y fotos que pretendían probar que el incendio había sido provocado. CasoAislado montó una publicación casi inmediatamente, en la que declaraba que “cientos de musulmanes” estaban celebrando en París y usaba una imagen que parecía mostrar personas con apellidos árabes publicando emoticones de risa bajo fotos del incendio en Facebook. Pocas horas después, Abascal tuiteó su rechazo a los “cientos de musulmanes” usando la misma imagen, aunque enlazándola a una publicación del teórico de la conspiración de la “alt-right” estadounidense Paul Watson, el cual, a su vez, identificó al activista francés de extrema derecha Damien Rieu como la fuente. “Los islamitas que quieren destruir Europa y la civilización occidental celebrando el incendio de #NotreDame”, escribió Abascal: “Tomemos nota antes de que sea tarde”.

Este mismo tipo de memes e imágenes se expandieron por los grupos de seguidores de Vox en WhatsApp y Telegram. Estos incluían, por ejemplo, un meme en inglés mostrando a París “antes de Macron” con Notre Dame ardiendo y un “después de Macron” con una mezquita en su lugar, así como un video del reporte de una noticia -sobre otro incidente sin relación con Notre Dame- que detallaba arrestos y bombas de gas encontradas en un carro cercano al lugar del incidente. Fue el ejemplo perfecto de cómo el “alt-right”, la extrema derecha y Vox esparcieron el mismo mensaje, al mismo tiempo y en múltiples idiomas para intentar motivar las mismas emociones en toda Europa, Norteamérica y más allá.

También existen las conexiones fuera de línea. En vista del potencial para cruzar fronteras de los problemas sociales en particular, se han creado un número de organizaciones paneuropeas usando un modelo estadounidense para financiar y promover esos temas.

Una de ellas es CitizenGo, una organización fundada en Madrid en el 2013. CitizenGo es el brazo internacional de HazteOir.org, una organización española creada hace más de una década. De acuerdo con Neil Datta, secretario del Foro Europeo de Población y Desarrollo y autor de un gran informe sobre la derecha cristiana europea, CitizenGo es parte de una red más grande de organizaciones europeas dedicadas a lo que ellos llaman “restaurar el orden natural”: eliminar los derechos de las personas homosexuales, restringir el aborto y los métodos anticonceptivos y promover una agenda explícitamente cristiana. Esta red compila listas de correo y se mantiene en contacto con sus seguidores. La organización afirma llegar a 9 millones de personas.

En esta labor, han tenido apoyo internacional.

El consejo de CitizenGo incluye a Brian S. Brown, el cofundador estadounidense de la Organización Nacional por el Matrimonio, y a Alexey Komov, de la división rusa del Congreso Mundial de las Familias (WCF). A Komov se le asocia con el oligarca sancionado ruso Konstantin Malofeev. En la práctica, él actúa como el enlace entre Malofeev y la derecha religiosa estadounidense. El líder de CitizenGo, Ignacio Arsuaga, aparece regularmente en eventos paneuropeos, incluyendo la reunión en marzo del Congreso Mundial de las Familias en Verona, Italia. De acuerdo con el portal del WCF, otros participantes incluyeron a Salvini, vicepresidente y ministro del Interior del gobierno de Italia y líder de la Liga Norte (extrema derecha), así como a un grupo de políticos húngaros, un alto sacerdote ruso y hasta su alteza Gloria, princesa de Thurn y Taxis.

De acuerdo con un reporte de la organización de investigación no gubernamental OpenDemocracy, Darian Rafie, el líder de una organización estadounidense llamada ActRight, también aconseja a CitizenGo y ayuda a mantenerla financieramente. (Para ofrecer algo de contexto, la página de Facebook de ActRight publica burlas a la Presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi y pregunta constantemente cuánto pagó el presidente Barack Obama para inscribir a su “hija marihuanera” en la Universidad de Harvard). Rafie le dijo a un reportero de OpenDemocracy que había realizado “muchas recaudaciones de fondos” para Trump; también afirmó ser capaz de obtener información personal de los teléfonos celulares de los asistentes a mítines. Este tipo de contactos no son inusuales: OpenDemocracy ha identificado a una docena de otras organizaciones estadounidenses que también financian o asisten a activistas conservadores en Europa.

Y no solo en Europa: Viviana Waisman de Women’s Link Worldwide, una organización de derechos humanos y legales de la mujer con base en Madrid, me comentó que suele toparse con CitizenGo y su lenguaje por todo el mundo. Entre otras cosas, ha popularizado la expresión “ideología de género” -un término inventado por la derecha cristiana y que se usa para describir una gran variedad de temas, desde violencia doméstica hasta derechos de los homosexuales- en África y Latinoamérica, así como en Europa.

