Que la muerte de mis compañeros no sea en vano

Christine Yared el 16 de febrero en Parkland, Florida Credit Saúl Martínez para The New York Times
Christine Yared el 16 de febrero en Parkland, Florida Credit Saúl Martínez para The New York Times

Soy estudiante de primer año en el bachillerato Marjory Stoneman Douglas en Parkland, Florida. En los días posteriores al ataque que acabó con la vida de diecisiete personas aquí, no he dejado de revivir mis recuerdos de esos momentos terroríficos.

Todo comenzó cuando se accionó una alarma contra incendios justo antes de la hora en que se supone que terminan las clases. No creímos que fuera nada. Mis compañeros de la clase de Finanzas ya se habían ido y yo tomé mi mochila para salir. Lo siguiente que recuerdo es gente que corría y gritaba y a mi maestra que nos gritaba que regresáramos al salón de clases.
Corrí hacia al armario de mi maestra y me apiñé al lado de unas repisas llenas de papeles y carpetas. El resto del armario estaba lleno de otros estudiantes. Pensamos que era un simulacro de tiroteo. No era así.

Mi teléfono se desbordó por la cantidad de mensajes de amigos y familia, de otros estados y de otros países: me preguntaban si estaba bien. El mundo se enteró de lo que estaba pasando antes de que nosotros lo supiéramos. Le escribí un mensaje a mi hermana para saber si estaba bien. Hice lo mismo con mis amigos; la mayoría estaba a salvo o había logrado salir. Les escribí a mis familiares y les dije que los quería.

Mis compañeros de clase buscaron en internet para encontrar noticias sobre lo que estaba pasando. Nos enteramos de que el tirador estaba en el edificio para los estudiantes del primer año del colegio, apenas a quince metros de nuestro salón de clases. No podía parar de temblar en el rincón de mi pequeño búnker, pero intentaba calmar mi pánico mientras llegaban mensajes de texto y de Snapchat con rumores sobre el tirador y las víctimas. Podíamos escuchar ruidos fuertes afuera. ¿Eran disparos? No estábamos seguros.

Después de más de una hora de confusión y calor, el equipo SWAT de la policía por fin llegó a donde estábamos.

Corrimos con los teléfonos en los bolsillos y las manos sobre la cabeza. Nunca había corrido tan rápido. Me reuní con mis amigos y me senté junto a ellos; seguíamos conmocionados. Vi a niños que lloraban, traumatizados. Ya en casa aún no caía en cuenta de que había sido real. Intentamos ver televisión para distraernos. Vimos a celebridades y a políticos hablar sobre nuestra escuela. Pero no parecía ser nuestra escuela: era más como una película, un sueño, una pesadilla.

Mis padres hicieron un gran esfuerzo para salir de un Líbano destrozado por la guerra para que sus hijos nunca tuvieran que vivir la violencia y la pérdida que ellos sufrieron. Mi papá fue voluntario de primeros auxilios en la Cruz Roja de Líbano. Continuó sus estudios de ingeniería, trabajó para General Electric en Francia y lo transfirieron a Estados Unidos. Mi familia vivió en Utah; en Colorado, mi estado natal; en Minnesota y, finalmente, en Florida. Mis padres decidieron instalarse en Parkland por la excelente reputación de la escuela Marjory Stoneman Douglas y porque pensábamos que era un lugar seguro para vivir. Pero eso ya no es verdad. La promesa de estar a salvo y seguros no se nos cumplió.

Antes del 14 de febrero, nadie sabía nada del pequeño suburbio que era Parkland. Ahora cada vez que busco “Marjory Stoneman Douglas” en internet, la primera sugerencia es “tiroteo”.

Mis amigos, compañeros de clase y maestros están muertos. En los medios hablan de ellos como buenos chicos, inteligentes y amables, pero eran mucho más que eso.

Mi amiga Gina está muerta. Había platicado con ella esa mañana en la clase de arte. Nos reímos juntas, cantamos juntas, sonreímos juntas. Nunca lo volveremos a hacer. ¿Cómo puede alguien ser tan despreciable? Cuando lo pienso, solo puedo llorar.

No podemos permitir que la muerte de personas inocentes sea en vano. Tenemos que trabajar juntos más allá del partidismo para estar seguros de que esto nunca volverá a pasar. Necesitamos leyes más rigurosas de control de armas.

Si una persona no tiene la edad para poder rentar un auto o comprar una cerveza, entonces no debería ser capaz de comprar legalmente un arma de destrucción masiva. Esto se pudo haber evitado. Si hubieran tratado la enfermedad mental del asesino de forma adecuada, tal vez esto no habría pasado. Si se revisaran bien los antecedentes de los compradores, entonces las personas que no deben poseer armas no las tendrían.

Debemos votar por la gente que esté a favor de leyes más estrictas y botar a los que no tomen cartas en el asunto. Tenemos que exponer la verdad sobre la violencia que provocan las armas y la corrupción alrededor de ellas. Por favor.

Es devastador que esto haya sucedido en el Día de San Valentín, un día que supuestamente está dedicado al amor. Debemos verlo como una señal: abraza a la gente que amas y asegúrate de decirle que la quieres todos los días, porque nunca sabes cuándo será el último.

Si tienes sentimientos o si te preocupa alguien o algo, debes ser un defensor del cambio. No dejes que más chicos sufran como nosotros. No dejes que continúe este ciclo. Tal vez te parezca que no te atañe, pero la próxima vez podría ser tu familia, tus amigos, tus vecinos. La próxima vez, podrías ser tú.

Christine Yared tiene 15 años y es estudiante del colegio Marjory Stoneman Douglas, en Florida.

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