¿Qué integración?

Por Anna Triandafyllidou, miembro de la Fundación Helénica para la Política Europea y Extranjera e investigadora del Centro Robert Schuman, Florencia. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 20/06/06):

Muchos ciudadanos de países del sur de Europa observaron con creciente inquietud y preocupación los violentos hechos acaecidos en Francia en otoño. Temen que acontecimientos de esta especie puedan reproducirse también en sus países en un futuro próximo, dado que Grecia, España e Italia se han convertido en nuevos anfitriones de inmigración. Los gobiernos de los países del sur de Europa muestran crecientes reparos a propósito de la adopción de un modelo multicultural de integración y ciudadanía, aun cuando numerosos intelectuales – y parte de las elites políticas- reconocen la necesidad de integrar a los inmigrantes y no sólo económica, sino también social y culturalmente. Pero ¿cuál es la cuestión esencial que cualquier proceso positivo y exitoso de integración de las minorías culturales debe afrontar?

Algunos argumentan que se trata de una cuestión de orden cuantitativo y proponen un umbral numérico más allá del cual la inmigración se convierte en una fuerza desestabilizadora: algunos dirían que si la inmigración sobrepasa el nivel del 8% o el 10% de la población total, se convierte en un factor peligroso para la estabilidad cultural de la sociedad. Otros sostendrían que la cuestión estriba en el ritmo al que llegan y se asientan los inmigrantes en el país receptor, que no debe sobrepasar un incremento de un 0,5% anual.

Considero que depositar tal confianza y criterio de autoridad en el factor numérico es una actitud equivocada. La cuestión gira más bien en torno a la identidad y procedencia de los inmigrantes. Las sociedades receptoras de inmigración pueden hacer gala de una tolerancia mucho mayor hacia los inmigrantes cultural o históricamente afines a ellas que con respecto a los inmigrantes cultural o étnicamente ajenos. Por otra parte, los inmigrantes más formados y preparados suelen ser mejor acogidos y aceptados que sus congéneres menos formados. Llegados a este punto, cabe preguntar: ¿cuáles son las principales cuestiones de orden cualitativo que debería tomar en consideración una lograda integración? ¿La de la religión? ¿La de la raza? ¿O las de las afinidades culturales o históricas con la sociedad receptora? Creo que todos estos elementos desempeñan su función. Evidentemente, en el caso de la sociedad española es más fácil integrar a los inmigrantes latinoamericanos que a los chinos. Sin embargo, en ocasiones una población próxima desde el punto de vista histórico, como puede ser el caso de los marroquíes en España, los albaneses en Grecia o Italia o los argelinos en Francia, puede plantear los problemas más arduos y espinosos en términos de integración. Circunstancia que suele guardar relación, precisamente, con ese factor de proximidad y cercanía: tal como sostienen los psicólogos sociales, cuando el país en cuestión se siente o es próximo al inmigrante es cuando éste percibe más intensamente la amenaza.

Un modelo exitoso de integración de minorías inmigrantes debería basarse en menor medida en principios esenciales y en mayor medida en los procesos y medidas involucradas en la cuestión. Debería consensuarse un conjunto de valores fundamentales entre la población autóctona y la población inmigrante o perteneciente a determinadas minorías ya asentada en el país. Valores que normalmente deben incorporarse a la Constitución vigente y que incluyen las nociones de democracia, libertad, igualdad de oportunidades y solidaridad social. Sobre la base de estos valores, el Estado debería instituir una serie de procedimientos y medidas tendentes a la admisión y atención a las necesidades y reclamaciones de los nuevos inmigrantes. Estas iniciativas deberían funcionar en el nivel individual – cuando un inmigrante residente o un ciudadano expone y eleva una queja o reclamación al Estado-, pero también en el nivel colectivo, cuando una minoría solicita el reconocimiento oficial de sus valores y tradiciones. Las medidas establecidas por el Estado deberían, en consecuencia, dar pie a la existencia de un ámbito social y político apto para que el grupo minoritario pueda expresar su identidad cultural o religiosa, siempre y cuando sus valores no se hallen en franca oposición con los principios esenciales antes mencionados. Última cuestión – no menos importante-: estas iniciativas y medidas deberían resultar en la plena incorporación de la población inmigrante. Nunca debería darse un elemento de rechazo absoluto hacia un grupo específico, si bien deberían aplicarse los criterios y normas correspondientes relativos al plazo de estancia y otros requisitos (respeto a los principios básicos y esenciales, y procedimientos antes mencionados) que han de guiar y fundamentar la forma de integración de los inmigrantes.