En España, CitizenGo ha adquirido fama pintando autobuses con lemas provocativos -uno, por ejemplo, mostraba la etiqueta #feminazis junto a una imagen de Adolfo Hitler con los labios pintados- y haciéndolos recorrer las ciudades españolas. Los autobuses enfadan a las personas y atraen mucha atención, no sólo para CitizenGo sino también para Vox. Las grandes coincidencias entre CitizenGo y Vox no son un secreto: la organización ha otorgado su premio anual, a través de los años, a Abascal, a Ortega Smith y a un número de personas que son ahora políticos de Vox, así como a activistas católicos y al líder iliberal húngaro, Viktor Orban.

En el periodo previo a las elecciones generales de abril -las primeras en las cuales Vox se mostraba como un verdadero candidato-, el dinero, la red y el talento de CitizenGo probaron ser extremadamente útiles. Como ya lo había hecho en el pasado, CitizenGo lanzó su campaña de “Vota Valores” en los días anteriores a la votación. Esta vez, los autobuses se pintaron con citas destinadas a menospreciar a los líderes de otros partidos políticos que no fuesen Vox. El grupo creo un portal web que incluyó listas que mostraban cuáles partidos estaban de acuerdo con la plataforma de “valores”, y que dejaban perfectamente claro que el único partido con “valores” era Vox.

Es un patrón conocido en las política estadounidense. Así como es posible en Estados Unidos apoyar comités de acción política (super PACs) que luego pagan publicidad para temas asociados a candidatos particulares, ahora también es posible para estadounidenses, rusos o la princesa de Thurn y Taxis donar a CitizenGo, y, por ende, apoyar a Vox. Este modelo de financiamiento de campaña no ha sido muy utilizado en Europa en el pasado. En la mayoría de los países, el financiamiento político es limitado. En algunos lugares (no en España), el financiamiento extranjero está prohibido. Se ha levantado un gran revuelo alrededor de la organización The Movement, de Stephen K. Bannon, la cual se estableció para ayudar a los candidatos de la extrema derecha en Europa a ganar elecciones. No obstante, en realidad -aunque muchos europeos probablemente no se han dado cuenta- los extranjeros que quieren financiar a la extrema derecha europea han podido hacerlo desde hace tiempo. El más reciente informe de OpenDemocracy cita a Arsuaga, el director de CitizenGo, informándole a un periodista que el dinero dado a su grupo podría “indirectamente” apoyar a Vox, ya que “actualmente estamos en verdad totalmente alineados”.

Sin embargo, no quiero excederme en este punto porque el dinero que organizaciones como CitizenGo gastan en las elecciones importa menos que las campañas que organizan en los meses y años previos a esas elecciones. Como le dijo Arsuaga a un reportero de OpenDemocracy: “Al controlar el entorno de los políticos, terminas controlándolos también a ellos”. Lo que realmente importa es la batalla por los valores, en los medios de comunicación, la educación, las instituciones culturales y, por encima de todo, en las redes sociales. Y en toda Europa, incluso los países que anteriormente buscaban el consenso , -Países Bajos, Alemania y ahora España- están empezando a parecerse más a los Estados Unidos, donde la batalla por los valores se ha convertido en una guerra abierta.

Santiago Abascal en un mitin en Granada, el 17 de abril. Abascal se formó como político en el Partido Popular (PP), con el que ocupó diferentes cargos públicos en el País Vasco. (David Ramos/Getty Images)
Santiago Abascal en un mitin en Granada, el 17 de abril. Abascal se formó como político en el Partido Popular (PP), con el que ocupó diferentes cargos públicos en el País Vasco. (David Ramos/Getty Images)

Atando los cabos de extrema derecha

Cuando le pregunté a Rafael Bardají acerca del video de «Hacer España grande otra vez», sonrío ampliamente: «Esa fue mi idea, fue una especie de chiste en ese momento». Bardají se unió al equipo de liderazgo de Vox un poco después que Espinosa y Abascal. Como ellos -y como la mayoría de Vox-, Bardají es un exmiembro del PP que terminó desilusionado con el centrismo y moderación del partido. A principios de la década de 2000, Bardají trabajó en el gobierno de Aznar y es ampliamente conocido como el asesor que más presionó para que España se uniese a la invasión estadounidense de Irak.

Gracias a eso, Bardají es frecuentemente nombrado como el “neoconservador” líder de España, aunque no queda claro que significa eso en el contexto español. Bardají también se ha ganado el apodo de “Darth Vader”, lo cual le divierte, al menos hasta el punto de poner la foto del villano de Star Wars en su Twitter.

“Hacer España grande otra vez,” explica, “fue una especie de provocación… La intención era irritar a la izquierda un poco más.” Esto, por supuesto, es un concepto muy familiar: “Hazlo porque ofende lo establecido”. “Humilla a los Progres”, “Bebe Lágrimas Liberales”, un sentimiento clásico Breitbartiano. Y sí, Bardají conoce a Bannon y ambos tienen un amigo en común, pero se burla de la especulación que eso ha generado. Los periodistas españoles, me comentó, “le dan a Bannon una importancia que no tiene.”

Ciertamente, no queda claro si Bannon, exdirector de Breitbart y exdirector de estrategia del Presidente Trump, influenció a Bardají o viceversa. Bardají me dijo que tuvo la oportunidad de visitar la Casa Blanca poco después del triunfo de Trump. Me aseguró que estuvo en contacto con el consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn y con su sucesor, H.R. McMaster, y discutieron sobre el primer viaje de Trump a la OTAN, así como sobre el discurso de Trump en Varsovia, aquel que delineó la necesidad de defender el mundo cristiano del islam radical: “La aspiración civilizacional, el modo como Occidente debe defenderse, estábamos completamente en sintonía en esos temas,” afirmó Bardají. El número de musulmanes españoles en la actualidad es relativamente bajo -la mayoría de la inmigración en España proviene de Latinoamérica-, y el número de musulmanes estadounidenses es relativamente aún más bajo. Pero la idea de que la civilización cristiana necesita redefinirse contra el enemigo islámico tiene, por supuesto, un eco histórico especial en España, al igual que en los Estados Unidos post-9/11 y post-Irak.

Hay otras maneras en las cuales Trumpworld y Vox son simbióticos. Bardají, el cual dice conocer también a Jason Greenblatt, el negociador del Medio Oriente de la administración Trump, tiene nexos desde hace mucho tiempo con la administración israelí actual.

Bardají me aseguró que en el 2014 organizó para Vox un asesoramiento de relaciones públicas de Israel: “Lo traje personalmente de parte del equipo que ganó las elecciones para [Benjamín] Netanyahu”. Ese mismo año, el primer candidato fallido de Vox para el Parlamento europeo, Alejo Vidal-Quadras Roca, recibió una generosa donación -más de 800,000 euros (unos 897,000 dólares), dividida entre docenas de donaciones individuales- de la Organización de los Muyahidines del pueblo Irán (MEK), una organización/culto iraní que se opone a la República Islámica. El MEK tiene una reputación ambigua en Washington -se le ha clasificado como una organización terrorista en ocasiones-, pero tiene algunos aliados: tanto el consejero de Seguridad Nacional John Bolton como el abogado de Trump Rudolph W. Giuliani han dado discursos en su evento anual en París. Estos vínculos compartidos entre Vox y la administración Trump sugieren no una conspiración, sino intereses mutuos y amigos en común que datan de muchos años atrás.

Más que cualquier otra cosa, estas son personas que ven enemigos en común y han logrado adoptar, con el tiempo, una misma visión del mundo. Al igual que Espinosa, Bardají reconoce la polarización de la política española, y además piensa que es algo permanente: “Estamos entrando en un periodo en que la política se están convirtiendo en algo diferente, la política es una guerra con otros medios. No queremos ser asesinados, queremos sobrevivir. … Creo que la política ahora es que el ganador se lo lleva todo. Eso no es un fenómeno de España nada más”.

Bardají dice que, hasta el momento, Vox ha sido demasiado pequeño para orquestar mucha propaganda, mucho menos para formar parte de un movimiento internacional: “Hemos sido un partido pequeño con un presupuesto limitado”. Espinosa afirmó lo mismo, así como Vidal-Quadras, quien me aseguró que el dinero del MEK se acabó cuando él abandonó el partido. Había sido un reconocimiento personal por sus luchas pasadas. No hay razón para no creerles.

Pero el caso es también que muchos otros, en Europa y en los Estados Unidos, han venido presionando y promoviendo los temas que se han convertido en la agenda principal del partido en los últimos años. Como dijo el expresidente Aznar, el partido es una “consecuencia”, aunque no solo del separatismo catalán. Es también una consecuencia del Trumpismo, de los portales web conspirativos, de la campaña en línea internacional del “alt-right” y la extrema derecha, y especialmente de la reacción conservadora que se ha venido construyendo por todo el continente durante años.

De algún modo, es la ironía final: los nacionalistas, los antiglobalistas, esas personas escépticas de las leyes internacionales y de las organizaciones internacionales,- incluso ellos, ahora trabajan juntos, rompiendo fronteras por causas comunes. Comparten los mismos contactos. Obtienen dinero de los mismos financistas. Están aprendiendo de los errores entre ellos, copiándose el vocabulario. Y juntos, están convencidos de que algún día ganarán.

Anne Applebaum es columnista del Washington Post. Se especializa en politica estadounidense y asuntos internacionales, con un enfoque en Europa y Rusia. Es historiadora y profesora en la London School of Economics. Ha sido galardonada con el premio Pulitzer y también formó parte del consejo editorial del Post. Traducción: Gregory Escobar.

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